“La muerte fue acumulándose como sal en las heridas”

Graça MachelGraça Machel, líder africana por los derechos de los niños y la capacitación de las mujeres

62 años. Nací en una aldea de Mozambique. Fui maestra, guerrillera y ministra de Educación en el gobierno de mi marido, Samora Machel, asesinado. Tuvimos dos hijos y tengo dos nietos ¡preciosos! Luego me casé con Nelson Mandela. Lucho por los niños y las madres de África

Ima Sanchís – Ha vivido usted muchas vidas…

¡Qué verdad! La primera fue una infancia pobre pero llena de calor y muy protegida. Nací sin padre, murió tres semanas antes de mi nacimiento, pero mis hermanos y mi madre me dieron mucha estabilidad y amor.

Usted ha resultado ser una mujer muy fuerte en un país donde las mujeres, sí, pero no. ¿Qué le dio esa fortaleza?

Ese amor en mi infancia, ese sentimiento de anclaje. Mi vida está marcada por mujeres fuertes: mi madre, callada pero muy fuerte; mi hermana mayor, que murió hace un mes y por eso voy vestida de negro.

¿Su madre era analfabeta?

Sí, pero era un libro sabio que yo consultaba a menudo. A lo largo de la vida he ido encontrando personas que han sido referencia por su lucha y su dignidad y que me han ayudado a formar mi personalidad.

¿Su segunda vida fue la de maestra revolucionaria?

A ella llegué a través de la escuela, haciéndome preguntas para las que no había respuesta. En un país de negros, de 3.000 alumnos, sólo 30 o 40 éramos negros. Yo era la única negra de mi clase. ¿Comprende?

Comprendo.

Eran cosas muy concretas las que me hacían cuestionarme el colonialismo. La manera como me trataban los profesores me marcó profundamente. Me hicieron sentir que estaba de más en un país que era el mío. Para poder continuar estudiando, tuve que firmar papeles conforme yo era portuguesa.

¿Y cuándo tomó las armas?

Primero milité en la clandestinidad. A los 27 años me entrenaron para la lucha, pero yo ya era profundamente independiente.

¿Qué hizo de usted la guerra, ver morir y matar?

Está revolviendo cosas demasiado fuertes para mí.

Ya independientes, afrontaron 16 años de guerra civil, ¿decepcionante?

Primero, yo no caracterizo aquella guerra como civil, fue desatada por los rodesianos y los sudafricanos. Pero lo que más me marcó fue la brutalidad de los rebeldes, cómo trataban a las mujeres y a las criaturas. Llegaron a Oporto y encontraron una mujer embaraza. "¿Qué tienes ahí?", le preguntaron, y ella muy ingenuamente contestó: "Un bebé". "¿Es niño o niña?". "No lo sé", contestó. "Pues ahora lo sabrás", y con una bayoneta le abrieron el vientre. Todavía no lo he entendido, no hallo explicación alguna.

… Entonces era ministra de Educación.

Vi cosas terribles, escuelas quemadas con los cuerpos de niños calcinados. Aquella guerra me dejó marcas imborrables, me convirtió en alguien diferente.

¿Diferente qué quiere decir?, ¿más fuerte, más débil, más desencantada…?

Mi marido, compañero de armas y luego presidente de Mozambique, murió en medio de la guerra y yo tuve que continuar. Cada muerte fue acumulándose y fue como sal en las heridas. Cuando experimentas un dolor tan profundo, te vuelves más sensible al sufrimiento humano, al sufrimiento de los otros. Pero al mismo tiempo las circunstancias de esas muertes me hicieron dejar de creer en muchas cosas.

¿Pero en qué dejó de creer?

Estas son preguntas que me duelen, no estoy preparada para ir tan al fondo. Pero, resumiendo, le diré que abandoné la Iglesia metodista. Ahora creo que algo nos creó, pero no le rindo culto a nada ni a nadie.

Años después hizo un estudio para la ONU sobre el impacto de la guerra en los niños, ¿en qué los convierten las guerras?

Fui a Colombia, Camboya, Sierra Leona, Ruanda… Estuve en esos sitios en los que el denominador común era la crueldad contra los niños y las madres. Hay muchas cosas de la naturaleza humana que aún hoy no sé interpretar. No consigo comprender cómo un ser humano puede infligir tanto sufrimiento a otro, particularmente a los más débiles e indefensos. Mi problema con Dios tiene que ver con todo esto.

Algo habrá aprendido del perdón y del miedo.

Nunca he sentido miedo. Tengo muchos dolores, pero también muchas alegrías. Valoro y festejo los momentos de alegría, por eso mi causa es la sonrisa de un niño, algo muy profundo. No comprendo que alguien pueda hacerles daño, y me siento en la obligación de dar voz a los que no la tienen, por todas esas cosas que presencié.

Usted dice que la mujer es el futuro de África. ¿Por qué, si somos tan débiles?

La mujer no es débil, lo que pasa es que está desprovista de espacio, de voz y de medios. Pero cuando se los das, las cosas cambian.

Son las mujeres las que han educado a esos hombres violentos que las dominan.

La agresividad está fuera de la madre, viene de fuera. Usted y yo acariciamos y acariñamos a nuestros niños de la misma manera que lo hace una madre africana. Ninguna mujer en el mundo educa a sus hijos en la violencia. Por eso, para cambiar la faz de África debemos dar mucha más fuerza a las mujeres, y de hecho ya se está notando.

Usted ha sido maestra, ¿qué hay que enseñar a los niños?

Si los niños de Barcelona fueran educados en la conciencia de que la vida de un niño de aquí y la de un niño de Bangladesh o de Mozambique tiene el mismo valor, habría un inmenso cambio.

 

HERIDAS QUE CURAN

Fue un encuentro intenso, en el que pasábamos de la risa al "no insista en preguntas dolorosas". Ha vivido comprometida los conflictos africanos: colonizaciones, descolonizaciones, guerras intestinas, hambre, crueldad. Está llena de cicatrices, y con ellas ha construido su militancia en la rehabilitación de los niños afectados por las guerras y la capacitación de la mujer africana: "El futuro de África". Creó y preside varias fundaciones, entre ellas el Fondo GAVI, entidad internacional destinada a facilitar el acceso a las vacunas infantiles en países pobres. Ayer fue investida doctora honoris causa en la UAB. Se casó con hombres como ella, históricos dirigentes africanos, Machel y Mandela.

La Vanguardia (La Contra – 24.04.2008)

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