¿ BARCELONA BIEN VALE UN INDULTO ?

Según se cuenta del rey francés Enrique IV (1533-1610), para ocupar el trono, se vio obligado a abjurar solemnemente del protestantismo pronunciando aquella célebre frase, si es que la pronunció: “París bien vale una misa”. Nosotros ahora la tomamos como lema para enfrentarnos a una situación igualmente crucial, la que se está dirimiendo en los tribunales de justicia por los acontecimientos que en septiembre y octubre de 2017 se produjeron en Cataluña, por la declaración unilateral de independencia en que culminó todo. Al fin, como ha de ocurrir en una buena democracia, son los jueces los que van a dictaminar si aquello fue rebelión, sedición o una simple travesura como pretenden sus defensores políticos. A primera vista, las alternativas a la situación que se va a crear son dos: una condena contundente que mantenga por años en la cárcel a los encausados o que se los exculpe sin más, sólo con alguna multa más o menos simbólica. La cuestión es que ninguna de las dos salidas va a abrir el camino para una convivencia pacífica en Cataluña, la que todos deseamos. Entonces, la única salida que nos queda no pueden dárnosla los jueces, sino los políticos inteligentes con la facultad del indulto que les otorga la ley.

Sin duda que todo lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Cataluña, ha de ser un aviso para cualquier mal navegante político, para los promotores del problema catalán que lleva enquistado desde hace demasiadas décadas, desde que el independentismo lleva campando por sus respetos hábilmente utilizado para sacar ventajas políticas y económicas. En los últimos presupuestos aprobados por el PP, que se vio obligado a conceder al PNV una buena tajada económica, en otras legislaturas apoyando a derecha o a izquierda sin rubor alguno, siempre al servicio de sus intereses de partido, en algunos casos al vergonzoso tres por ciento. Hasta que el señor Mas, cuando el señor Rajoy le negó un régimen fiscal semejante al del País Vasco, le apretó las clavijas desafiando al Estado español con una declaración de independencia, la que el 27 de octubre hicieron unilateralmente unos políticos algo menos astutos e inteligentes que el señor Mas, y lo que ha culminado con el proceso judicial al procés en que ahora estamos enredados. Sin duda que la única salida que se ofrece para que la situación no se encone para unas cuantas décadas más, está en el indulto que el gobierno de turno puede conceder.

Es claro, sin embargo, que el simple indulto sería tanto como dejar expedito el camino para repetir la hazaña. Esto se conjuraría con el reconocimiento por parte de los dirigentes independentistas de que lo han hecho mal, que su conducta ha sido muy torpe. Hace ya veinticinco siglos, Sócrates, en lo que se ha llamado intelectualismo moral, propuso que el que obra mal no lo hace por maldad, sino por ignorancia. Como consecuencia, al que delinque no hay que llevarle a la cárcel para castigarle, sino a la escuela para que aprenda. Entonces, la conducta de los independentistas no hay que plantearla en términos de maldad, sino de torpeza, incluso de inocencia, por no decir de ingenuidad: no haberse dado cuenta de que la independencia de Cataluña hoy sólo es viable con la colaboración del Estado español y de la UE. Contaban con que esta colaboración fuese voluntaria y en contra de sus intereses: ¡hace falta ingenuidad!

Comenzando por el referéndum del 1-O, tal como se planeó y desarrolló, su resultado pudo tener un valor meramente consultivo, jamás un valor vinculante como después pretendió el independentismo. Para ser vinculante es necesario que el organismo que lo promueve tenga en sus manos el poder para ejecutar el resultado, lo que exigía que hubiese sido pactado con todas las partes a las que iba a afectar, los catalanes que no quieren la independencia y el resto de los españoles, que de forma muy mayoritaria tampoco la quieren.

Lo que sus dirigentes independentistas hicieron el año 2017, comenzando por el referéndum del 1-O, yo no sé si desde algún punto de vista se puede considerar como legal, pero en todo caso fue muy torpe, torpísimo. Indudablemente fue un golpe de Estado, pues nos dejó a todos sin ley, sin Constitución, incluidos los propios dirigentes independentistas, que se quedaron sin el soporte legal que los facultaba para seguir gobernando. Sin duda que éste no es el primer golpe de Estado que se ha dado en la historia, que incluso los ha habido que han tenido éxito, que a algunos se los puede considerar como legítimos, pero en todo caso al que lo da se le ha de exigir que lo haga de manera inteligente, entendiendo por inteligente viable.

Y yo creo que de esta torpeza es de la que los votantes independentistas habían de pedir responsabilidades a sus dirigentes. Forzando mucho los argumentos formales, podían suponer que las decisiones que tomaron eran legales, pero resulta evidente que fueron irreales, y a los hechos me remito. Y aquí es donde yo creo que está su mayor torpeza, en pensar que se podía doblegar a la otra parte con marrullerías, por decirlo suavemente. Y la otra parte eran los catalanes no independentistas, el resto de los españoles y de los europeos de la Unión, demasiada gente para doblegarla de un empujón como han estado pretendiendo a fuerza de presión de la calle, de actos de los poco recomendables CDR, de lazos amarillos, de pintadas y de otras prácticas intimidatorias impropias de un pueblo civilizado.

Con esta presión se pueden conculcar las leyes legales, valga la redundancia, pero no las de naturaleza, las que la dinámica de la historia ha terminado por consagrar. Y en esta dinámica hay que contar los hechos, por no decir las leyes de la integración. Hasta los animales en la selva se ven obligados a integrarse para poder sobrevivir, El hombre político lleva haciéndolo desde sus orígenes, comenzando por la tribu. Para bien o para mal, con las tribus acabaron las ciudades-estado, después los imperios, más modernamente las naciones, siendo las experiencias nacionales más sangrantes las dos últimas Guerras Mundiales, con cincuenta millones de muertos la Segunda. La Unión Europea que surgió de las cenizas de la Segunda fue la respuesta más inteligente para que aquella matanza no se repitiera.

Los nacionalismos como el catalán suponen un rechazo a esa inteligente salida que la vieja Europa encontró, la que la mayoría de sus pueblos han asumido, algunos con reticencias, los menos con hostilidad, como es el caso del Reino Unido, el promotor del Brexit que ahora no ve la manera de ejecutar. Los independentistas de Cataluña se han pretendido adelantar a todos los problemas de un Brexit con su “Ley de transitoriedad”, que iba a dejar en sus manos tanto su desconexión del Estado español como de la posterior conexión. En la práctica, el derecho a hacerlo saltar por los aires hecho pedazos. Puede que no se trate tanto de un problema de maldad como de torpeza, un retroceso de cinco siglos, una vuelta a la mentalidad de los reinos de taifas medievales, como si pudiésemos volver a viajar en burro y a comunicarnos a voces.

Se trata ésta de una reflexión muy honda que se puede esgrimir ante los políticos independentistas y ante sus votantes, también ante los no independentistas, catalanes o no. Si esto lo asumen y se da marcha atrás, yo creo que, en el caso de que a los encausados del procés se los condene, el indulto sería una buena medida, y bien se la podría apoyar parodiando la inteligente frase que hace cinco siglos se supone que pronunció el rey francés Enrique IV: “Barcelona bien vale un indulto”.

Julián Sanz Pascual

Filósofo, matemático y escritor

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