El muñeco que no existe

Soldadito norteamericano de jugueteCuenta un escritor que cuando era niño iba con un amigo pelirrojo a la juguetería de su barrio a pedir soldaditos norteamericanos rindiéndose. Queremos tres soldaditos americanos rindiéndose, decían. Al vendedor, que debía de ser un hombre amable de posguerra, se le amontonaban en el mostrador figuritas de rusos, alemanes y japoneses izando banderitas blancas o arrodillados en posición de súplica. Por más que buscase, los soldaditos americanos que encontraba mantenían siempre el tipo de forma victoriosa o beligerante. Este parece que está un poco inclinado, les decía probando suerte, fijaos en la cabecita. Pero los niños le clavaban la mirada. Rindiéndose, rindiéndose de verdad. Y el hombre seguía rebuscando entre los cajones, inútilmente, un muñequito que no existía.

La aspirante demócrata a la Casa Blanca parece que también tiene la intención de luchar hasta el final. Desde aquí, asistimos al circo de despellejamiento y desguace que ella y su compañero de partido se obcecan en mantener, hasta el último aliento. Resulta evidente, y esto se comenta hasta entre la gente de andar por casa, que el desprestigio feroz al que se someten sólo beneficia al candidato republicano que debería ser su verdadero oponente. O sea que le están haciendo la campaña. Uno se lo imagina tumbado siempre en un sofá leyendo el periódico entre risillas. A la espera de que la mujer y el negro se devoren entre sí. Pero esta obviedad, precisamente por obvia, no deja de ser inquietante. A no ser que los espectadores de por aquí no seamos capaces de captar los intríngulis del juego electoral estadounidense (acostumbrados a nuestras candidaturas de piedra pómez), y una vez finalizado el fuego cruzado, los despojos políticos sepan lamerse las heridas y unificar a su electorado. Si eso ocurriera, aun sería posible que una mujer o un negro gobernase EE. UU. Acontecimiento que muchos tenemos la esperanza de ver, entre otras razones por el poder de su peso simbólico a los ojos del mundo. No olvidemos que Rice contiene las dos discriminaciones ella sola, y fíjense. Pero los que tememos que esta lucha encarnizada desemboque en otro largo mandato de un continuador de la política de Bush, estamos preocupados y nos hacemos preguntas. ¿En qué están pensando? ¿Son dos infiltrados del Partido Republicano? ¿Se trata de vencer a cualquier precio? ¿Se han vuelto locos?

La mente humana es un misterio insondable. No digamos la de algunos políticos. Véase el viaje imaginario por el que se despeñó la memoria de la aspirante, en su famoso aterrizaje en Bosnia, al recordarse a sí misma correteando agachada para esquivar francotiradores cuando hemos visto que paseó sonriente, besó niñas y hasta amenizó a las tropas cantando una canción. Asunto desconcertante, sin duda. Pero no sólo por la frivolidad de su inventiva sobre un país con una situación tan dramática, sino también por su torpeza al fanfarronear con un evento plagado de cámaras. Por no hablar de la frase con la que se excusó después: "Mi error demuestra que soy humana y para algunas personas eso puede ser una revelación". Inquietante frase en la que es mejor no profundizar mucho. Al fin y al cabo, en su aterrizaje, la niebla, el polvo y los soldados eran de verdad. No como el pavo con patatas de plástico o las armas de destrucción masiva invisibles de Bush, el hombre, o el muñeco, que ilegaliza las palabrotas pero legaliza las torturas. El hombre, escribe Coetzee, que no puede cometer un delito, porque es él quien hace las leyes que definen los delitos.

Clara Sanchís

La Vanguardia (4.04.2008)

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