El inexplicable Procés: ideógrafos, ilusiones y trampantojos

Las claves de la falsa narrativa del independentismo

Dos preguntas de situación:

  1. ¿Cuántas toneladas de tinta, cuántas horas de radio y televisión, cuántos tuits ha consumido el Procés? Si ese gasto no es proporcional –como fácilmente se convendrá vistos los problemas que aquejan al planeta– a la enjundia del contencioso, habrá que indagar el porqué de tal derroche de atención. Además, si observamos tal sesgo en el cuánto (y en el cómo) tendremos razones para andarnos con cuidado en el qué (los contenidos, el relato).
  2. ¿Cómo responder en cinco líneas a un corresponsal extranjero que quiere explicar a una audiencia desprevenida cómo hemos llegado hasta aquí?

No se puede atender cabalmente al aspecto subliminal del Procés que late en esas preguntas sin echar mano de dos disciplinas: una antigua, la sociología del conocimiento y otra reciente y que es en cierto sentido el reverso de la epistemología, la agnotología. Para avalar este enfoque partamos de una observación anecdótica. Una figura destacada (hoy lo es todavía más) del ámbito sindical aseveró: “El derecho a decidir, quien mejor lo puede interpretar es la sociedad catalana, que lo ha bautizado así. El derecho a decidir es hijo de la sentencia del Tribunal Constitucional [TC] sobre el estatuto de Cataluña. Si Cataluña quisiera decir otra cosa, lo diría”1. La declaración es a la vez sintomática, por el relieve y la ascendencia del emisor, y emblemática, porque presupone la asunción del núcleo duro del relato de los procesistas: la identificación entre secesionismo y sociedad catalana, la tesis de la responsabilidad del TC (léase, España) y la doble afirmación de que el derecho a decidir es un invento de la sociedad catalana y una consecuencia de la sentencia. Todas estas proposiciones son categóricamente falsas. Desde luego no ha habido rectificación y tampoco ninguna enmienda pública desde el sindicato que representa; una muestra añadida de la difusión capilar de esta narrativa de parte.

El ideógrafo

Aunque ningún fenómeno complejo se deja explicar por una sola variable, me ocuparé aquí de algunas que permanecen en la penumbra. Los estudiosos de la retórica política han acuñado la etiqueta ‘ideógrafo’ para designar a un término del lenguaje ordinario, de un alto grado de abstracción, culturalmente dependiente (el significado del término es establecido por los protagonistas), identificado con un compromiso colectivo y portador de una función normativa (sirve de guía y justificación de comportamientos que de otra manera parecerían inaceptables o irracionales). Los ideógrafos son etiquetas, lemas o eslóganes capaces de condensar la ideología de un discurso político, de un relato. Hay un candidato aventajado para esta tarea: ‘catalanofobia’ (la inquina española), en la versión popular más o menos explícita. Digo en la versión popular porque conoce una culta, la que sirvió de lema para la crema de la intelectualidad catalanista en el simposio inaugural de los fastos del Tricentenario: “Espanya contra Catalunya” (revalidado en una monografía con el mismo título de Jaume Sobrequés, su promotor). Este sintético trigrama expresa en su contundencia la cosmovisión subyacente, una sensibilidad que fue anticipada en el editorial conjunto titulado, anticipando la ilusión mayoritaria, “La dignidad de Catalunya”, y publicado el 29 de noviembre de 2009 en varios medios de la prensa catalana.

El ideógrafo como núcleo del relato cumple dos funciones. Es, por un lado, un marco cognitivo, es decir, una llave de paso que decide qué tipo de información es procesada (la que es congruente) y cuál rechazada (la disonante). La prisión de los ‘Jordi’ –y su enmarcado como ‘presos políticos’– y la (injustificada) actuación de la policía el 1-O es congruente y reforzadora, de ahí su centralidad; pero el desalojo de la Plaza de Cataluña en mayo de 2011 contra los ‘indignados’ u otras acciones violentas de los Mossos, no lo son; por eso no pasan el filtro cognitivo del relato matriz. La dimensión prescriptiva de los marcos hace que puedan transformarse en profecías autocumplidas. En segundo lugar, el ideógrafo funciona como un mito en cuanto que proporciona, de una manera tosca, una visión del mundo. En este sentido el ideógrafo podría calificarse como un producto del populismo epistemológico. El mito es ingeniería: crea realidad; la función performativa del lenguaje opera aquí con toda su plenitud. Y ello es visible en la propia trayectoria de los personajes, que parece seguir la voz de una fuerza superior. El mito incorpora una peculiar cualidad epistemológica: es apodíctico e incontestable, no necesita pruebas y hasta las pruebas contrarias son metabolizadas en su favor. Esto es particularmente destacado en los mitos de urdimbre victimista como los de destino robado: son de ganar o ganar. Como la hipocondría: cuando se les da la razón se reafirman y cuando se les quita se ven confirmados en su victimismo, es decir, en sus razones. Si la tarea de desmantelar un mito es, como apuntó Vidal-Naquet, mucho más ardua que la de crearlo, en este supuesto la dificultad se multiplica hasta el límite… de esas cantidades logarítmicas aludidas en la pregunta inicial.

