“Estoy en esto por la gente, lo tengo claro”

Rosa Díez (diputada nacional por UPyD)A solas con Nieves Herrero | Rosa Díez

La política solitaria. Cuenta Rosa Díez (Sodupe, Vizcaya, 1952) que puede llegar a disfrutar de la soledad. No es para extrañarse. Esta mujer fuerte, que no dura –como se apresura a señalar–, sensible y valiente, que no se deja amilanar por nada, vive alejada de su familia, marido y dos hijos, hospedada en hoteles de Madrid de lunes a jueves. Y sola anda también por los pasillos del Congreso, con el único escaño de UPyD (Unión, Progreso y Democracia), su partido, a cuestas. Alta, delgada, poco dada a los excesos, austera hasta en el comer, confiesa que quizá se deba a su infancia, en la que un trozo de tortilla era un lujo comparable al de una galleta de chocolate. Con escoltas desde 1991, entra y sale, aunque procura no dejarse ver mucho con los suyos. Por precaución. Por hacerles más libres. Ya le enviaron un fallido paquete-bomba en 1997. Trata de esquivar la palabra ETA, pero está convencida de que aplicando el Estado de Derecho se acabará con los terroristas. Firmemente, asegura que ese día llegará muy pronto.

 «A mis hijos no les pedí opinión para dedicarme a la política y condicionarles la vida. A ellos, sin querer, les he hecho menos libres para siempre». Rosa Díez es política a tiempo completo. Tiene la complicidad de toda la familia, pero a ella nadie le quita de la cabeza que sus hijos Diego, 32 años, y Olaya, 25, lo pasaron mal de pequeños. «Les hice sufrir por ser una mujer política con un cargo público y estar expuesta continuamente».

Rosa no fue consciente de ello hasta que en el año 97 recibió en su casa un paquete-bomba. Lo abrió su marido y afortunadamente el mecanismo falló. Ella estaba hablando por teléfono y quitando importancia a lo ocurrido cuando oyó a su hija entre dientes: «Pues yo… un poco de miedo sí tengo». Ahí cambió su percepción de las cosas. «Han tenido miedo por su madre y lo han interiorizado. Han sido siempre tan adultos que nunca me lo han dicho. Pero las cosas salen y, cuando yo lo he descubierto, ya eran mayores…». Rosa Díez, la líder del nuevo partido UPyD (Unión, Progreso y Democracia) se echa en cara los malos ratos que ha pasado la familia por su actividad política. Pero lo lleva en los genes. No podía ser otra cosa. «Soy hija de unos padres muy políticos. Es algo totalmente vocacional y no me supone un sacrificio. Me encanta lo que hago».

BAJADA DE TENSIÓN. Esta mujer que anda por la vida como Juan sin Miedo –«no soy ni una inconsciente ni una irresponsable, pero no me asusta nada que tenga que ver con lo que hago»– parece preocupada sólo por lo que no puede controlar: «Una enfermedad de alguien a quien quiero, el dolor de las personas a las que no puedo ayudar». Ni tan siquiera se angustia por algo que le ocurra a ella.

Como muestra, un botón: hace unos días sufrió una bajada de tensión en plena conferencia durante el Foro de Nueva Economía. Salía de un constipado y un medicamento anticatarral la dejó fuera de combate momentáneamente. A los 20 minutos siguió como si nada: «No tuvo importancia. Me asistió allí mi número dos que, además, es médico. Me tumbaron un rato y luego continué dando la conferencia». Se echa a reír. Rosa le quita importancia al episodio. Quienes andan intranquilos son sus hijos: «Ahora resulta que funcionan como padres», reflexiona.

Nos vemos en una habitación de hotel, donde pasa la mayor parte de su vida. De lunes a jueves está en Madrid y, los fines de semana, hace la maleta y se va para Sodupe, en Güeñes, al sureste de Vizcaya. En el pueblo donde nació tiene su hogar. «Allí está mi casa, mi familia, mi marido, mi cama… Mis perros: Tula, Max y Neo. A veces, sólo duermo una vez a la semana. Otras, me escapo y paso tres noches. Lo más duro, regresar el domingo al hotel». Desde siempre ve a los suyos a tiempo parcial. «Te insisto en que más que comprensión, esta vida se lleva gracias a la gran complicidad que tengo con ellos».

Rosa está muy delgada. Dice que come, aunque parece que es austera hasta para eso. Tampoco se la ve proclive a los excesos. Los recuerdos que están ahí, en su cabeza, y que «no olvida», hacen que valore una tortilla francesa o una naranja más que el resto de los mortales. «Nací en una casa con derecho a cocina. Es decir, vivíamos en la casa de otras personas. Cuando llegaba del colegio, iba a ver a la abuela de esa familia, que estaba enferma, y siempre la veía comer. Aquella mujer me daba un trocito de su tortilla. Ese trocito me parecía todo un lujo. Igual que la galleta de chocolate que me regalaba otras veces. Supongo que mi amatxu tendría cocido o algo similar, pero aquel trocito de tortilla… Recuerdo igualmente el postre que solía tener en casa: media naranja y, al día siguiente, la otra media. Eso formaba parte de la normalidad».

