Desacuerdos

DesacuerdosLa duda es libre, debería serlo, las dudas las descifra cada uno en su intimidad; y eso sólo puede hacerse si una ley lo permite

Hay asuntos sobre los que no podemos estar de acuerdo. No nos pongamos nerviosos, es inevitable. Podríamos discutirlos con el corazón en la mano, dejarnos la piel desmigando la idea sin lograr acortar nuestras diferencias. Hay cosas que se han ido cocinando en algún lugar secreto, que pertenecen al terreno de las convicciones más profundas, o de las más delicadas, pero forman parte de uno como una pierna. Si yo tratara de convencerle a usted, por ejemplo, de mi idea del amor, es posible que acabáramos enzarzados en una discusión sobre botánica. Si usted intentara, es un decir, hacerme partícipe de su idea de Dios, probablemente toparía con un muro de ladrillos. Si yo misma me propusiera, incluso, abrigar su fe, y tratara de hacerla mía con todas mis fuerzas, no lo lograría, aunque quisiera, no creería, por más que rebuscase en mi conciencia, porque no se puede creer en lo que sencillamente no se cree. Si yo le dijera que soy de los que llaman alma a ese deseo con el que los padres nos imaginan cuando estamos en el vientre materno, igual usted se queda frío.

En la vida de a pie, por suerte, hoy y aquí, convivimos en pacífico desacuerdo, lo que se dice dejándonos en paz. Por más que la política trate de endiñarnos su visión beligerante sobre cualquier cosa e intente hacernos partícipes de su mirada simplista, blanco o negro, la vida civil se maneja con los asuntos complejos con delicadeza. La discusión sobre la ley del aborto está en la calle, y los políticos se sorprenderían si pudieran ver el cuidado con el que se debate un tema tan difícil. La capacidad de ponerse en el lugar del otro, la otra, que se oye en las conversaciones. Se sorprenderían, quizás, los que se proclaman abanderados de la religión, al oír decir a mujeres católicas que ellas nunca abortarían, pero entienden que haya otras que lo hagan. La crudeza de las cifras es incontestable. Se aborta, y es de sentido común que se haga en las condiciones más justas.

Ahora, lo que se discute acaloradamente es la edad a la que se debe conceder esa libertad. La cifra de los 16 años resulta escandalosa. Y sin embargo es una edad precisamente escandalosa para convertirse en madre.

Pero el ejemplo de la excursión ha hecho mella. Cómo es posible que a los 16 años una chica tenga que pedir permiso para ir de excursión y al mismo tiempo pueda abortar sin el consentimiento de sus padres, se ha dicho. Es una comparación efectiva a simple vista. Pero las comparaciones no son de sentido único, circulan en dos direcciones y merecen un análisis intercambiable. Los 16 años de la chica son los mismos en ambos casos, pero los casos, por favor, no tienen nada que ver. Bajemos a la realidad del asunto. Una chica a la que se deniega un permiso para ir de excursión se queda sin ir de excursión, pero una chica a la que se deniega un permiso para interrumpir un embarazo no deseado tiene un hijo. Un hijo todo entero. Imaginemos esa gestación y esa maternidad involuntarias a los 16 años. La idea de que los padres ni siquiera tengan que ser informados nos resulta aún más desasosegante. Lo es, pero ¿en qué clase de padres estamos pensando?, ¿estamos seguros de que todas las familias son dialogantes y respetuosas?, ¿y qué pasa con las familias que no lo son?

El cuerpo de la mujer, desde que es una niña, tiene la madurez necesaria para reproducirse. Es una contradicción difícil de manejar. No es fácil que usted y yo, por ejemplo, acordemos el lugar en el que pondríamos la línea que separa la capacidad física de la mental, si es que esa línea existe. Que cada uno se las componga como pueda; no hay certezas en todo esto. Pero la duda es libre, debería serlo, las dudas las descifra cada uno en su intimidad. Y eso sólo puede hacerse con una ley que lo permita. Por favor, que nadie resuelva mis dudas por mí.

Clara Sanchís Mira

La Vanguardia (22.05.2009)

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