Canción de Buenos Aires (I)

Bailando Tango por las calles de Buenos AiresBastaría decir que el tango es un retorcido homenaje a la amistad, con exhibición incluida

Posiblemente no haya nombre tan hermoso para una ciudad como Buenos Aires, y posiblemente también sea, junto a París, la más mentada por poetas y cantantes. Por eso he escogido como título el tango de Romero, Cufaro y Maizani, Canción de Buenos Aires,porque creo que es el que más se ajusta a esa evocación de brutal melancolía; esa contraposición espectacular, exhibicionista, de ternura arrebatada que es el tango, como música y como baile. Tiene su lógica que esa difícil aleación de violencia y pasión se haya consagrado a principios del siglo pasado y que haya acabado siendo algo tan consustancial con el lugar que parece no haber existido otra cosa, como si se hubiera parido allí. Y es que quizá no exista otro ambiente con mayor capacidad de comadrona que la ciudad del Plata; no inventa pero lo que asume acaba como suyo. Cabría sospechar que los historiadores del futuro la consideraran el lugar más idóneo para estudiar ese siglo que definió magistralmente el tango Cambalache,de Santos Discépolo: “El siglo veinte es un despliegue de maldá insolente”.

Adoro Buenos Aires, con o sin porteños; eso va en los días. Una ciudad-mundo, que lo fue aún antes de Nueva York y que cualquier otra. Se nota en la megalomanía de las avenidas, de las plazas, de los parques, de las metáforas. Las metáforas porteñas son inconmensurables; basta acercarse a las letras de los tangos. Habría que rebuscar en nuestra poesía barroca una tal audacia y encontraríamos, en las volutas culteranas de Góngora y el rebuscamiento ácido de Quevedo, imágenes más complejas pero no más brillantes que algunos tangos que evoco en mi memoria.

Todo es grande en Buenos Aires, incluso la estupidez y esa falsa seguridad del mediocre. Los porteños mediocres que conozco ejercen de doctores; no es lo mismo que aquí, donde los doctores tienden a la mediocridad, y eso es más grave. Oleadas de emigración europea se instalaron allá y más que hacerla suya la conformaron, con esos hermosos e insólitos apellidos preñados de consonantes que no aprenderemos a pronunciar nunca, y que pelearon por vivir y se asentaron de tal modo que se hicieron porteños sin definición. ¿Cuál es la identidad porteña? Una pregunta así no la haría un argentino más que como chiste sobre psicoanalistas. Ahora que se ha rebajado tanto la discusión política e ideológica por acá, en España y en Barcelona, sin ir más lejos, ahora que rebrota el carlismo frustrado de las clases medias, catalanas y no catalanas, como si Balmes estuviera a punto de resucitar, ahora, digo, hay que elogiar lo obvio.

Mientras nosotros sufrimos la muerte súbita de libreros y librerías, Buenos Aires sigue siendo el paraíso del libro. Un derroche de tiendas con libros de saldo, de lujo, de antiguo, de lenguas… ¡Cómo no va uno a disculpar la saturación de freudianos, jungianos, lacanianos y demás fauna, si tiene todos los libros del mundo para consolarse! Claro que cabe la pregunta de cómo es posible que una población tan atenta al texto y la lectura sea tan desafortunada en la política, pero eso ya es otra cosa que hoy no toca. Hoy es el turno de la ciudad-mundo, en la que no cuesta imaginar cómo debió de ser la llegada de aquellas oleadas de emigrantes económicos y políticos que conformaron una gran ciudad.

Es curioso que una colonia italiana inmensa, similar imagino a la que llegó a Nueva York y se convirtió luego en leyenda, no haya tenido ninguna plaga mafiosa fuera de la mala vida que sobrevive a toda gran urbe. Esa mixtura complejísima, y sin embargo completamente arraigada, de lo mediterráneo y lo atlántico.

Si hay tres cosas que definen una ciudad son los parques, los mercados y los cementerios. Buenos Aires tiene las tres y en grado superlativo. Por su carácter de ciudad del siglo XX formada por el aluvión de emigraciones sucesivas, lo tiene todo y lo disfruta, y no estoy al tanto de que existan funcionarios de la inteligencia metidos en el debate sobre lo genuino y lo adquirido. Tengo la impresión de que nada en la ciudad de Buenos Aires nació allí, ni siquiera el tango y menos aún esa fracasada invención centroeuropea del bandoneón, que acabó convirtiéndose en un instrumento virtuosístico. ¡Y qué carajo importa, si ellos han sabido usarlo mejor que nadie!

