|
Casi siete de cada diez catalanes se definen católicos según las encuestas
La Iglesia católica en Catalunya representa socialmente mucho más que la adscripción personal a una fe ¿La sociedad catalana es laica? La respuesta es una negación. No existen sociedades de este tipo, porque no son bloques homogéneos, sino conjuntos plurales formados por personas de distintas creencias.
La sociedad catalana es plural, y en ella el catolicismo posee una presencia mayoritaria, como lo manifiesta la fotografía que se obtiene de los datos de las encuestas. Pero como en todo hecho sociológico, las referencias numéricas, por sí solas, nos dicen poco si no se enmarcan en lo que son las características del conjunto de la sociedad.
La realidad en cifras: un millón cada semana Si atendemos a los datos publicados por La Vanguardia el pasado 11 de enero, en su artículo "Catalunya es menos católica", casi siete de cada diez catalanes (67,1%) se define católico. Este orden de magnitud es coincidente con el de distintas fuentes, CIS, Encuesta Europea de Valores y las del centro que dirijo, el Incas, de la Universitat Abat Oliba CEU. Las encuestas presentan a los católicos diferenciados, como mínimo, en dos grupos: los practicantes, y los no practicantes (un concepto desafortunado por su negatividad, como lo es otro, el tan usado de los no creyentes).Todo ello, de acuerdo con la definición de cada entrevistado.
Un católico practicante es aquel que, como mínimo, frecuenta la Iglesia una vez a la semana. Del orden del 20% de los catalanes, de 18 años en adelante, se califica así; un 2,5% acude casi diariamente.
Conclusión: algo más de un millón de personas se congregan semanalmente para celebrar su fe. Se trata de un compromiso fuerte, de una gran vinculación con la Iglesia.
Ninguna institución ni grupo social puede manifestar algo remotamente parecido. En esta sociedad desvinculada es un fenómeno único y extraordinario, y el que sea habitual no le quita importancia, todo lo contrario.
Además, y de acuerdo con la misma fuente, casi la mitad de los catalanes se considera católico no practicante. Este grupo incluye tanto a personas que no van nunca a misa como a quienes acuden en ocasiones señaladas o se dejan caer algún domingo al mes, cuando les apetece.
Otra forma de definir esta heterogénea clasificación es la de católicos culturales.Su práctica religiosa no atiende a la ortodoxia, pero comparte el sistema de valores propio del catolicismo. El hecho de que alguien se identifique como católico en la sociedad catalana de hoy no es un dato baladí. La razón está a la vista: la mayoría de los medios de comunicación públicos y privados, empezando por TV3, reitera una imagen de lo católico que oscila entre la ridiculización y el desprestigio. Pues a pesar de todo ello, 7 de cada 10 catalanes se define como tal.
Es evidente que existe un fenómeno de secularización, que afecta sobre todo a dos grupos sociales, a la gente joven, a partir de los 15 años hasta los 35 principalmente, y a las personas con mayores ingresos. Después de los jóvenes, el grupo menos católico es el de los empresarios y dirigentes de empresa. Deseo y dinero casan con mayor dificultad con la fe.
¿Secularización o sociedad desvinculada?
Pero es un gran error considerar que este fenómeno es exclusivo de la Iglesia. La secularización es el nombre del efecto religioso que damos a un proceso que afecta a toda la sociedad catalana: se trata de la cultura de la desvinculación. Esto es, la incapacidad para contraer compromisos fuertes que limiten la satisfacción inmediata del deseo, porque creen que sólo de ello depende la realización personal. Ningún vínculo personal, norma, tradición, debe impedirlo. Esta actitud y cultura hiperindividualista se expresa, sobre todo, en el ámbito sexual y el del dinero (la corrupción es una de sus manifestaciones), aunque no exclusivamente. Es una cultura donde la donación, la gratuidad del gesto, desaparece, en la que la solidaridad de clase, el vínculo con la comunidad, ha cedido al individuo aislado o, como mucho, a la reivindicación corporativa del "qué hay de lo mío".
Esta sociedad desvinculada tiene consecuencias más agudas y graves que las de la secularización eclesial. Según la última encuesta del CEO (Centro de Estudios de Opinión) sobre capital social, el 1% de la población adulta es miembro activo en un sindicato, y sólo el 8% está afiliado. El 90% de los trabajadores pasa de ello. Algo parecido sucede con los partidos políticos: el 1,5% está afiliado y participa, y un escaso 3,5% se declara miembro. El conjunto de los asociados a todas las organizaciones de ayuda humanitaria, derechos humanos, minorías sociales e inmigrantes de Catalunya, las ONG solidarias, alcanza al 9% de la población. La idea de una sociedad catalana pletórica de vida asociativa es irreal. Nuestra sociedad civil es cada vez más débil.
Lógico es que, en este contexto, los católicos posean una importancia fundamental en la sociedad catalana. Son más mujeres que hombres, ymás pobres que ricos. Exactamente igual que en los primeros siglos de la Iglesia, cuando pasaron de ser unos mil creyentes en el año 40 d. C. a constituir mayoría en el imperio romano en el año 350 d. C., con casi 34 millones de feligreses, el 56,5% de la población total (Stark. 2009, 19).
