Corre, oso, corre

Oso pardoLa dicotomía entre campo y ciudad está en vías de desaparición

Cada fin de semana, unas 700.000 personas huyen del área metropolitana de Barcelona para refugiarse en el interior. Ya sea para esquiar, pasear, comer, hablar con las setas o visitar ferias artesanales, centenares de miles de ciudadanos ocupan todos los rincones. La cifra es del demógrafo Enric Mendizábal, de un trabajo publicado en 1995 y no actualizado. Quiere esto decir que el número puede haber variado al alza y rondar el millón de personas. Pero lo que importa aquí no es la precisión de la cifra, sino la realidad de ese millón de personas que, con su movimiento, justifican la existencia de numerosos negocios y servicios, básicos para la economía del interior.

La montaña siempre ha sido dura. Hoy lo es menos. Una persona que vive en Llavorsí tarda ahora el mismo tiempo en llegar a una UVI médica que alguien de Nou Barris. Es una realidad de la que hay que alegrarse, resultado de años de políticas de cohesión y uno de los mejores logros del país. Pero lo que ocurre hoy es algo más que un ir y venir de recursos. Como indica ese millón de ciudadanos flotantes, el país es mucho más homogéneo de lo que algunos intereses parecen querer demostrar y la dicotomía entre campo y ciudad, algo en vías de desaparición.

Y, sin embargo, los debates territoriales, cuanto más pequeño es el territorio del que se habla, más complicados son. Recuerden no hace tantos meses la cuestión del trasvase de agua del Segre, donde la posición de algunos partidos se escindió en función de si los interesados que se manifestaban habitaban el tramo alto, medio o bajo del río. Más reciente es el caso del conseller Joaquim Llena, que ha dedicado su mandato a convencer a los agricultores de la necesidad de olvidarse de agravios para invitarles a convertirse en granero de las clases medias urbanas, ya sea como suministradores de paisaje o de productos de calidad. Pero he aquí que, un día, esa lógica se quiebra. Aparece una osa joven aterrorizada por los disparos de una batida de jabalíes y magulla a uno de los cazadores. Acto seguido las autoridades de Val d´Aran reclaman la expulsión del animal. Y el conseller los justifica al declarar: “Me habría gustado saber qué hubiera ocurrido si un gobierno lejano hubiera reintroducido el oso en Collserola”. Llamar a la Generalitat gobierno lejano ya indica que el territorio – su territorio, del que el conseller parece preso- pesa más bastante más que la lógica que reclama de los agricultores.

Pero el territorio no siempre tiene razón. Si el oso está en los Pirineos, es porque existe una mayoría de la población que entiende que es mejor un bosque lleno de osos que un bosque sin osos. Como el paisaje, el oso – invisible la mayor parte de las veces- es un intangible, un atractivo más para que ese millón de nómadas siga en movimiento. Puede que el territorio (los cazadores) piense que el bosque es sólo suyo. Pero para su desgracia, también lo es de los pixapins que defienden el oso. Y del propio oso, claro.

Ramon Aymerich

La Vanguardia (8.11.2008)

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