¿Mienten los políticos?

Políticos mentirososEl domingo pasado 30 de noviembre participé en la tertulia “El salero” (www.intereconomía.com) de Radio Intereconomía. Casi a su inicio y a propósito de las descalificaciones dirigidas por varios de los compañeros de tertulia contra el Sr. Rodríguez Zapatero –el Presidente, se dijo, miente a todas horas y a todo  el mundo-, apunté que si bien estaba de acuerdo en que el Presidente del Gobierno mentía con frecuencia, también creía que lo hacían la mayoría de los políticos profesionales y que mentir era casi una cualidad que caracterizaba a todos ellos. Remaché mi punto de vista afirmando que, estaría encantado de conocer a algún político profesional que no perteneciera a esa tan común especie.

Compartía la tertulia nada menos que con cuatro políticos en activo –el Sr. Carles Llorenç, diputado de CiU en el Parlament de Cataluña, el Sr. Antonio Robles, asimismo diputado de Ciudadanos en el Parlament y el Sr. Luís Alamán y la Sra. Juani Navarrete, ambos regidores del PP en el municipio de Cubelles- y, como no podía ser de otra manera, los cuatro pidieron inmediatamente la palabra para replicarme, con cordialidad, por lo que ellos consideraban una descalificación personal. Todos ellos estuvieron de acuerdo con el Sr. Llorenç, que se manifestó dispuesto a poner su mano en el fuego por la inmensa mayoría de los políticos, gente sufrida y abnegada que, en la mayoría de los casos, no entiende por qué están en política, cuando -éste era al menos su caso- podrían ganarse la vida mucho mejor en el sector privado. El Sr. Robles llegó incluso a acusarme de hacer “generalizaciones graves”, gravedad que, supongo, aludía a que mi afirmación ponía en tela de juicio la honradez de los políticos en su conjunto. De todos ellos, solamente el Sr. Alamán, después de poner de manifiesto su vocación abnegada y compromiso con la verdad –aseguró que dimitiría de regidor antes de mentir a sus conciudadanos-, se atrevió en su intervención a reconocer que los ciudadanos tenían hoy escasas razones para creer en la palabra de los políticos. ¿Por qué será?

Cuando me llegó el turno de réplica, intenté matizar mi afirmación. Naturalmente, reconocí que los políticos en ejercicio no tienen inconveniente en exponer con sinceridad sus puntos de vista cuando ello les favorece. ¡Faltaría más! ¡Incluso el rufián del Sr. Roldán debió en alguna ocasión decir la verdad! Lo malo es que ese hábito tan higiénico suelen practicarlo cuando están en la oposición para sacar a la luz cualquier asunto que puede perjudicar al partido de gobierno. Pero incluso estando en la oposición, los políticos se cuidan muy bien de ocultar y minimizar cualquier cosa que pueda perjudicarles a ellos o a su partido. Eso no demuestra honradez, ni respeto hacia la verdad, mucho menos si se tiene en cuenta que, como está ampliamente constatado, sus actitudes cambian radicalmente en cuanto se sientan en el banco del gobierno.

Complementé este argumento, aclarando que por mentir se entiende decir deliberadamente algo a sabiendas de que no es cierto. Los Sres. Llorenç y Robles habían acusado al Sr. Rodríguez Zapatero de mentir al Sr. Maragall y al pueblo de Cataluña, al haber afirmado en un mitin de una campaña electoral en el otoño de 2003 -cuando, por cierto, el Sr. Rodríguez Zapatero era líder de la oposición y pensaba pasarse otros cuatro años más en esa situación-, que aceptaría el Estatut que aprobaran los catalanes. Luego, ya siendo Presidente, habría incumplido su palabra al modificar el proyecto de Estatut aprobado en el Parlament de Cataluña durante su obligada tramitación en la Comisión Constitucional de las Cortes.