Crecen las confesiones minoritarias En la sociedad catalana hay otras confesiones religiosas además de la Iglesia católica, a pesar de que el citado reportaje del 11 de enero las ignore. Están maltratadas por las encuestas, que sitúan su tamaño en torno al 4%, pero son muchos más dado que recogen muy mal a los cristianos protestantes inmigrados (también a los católicos) y a los musulmanes. Este tipo de trabajo subvalora siempre a los inmigrantes simplemente por una razón de dificultad, es decir, de coste. Por esta razón los protestantes doblan la cifra encuestada, y los musulmanes deben situarse en el 4%. La realidad debe ser que el 10% de la población pertenece a una fe no católica. Incluso los católicos deberían sumar un par de puntos más.
Existe todavía un tercer grupo que muchas encuestas clasifican con el equívoco nombre de no creyentes.En el mismo saco se incluye a quienes se consideran indiferentes desde el punto de vista religioso, un 7%. Los agnósticos, que ni afirman ni niegan la existencia de Dios, y los ateos, que sí lo niegan, sin posibilidad de duda. Cada uno de estos dos grupos se sitúa en torno al 11%. A la vista de estas cifras, es evidente que no es el ateísmo ni la negación de Dios lo que caracteriza a la sociedad catalana.
Pero la Iglesia católica en Catalunya representa socialmente mucho más que la adscripción personal a una fe. Según los datos disponibles, quienes se declaran católicos practicantes tienen un grado de participación electoral superior en un 23% a la media. Son el grupo más participativo, el que en mayor medida forma parte de las asociaciones de todo tipo, en especial las solidarias. Responden afirmativamente en mayor número a la disponibilidad de sacrificarse por los demás en las encuestas sobre valores. Son quienes tienen más hijos y matrimonios más estables, y por ello, mejor contribuyen a la viabilidad del Estado del bienestar. Desde el punto de vista de las virtudes cívicas, son la columna vertebral de la sociedad civil.
La dimensión social de la Iglesia en Catalunya Siguiendo la tradición que se remonta al siglo I, además de proclamar la palabra de Dios y ofrecer una ética muy clara, ha construido una gran red de solidaridad. Cáritas es su institución más conocida: casi 30 millones de euros sólo en Catalunya en el 2008 (tres millones más que la cifra de ayuda de toda la Unión Europea a Haití para aquel año). La nuestra es la de mayor capacidad de toda España, por encima de Madrid (24 millones de euros) y Andalucía (22 millones de euros). Con una diferencia interesante: el 80% de sus recursos procede de donaciones, y sólo el 20% de fondos públicos.
En casi todas las más de dos mil parroquias de Catalunya existe un pequeño grupo de Cáritas parroquial que atiende a lo más cercano. Muchos conventos y centros religiosos practican la misma solidaridad, así como asociaciones de laicos. Quien acoge a los que nadie atiende, al inmigrante en paro y sin papeles, la urgencia ante un desahucio, la mujer sin recursos, sola y embarazada que quiere tener a su hijo, al pobre aislado, al ex preso sin trabajo, quien lo hace sin preguntas ni trámites no son las administraciones públicas, los partidos ni los grupos ideológicos, sino la solidaridad católica. Ella es la primera y la última puerta. Bien lo sabía Juliano el Apóstata, uno de los últimos emperadores paganos, que a finales del siglo III, escribió: "Los impíos galileos - así llamaba a los cristianos-no apoyan sólo a sus pobres, sino también a los nuestros, todos podían caer en la cuenta que estos carecían de nuestra ayuda (Johnson, 1976, 75)".
Los catalanes aportan dinero a la Iglesia por muchas vías. La de la declaración de IRPF es la más organizada, pero cada domingo, unas decenas de miles de personas hacen una aportación en su parroquia, y otras muchas más ayudan a Cáritas, Manos Unidas y otras entidades.
La llamada escuela cristiana agrupa a los colegios de congregaciones religiosas. Además hay escuelas del Opus Dei, de los Legionarios de Cristo, del Abat
Oliba CEU, parroquiales. En total, unos 500 grandes centros escolares que acogen a unos 270.000 alumnos. Y podrían ser más si existiese libertad real de elección de centro. Su éxito es incuestionable, y lo peor que se puede decir de ellos es que no hacen proselitismo, en el supuesto de que esto sea una crítica.
Y en el mundo de la alta cultura, tenemos universidades católicas como la Universitat Abat Oliba CEU, o de decidida orientación cristiana como la UIC, inspiradas en el humanismo cristiano como la Ramon Llull. Cristianas son las matrices de dos de las mejores escuelas de negocios del mundo, Iese y Esade. También una gran Facultat de Teologia, dos institutos superiores de Ciencias Religiosas de gran éxito, la Fundación Joan Maragall, diversas emisoras, un semanario, Cataluña Cristiana,y la publicación más leída el domingo en Catalunya: el Full Dominical.
Y la referencia a la galaxia católica podría seguir con centros y entidades juveniles, la asistencia sanitaria y a los ancianos sin recursos. Los Hermanos de San Juan de Dios, la Hermanas de la Caridad, las de la Madre Teresa de Calcuta, son símbolos antiguos y nuevos de un gran don. Y aún quedaría por valorar lo que hoy nadie quiere: la atención a los moribundos, los sacerdotes o laicos que trotan por los hospitales dispuestos a acompañar religiosa o humanamente a quien está en ese trance final.
Todo esto es una realidad tan grande como ignorada, o en ocasiones injustamente burlada. Pero ahí esta. Se puede medir, ver, entrar en ella, sentirla. Está viva. Josep Miró i Ardèvol, director del Instituto de Estudios del Capital Social. Universitat Abat Oliba CEU La Vanguardia (17.01.2010)
|