La única aportación argentina a la cocina mundial tiene procedencia militar, de Estado Mayor, por supuesto – como sucede por otra parte con algunos platos franceses y rusos-,se llama revuelto Gramajo, en honor de Artemio Gramajo, cocinero del general Roca durante su incursión en la Patagonia. Un plato sencillo y delicioso a base de huevos, patatas, cebolla, jamón, especias y, en ocasiones, guisantes.

Ese gran vientre devorador, que describió magistralmente el gran Rafael Barrett a comienzos del siglo XX, es hoy una ciudad azotada por las crisis; las suyas, que vienen de lejos. Hay quien asegura que Argentina, y muy especialmente Buenos Aires, sufre un terremoto social o económico aproximadamente cada ocho años. De ser cierto, y pasar por tanto, constituye un milagro que se mantenga en pie. Para el que vive circunstancialmente allá, para el que es ave de paso, hay aspectos del mejor siglo XX que se conservan con esplendor. Las librerías es uno; el teatro es otro, fundamental. Y aunque parezca chico, no es grano de anís el de los camareros, porque eso quiere decir cafés acogedores, tabernas amables y confiterías con encanto. En España es un gremio extinto, barrido por la precariedad laboral y el orgullo de nuevos ricos. Nosotros, los españoles, conformamos un país tan patético que nuestra principal industria,el sector servicios, es considerada un oficio de siervos. O jefe o nada. En Buenos Aires, aún quedan camareros orgullosos de su oficio, atentos y dignos, que no entienden su trabajo como una condena. No es un problema de salario, es algo que se refiere a la condición humana.

“La más sincera de las pasiones argentinas, el esnobismo”, escribió el porteño más ilustre de las letras argentinas. Quizá sea cierto, pero es una epidemia que castiga a todas las grandes ciudades. ¿Qué ciudad importante no sufre el flagelo del esnobismo? El que esté libre de este pecado del espíritu y la sociología que tire la primera piedra. Podría poner ejemplos de esnobismo hispano hasta cansarme. Pero como compensatorio yo introduciría algo del cosmos porteño, y probablemente argentino en general, que es la amistad. Entre nosotros los valores de la amistad están muy mediatizados por muchas cosas que no vienen ahora a cuento. No existe en ningún lugar de España un sentimiento genérico de la amistad; me remitiría al País Vasco, a Asturias o Catalunya, donde hay cierta jactancia ante la solidez de los lazos amistosos, y es para desternillarnos de risa. Todos tenemos muchos amigos, pero la amistad como valor social, incluso como vínculo sentimental, es otra cosa. Buenos Aires lo respira, y probablemente alguien señale que procede de Italia – los italianos, como los griegos, tienen en alto valor la amistad como elemento civilizatorio-.Da lo mismo, porque lo importante es tenerlo y disfrutarlo. Existe una urbanidad – ¡esa palabra extinta!-de la fraternidad, y nosotros como sociedad apenas la conocemos.

Bastaría decir que el tango es un retorcido homenaje a la amistad, con exhibición incluida. La camaradería en el tango está por encima del amor y convierte en despreciable la deslealtad. Se podría asegurar que la mayor traición en el lenguaje tanguero se produce en la ruptura de los lazos con los amigos. El Nobel V. S. Naipaul, un tipo insufrible en casi todos los conceptos, incluida su prosa, llegó a conclusiones singulares sobre una supuesta homosexualidad emboscada en el machismo argentino y en la fuerza de los vínculos amistosos; dejémoslo estar.

El tango como letra y como baile es de una sofisticación ritual sorprendente, y parece como si exigiera la condición de complicidad – ese substrato de la intimidad-para hacer ese trenzado con los pies y esa arrogancia con los cuerpos.

Si no pareciera una chulada gallega – española, en porteño-me atrevería a decir que para bailar el tango no es menester ser amantes pero resulta obligado ser amigos. Y quizá sea ese el mejor elogio al territorio del tango. Una ciudad para tener amigos.

Gregorio Morán

La Vanguardia (25.04.2009)

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