Mantuve y mantengo que no se puede afirmar que el Sr. Rodríguez Zapatero mintiera en esta ocasión. Se le puede acusar de irresponsable, por manifestarse de forma, sin duda, muy imprudente sobre un tema tan delicado y empleando unos términos tan vagos como “aceptaré lo que diga el pueblo de Cataluña”. Cualquier persona razonable admitiría que el compromiso del Sr. Rodríguez Zapatero no excluía que el proyecto de ley aprobado en el Parlament se modificara, como cualquier otra ley, durante su tramitación en las Cortes, donde también, por cierto, están representados los catalanes. Y dije más: que tal vez en este caso no había sido el líder de la oposición quien había engañado al Sr. Maragall en noviembre de 2003, sino el President de la Generalitat el que había engañado al Presidente del Gobierno en 2004 y 2005, al promover la elaboración y aprobación en el Parlament de un proyecto de Estatut desleal y contrario a la Constitución de 1978.

Poco después, se produjo una situación un tanto cómica en la tertulia. Se debatía si hay o no la posibilidad de que los niños puedan cursar la enseñanza primaria en castellano en la escuela pública catalana: el Sr. Robles negaba su existencia y el Sr. Llorenç afirmaba que esa opción existía. El Sr. Robles acusó con vehemencia al Sr. Llorenç de mentir y el Sr. Llorenç hizo lo propio con el Sr. Robles. Consciente de la contradicción en que había incurrido, el Sr. Robles tuvo que admitir que quizás el Sr. Polo no andaba tan descaminado cuando había afirmado que los políticos mienten. Me reafirmo pues en lo dicho en antena: los políticos mienten una vez sí y otra también, cuando tratan temas banales, y cuando abordan cuestiones de gran trascendencia. Y los ciudadanos lo saben, de ahí el descrédito generalizado de que goza la profesión. Tengo la impresión, además, de que los políticos están tan acostumbrados a desvirtuar la realidad y acomodarla a las consignas y los puntos de vista que emanan de las direcciones de sus partidos, que llegan incluso a confundir su parloteo banal con la verdad y el de su adversario con la mentira. Pero como dijo el poeta, “la verdad es lo que es/ y sigue siendo verdad/ aunque se piense al revés”.

Lo ilustraré con otro ejemplo de rabiosa actualidad. Me refiero a la polémica que se ha suscitado en torno a si los Gobiernos del Sr. Aznar supieron y autorizaron la utilización del espacio aéreo español y la realización de escalas en varios aeropuertos españoles a aviones fletados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense que trasladaban ilegalmente a presuntos talibanes y miembros de Al Qaeda desde Afganistán a la base militar de Guantánamo en Cuba. Los documentos publicados prueban que el Sr. Piqué, entonces Ministro de Asuntos Exteriores, fue informado puntualmente por su Secretario de Estado del inicio de los vuelos. Los documentos también revelan que las escalas y los vuelos continuaron a partir de 2004 cuando el Sr. Rodríguez Zapatero sustituyó al Sr. Aznar en la Moncloa tras las elecciones del 14M.

Pues bien, así están las cosas: los máximos responsables políticos del PP en los gobiernos del Sr. Aznar entre 2002 y 2004 guardan silencio y la actual cúpula del partido quiere llevar a la picota al Sr. Moratinos, Ministro de Asuntos Exteriores, por filtrar los documentos a la prensa. El Sr. Moratinos anda a su vez atareadísimo buscando con lupa y linterna en los desvanes del Palacio los documentos publicados y no los encuentra. Los sucesivos Ministros de Defensa en los Gobiernos del Sr. Rodríguez Zapatero –Sres. Bono, Alonso y la Sra. Carme Chacón- y hasta el Presidente tampoco tenían noticia alguna del asunto hasta que se la encontraron en la prensa una melancólica mañana de otoño. Por supuesto, aquí nadie sabe nada: los controladores aéreos de los aeropuertos españoles únicamente detectaron a algunas aves migratorias que se detenían a reponer fuerzas para poder continuar su viaje.  

En este caso, como en tantos otros, los ciudadanos sabemos que unos y otros mienten y mienten, no por comprensibles razones de oportunidad y prudencia, sino por inconfesables intereses partidistas. Los Sres. Moratinos, Bono (y sus sucesores el Sr. Alonso y la Sra. Chacón) no son los responsables de haber autorizado inicialmente la utilización de los vuelos de la CIA en aeropuertos militares y civiles españoles, pero comparten una grave responsabilidad en la medida en que la mayoría de los vuelos que hicieron escala en los aeropuertos de Morón, Rota, Palma de Mallorca y Torrejón tuvieron lugar en 2005 y 2006. Todos ellos deberían presentar su dimisión: unos por ignorar, si no ocultar deliberadamente, hechos tan graves a los ciudadanos y, al menos dos de ellos, por haber permitido que se filtraran a la prensa informes clasificados como “muy secretos.”