Seguramente de esos pequeños detalles de su infancia ha salido la educación que ha dado a sus hijos. «Me ha gustado que sepan que nada es gratis, que todo lo que tienen resulta de un esfuerzo continuo y cotidiano. Quiero que valoren ese esfuerzo y que le den importancia al mérito. Cuando hablo de que las cosas hay que trabajárselas no sólo me refiero a los bienes materiales, me refiero también a la libertad…».

La palabra libertad siempre está en la boca de Rosa Díez. La sitúa en primer lugar en su orden de prioridades. Quizás porque, desde el año 91, va con escolta y ha tenido que asimilar que ya nunca podrá salir a la calle sin sus dos guardaespaldas. «Los he incorporado a mi vida, pero me falta algo. Ahora mismo, ellos me dan la libertad que otros me quitan [me doy cuenta de que no menciona ni a ETA ni a los terroristas]. Gracias a que son mis escudos puedo ir al cine o a un concierto. Procuro que su trabajo sea rentable. Si me encerrara en casa, entonces los malos habrían ganado, porque lo que quieren es sacarme del espacio público».

DESAPERCIBIDA. De todas formas, procura no dejarse ver demasiado con los suyos, sobre todo, con sus hijos, y eso que, en alguna ocasión, le han acompañado a sus mítines. «Intento pasar desapercibida cuando voy a verles». Cree que así serán más libres. Pero si hay algo que lleva mal es «imponer sus escoltas». «Soy muy montañera y, durante años, he salido con un grupo de amigos a caminar. Ahora lo hemos dejado. No quiero obligar a nadie a tener que ir con mis guardaespaldas». Se conforma con pasear por su pueblo. «Es salir a la calle y ya estoy en la Naturaleza».

Allí, en Sodupe, tierra vasca, están enterrados sus padres. «Mientras alguien cuestione que mis raíces están ahí, nunca lo abandonaré. Mi madre llegó por casualidad. Mi padre estaba preso en una cárcel cercana y ella llegó allí siguiéndole. Encontró trabajo en una fábrica de sacos y se quedó en el pueblo. Al salir mi padre –le conmutaron la pena de muerte a la que había sido condenado–, se colocó en una fábrica de aceros y pronto nacieron mis dos hermanos mayores. Después llegué yo. La niña y la pequeña».

Ha tenido muchas oportunidades para abandonar su pueblo, son más de 50 años viviendo en el mismo lugar, con los mismos amigos, con los mismos vecinos… «Sólo una vez me he planteado irme, cuando mis hijos eran pequeños. Nos preguntábamos, mi marido y yo, si teníamos derecho a obligarles a vivir allí. Después de tomar la decisión de seguir, nunca más nos lo hemos cuestionado». Rosa reconoce que no es fácil irse. «Conozco a mucha gente que tiene la herida de haberse ido. Creen que al marcharse traicionan a alguien. Sinceramente pienso lo contrario: que han pagado a la sociedad más de lo que nadie les pudo pedir nunca».

Espigada, de nariz aguileña y pelo rubio, es una mujer de carácter. Hay quien dice que nunca llora. Lo niega. «Soy fuerte, pero no dura. Es más, me considero muy sensible». Le pido que se defina: «Alegre, abierta…, qué más puedo decir de mí. Cariñosa y tozuda. Nunca doy por perdida una batalla. También me considero muy intuitiva».

Lleva casada con Iñaki 31 años. Hace poco fueron a Viena a celebrarlo con toda la familia. Hay que reconocerle a su marido la capacidad para resistir la distancia y aguantar el ritmo de una profesional tan activa como ella. «Le conozco desde los 15 años. Tocaba la batería en un conjunto [se ríe con ganas] y nos hicimos amigos. Era muy abierto y muy divertido. Ha sido un buen compañero de viaje. No estaríamos aquí si no fuera así».

En este momento de nuestra charla descubro otra de las característica de Rosa: la timidez. Me da la sensación de que esta concesión a su vida privada le cuesta. Al final, opta por el sentido del humor: «Me casé con 21 años. Sí, fue un infanticidio. Lo sé». Se echa a reír otra vez y cambia de tema.

PASO ADELANTE. Rosa política se confunde con Rosa mujer, hija, esposa y madre. Va todo «en el mismo paquete». Si alguien tiene la culpa de que la política esté en todas esas facetas esa persona es su padre. «En mi casa se hablaba a menudo de política. Mi padre mencionaba mucho sus recuerdos de la guerra. Nunca mostró odio hacia nadie. Es más, nos dejó muy claro que no teníamos que odiar a nadie. Era un ser extraordinario. Tampoco quiso ganar la guerra con efectos retroactivos. Nos hablaba de la República para que supiéramos lo que era un régimen constitucional. Lo importante para él era la convivencia y enseñarnos que había que acatar las reglas del juego, aunque intentáramos cambiarlas. Fue una enseñanza tan importante que ha marcado toda mi vida».