Resulta patético que en lugar de dedicar todas sus energías a afrontar la grave situación económica actual e investigar las responsabilidades de los gestores de algunas entidades financieras, el Gobierno vaya a crear una comisión de investigación en el Congreso, no, me temo, con la intención de aclarar el origen de la filtración y depurar las responsabilidades correspondientes, sino para ajustar cuentas con el partido de la oposición e intentar frenar con una maniobra de distracción la pérdida de credibilidad del Gobierno en las encuestas, atribuible con toda seguridad a su notoria incapacidad para afrontar con decisión y contundencia la severa recesión y la muy grave crisis financiera que padece nuestra economía.

Una reflexión final. ¿Por qué a pesar de que en bastantes ocasiones acaban siendo atrapados continúan los políticos empeñados en engañarnos? Seguro que la codicia y la ambición, por una parte, y la sensación de impunidad de que gozan quienes ejercen el poder, por otra, juegan un papel decisivo. Se trata, sin duda, de impulsos muy poderosos y tentaciones casi insuperables en los seres humanos que únicamente pueden ser frenadas cuando se establecen contrapoderes efectivos. La mentira acabó con la presidencia del todopoderoso Nixon y a punto estuvo de dar al traste con la presidencia del seductor Clinton. A pesar de esas experiencias, Bush volvió a mentir a los estadounidenses para justificar la invasión de Irak, aduciendo la existencia de informes secretos que demostraban la existencia de armas de destrucción masiva en manos del pérfido tirano Sadam. Todavía hace unos días se atrevía a mentir una vez más, diciendo que había sido un error haberse creído los informes secretos, cuando es él quién había ordenado pergeñarlos.

Pero si esto es así, en los EEUU, un país donde el poder legislativo y judicial gozan de considerable independencia, ¿qué no ocurrirá en nuestra España donde la mentira es un pecado venial, el poder legislativo un apéndice del poder ejecutivo y el poder judicial está también en gran medida controlado por el poder ejecutivo? Nadie quiere arriesgarse a enrollar la alfombra por temor a encontrarse con algunos cadáveres en avanzado estado de putrefacción, como diría el Sr. Boadella. Por eso tenemos, en activo o en un discreto segundo plano, a tantos políticos en cuyo balance figuran el haber quebrado a alguna institución financiera; haber consentido u organizado grupos criminales para combatir con sus mismas armas a los criminales de ETA; haber diseñado tramas ingeniosas para financiar a los partidos con fondos destinados a inversiones públicas multimillonarias; haberse enriquecido con rapidez mucho más allá de lo que sería razonable esperar habida cuenta de los sueldos percibidos en el ejercicio de sus funciones; haber desviado a los partidos fondos sociales europeos destinados a la formación de parados; haber cobrado de manera rutinaria porcentajes en concepto de comisión por adjudicar contratos públicos o recalificar terrenos; haber engañado de la forma mas vil a los familiares de los militares muertos en acto de servicio; haber recibido de empresarios sobres con dinero que nunca quedó registrado en la caja A del partido para regenerar la democracia; haber compartido gobierno con los nacionalistas a los que ahora se persigue con saña cuando ETA mataba más que ahora; haber traspasado a empresarios simpatizantes los gastos de publicidad de una campaña electoral; etc., etc.

Y es que una buena parte de los políticos –como los rufianes de Wall Street que han hundido el sistema financiero y abocado el mundo a una recesión severa- también juegan a corto, y valoran más los beneficios presentes y privados que los beneficios futuros y el interés general de los ciudadanos. Sobre todo, cuando la impunidad del poder ejecutivo campa a sus anchas por falta de contrapoderes efectivos.

Clemente Polo

regeneraciondemocratica.com (4.12.2008)

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