Rosa entró en política, en el PSOE, a través del sindicato UGT. «Había que construir la democracia», apunta. No le valía sólo con votar y dio el paso adelante. «Era funcionaria y conocía un poco la Administración desde dentro. Finalmente, fui elegida y entré como diputada en la Diputación de Vizcaya. Aquel primer momento fue de euforia. Creía que nos podíamos comer el mundo. Entonces no veía las dificultades».

Atrás han quedado sus cargos como consejera de Comercio, Consumo y Turismo en el Gobierno vasco –una cartera que mantuvo durante 7 años– y como eurodiputada por el PSOE desde 1999 hasta 2007. Su constante crítica a la política dialogante del Gobierno con ETA –en la anterior legislatura– le hizo separarse de las filas del partido en el que militó desde la adolescencia. «Hoy formo parte de UPyD, un partido de románticos. Un partido muy raro, pero muy moderno. Hay gente en nuestras filas que viene de la izquierda, otros, del liberalismo, y lo vivimos con naturalidad. Es un partido de alternativa. Quizás, lo más novedoso es que el referente de este partido político, nacido en el siglo XXI, sea una mujer y que los impulsores sean un grupo de intelectuales».

Aunque anda sola por el Congreso, a cuestas con su escaño, dice no sentirse mal. La soledad no le asusta: «Sé estar sola e, incluso, puedo llegar a disfrutarla. Pero lo más interesante de mi vida ha sido en compañía. Como decía una poetisa cubana: se puede llorar en soledad, pero para reír se necesita compañía». En el PSOE algunos todavía no le perdonan que se fuera: «Me he encontrado rechazo y grosería en el menor de los casos y cierta prevención inicial en mucha gente que no me conocía, pero creo que se va produciendo una normalización de mi presencia en el Congreso».

Charlar es una de sus aficiones preferidas, «es que estoy en esto por la gente, lo tengo claro», concede. Alguna vez, pocas, se la puede ver haciendo cola en el cine –«me gustó la última de Angelina Jolie, El intercambio»–, pero entre sus preferencias a la hora de ponerse un vídeo destaca Blade Runner, un clásico protagonizado por Harrison Ford.

La cocina tampoco se le da mal, pero en escasas ocasiones se ata el delantal. «Ceno siempre en hoteles, excepto los fines de semana. Te diré que los pocos platos que hago no se me dan mal. Los aprendí de mi madre». Si uno enlaza con su página web (www.rosadiez.es) puede ver sus especialidades: arroz con almejas, pollo a la cerveza, taquitos de solomillo con patatas… Pero lo que más le gusta, sin ninguna duda, es zanganear. «El día que no hago nada es un placer. Un sábado en casa me levanto tarde, leo la prensa, me ducho sin prisas ni horarios, hago la comida, veo una película en la tele, leo un libro… Soy de las que no pueden dormir sin leer antes [en su mesilla nunca faltan libros de poesía]. Aburrirte porque no haces nada me encanta. Es justo lo contrario de mi rutina cotidiana».

Cada rincón de su casa está lleno de recuerdos. Si cierra los ojos puede ver a su madre. «Estuvo conmigo hasta que murió, a los 92 años. Vivió 19 con Alzheimer. Llegó a no reconocerme y se le olvidó hablar, pero te acercabas y le dabas un beso y te sonreía. Estaba viva. La enfermedad no le quitó jamás su humanidad. Todos la echamos de menos».

Rosa conserva el mismo espíritu de aquella niña que decidió un día ser la primera de la clase, en el colegio de monjas al que la llevaron sus padres «con un enorme esfuerzo». Observó que las más listas y empollonas ganaban una colección de libros al terminar el curso, y quiso estar entre ellas. «Me enorgullecía que mis padres estuvieran en la entrega de premios. Más que por mí, porque ellos no formaban parte de la vida social del pueblo. Se les veía felices».

FORTALEZA. Su origen humilde la ha hecho más fuerte. No le para nada, ni un vahído, ni una gripe, nada. No es hipocondriaca. Revisa su agenda y no tiene ni un solo hueco de aquí a los próximos 30 días. Suple la falta de presupuesto de su partido con el don de la ubicuidad. Puede estar en dos emisoras de radio casi a la vez y en dos actos también a la misma hora. Es una alternativa para los que no están conformes con los dos portaaviones, el PP y el PSOE. «He logrado, con el apoyo de intelectuales y de gente muy joven, meter mi trainera». Cuando le dicen: «¡Ten mucho cuidado!», se queda parada. «¡Son palabras mayores! Sobre todo, para un vasco que hace política. Prefiero que me digan simplemente: ¡Cuídate! Tiene otra connotación muy distinta».

Antes de despedirme, le menciono a ETA, a la que no se ha referido específicamente en ningún momento. Le pregunto si desaparecerá. Y no lo duda: «No desaparecerá, nos la cargaremos. Lo haremos democráticamente, como se termina con los terroristas: con la Justicia, con la Guardia Civil y con la Policía. Con la palabra no se acaba con ellos, solamente aplicando el Estado de Derecho. Al totalitarismo de los terroristas no se le convence, sólo se le derrota. Ese día, que no está lejos, lo veremos todos…».

El Mundo-Magazine (15.02.2009)

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