La eficacia social del ideógrafo no tiene que ver con ninguno de los fantasmas de las teorías conspiratorias sino que se explica por procesos sociales normales. En particular por dos mecanismos complementarios: uno cuantitativo, la ilusión de mayoría; y otro cualitativo, la ilusión de excelencia.

Mayoría aparente y contagio

La ilusión de mayoría –que ilustra el tropo de la sinécdoque– consiste en que una parte reducida de la sociedad impone su hegemonía, en términos más precisos, en que ‘un’ nosotros parcial (independentistas) se convierte en ‘el’ nosotros comunitario (catalanes). Recordemos el título del editorial conjunto de 2009: “La dignidad de Cataluña”. Un detalle reciente viene a avalar esta visión del nosotros, el tuit de Joan Tardà a Ada Colau tras romper con el PSC en Barcelona: “¡@Ada Colau por favor, hagamos una campaña sin ofendernos entre nosotros!”. Se ve que la decisión de Colau ha sido decisiva para ser considerada parte titular del ‘nosotros’ restringido. No es solo mi percepción, uno de los creadores de opinión afines, Francesc-Marc Álvaro, lo corrobora: “En este ‘nosotros’ está la clave del escenario más probable después del 21-D. Un ‘nosotros’ sin reproches ni obstáculos en Barcelona”. El título es expresivo: Colau era la pieza pendiente para completar el lote del posesivo de los titulares. La apropiación de la representación está aún más clara en el lema delante de la prisión instalada en la Plaza Mayor de Vic el 18 de noviembre para pedir la liberación de los presos: “Un pueblo encarcelado”2.

La ilusión de mayoría tiene dos componentes. Uno es de naturaleza discursivo-comunicacional y consiste en instalar la tesis (falsa) de que un relato determinado goza del aval del consenso social. Para ello es fundamental la función de la infraestructura de resonancia. Como han señalado Jack Snyder y Karen Ballentine3, el nacionalismo crea mercados de ideas imperfectos, en este caso con una posición de preeminencia del denominado “espacio catalán de comunicación”, una demarcación que encierra, entre otras cosas, una confusión de enorme calado entre catalanista (nacionalista), social y público. Mejor ilustrar esta ilusión de las mayorías aparentes con una voz ajena, la de Íñigo Domínguez: “Toda Cataluña sería una […]. La idea es siempre la misma: el deseo de independencia es abrumador, total, y no lo que es en realidad, no mayoritario, según las últimas elecciones. En ese sentido las posturas contrarias son residuales”. En este caso también el medio crea la realidad o su ilusión (spin doctoring): “[Telenotícies] transmitía una idea de movilización total y masiva, cuando basta una pequeña fuerza de activistas organizada para cortar medio centenar de puntos clave”. Es difícil decirlo mejor y más breve. Es, en efecto, una música constante que transcribo evitando las comillas: la del clamor de la calle, la del mandato democrático, la de la fuerza de la gente, la de la transversalidad y el apoyo unánime, la de la duplicación de la longitud de La Castellana en las Diadas procesistas (Enric Juliana), la del encomio de los ceros en la tasación de manifestantes… Es, en resumen, el mecanismo de la legitimación plebiscitaria. En esta misma clave hay que entender titulares como “Los estibadores de Barcelona acuerdan no dar servicio a los cruceros de la Policía Nacional”, la carta de 188 académicos, políticos e intelectuales denunciando que “el Gobierno español ha violado libertades y derechos”, la declaración de organizaciones pacifistas de Warhda, la convocatoria de la huelga patriótica, la peregrinación de 187 alcaldes a Bruselas, los tractores en el Arco de Triunfo, las menciones a apoyos por parte de figuras como Angela Davis, Julian Assange, Noam Chomsky, Yoko Ono, Silvio Rodríguez o Rigoberta Menchú. Funcionan como amplificadores y dan cuenta de la viralidad de aquellos contenidos congruentes. Lo recoge con chispa Josep Maria Cortés: “El todo vale es la palanca del soberanismo. Valen incluso las alianzas putrefactas con la Lega Norte de Maroni y Umberto Bossi, culmen de la xenofobia, y sirven también las ayudas de Theo Francken (partidario de conceder refugia a Puigdemont), el ministro flamenco, miembro del N-VA, un partido extremista que rechaza a refugiados e inmigrantes. Si, ya sé, el N-VA es el partido más votado de Bélgica, como las manifestaciones de Mas y Puigdemont son las más numerosas. Pero ser más, no es más. Así lo aceptan quienes quieren entender ‘el populismo, la demagogia y el desprecio que los hombres del poder sienten por las masas a las que manipulan’, escribió el gran Elias Canetti en Masa y poder”.

El autoconvencimiento de los afectados es tal que se desmiente a las matemáticas. Cuando una corresponsal extranjera le señala a Puigdemont que “los independentistas no han obtenido más que el 48% de los votos en las últimas elecciones. Eso no es una mayoría absoluta”, esta es la respuesta del entrevistado: “Es falso” 4.

La ilusión de la mayoría encuentra un cierto aval en un proceso de naturaleza social que tiene que ver con la influencia y explica que cierta ubicación de actores de prestigio en posiciones estratégicas de una red social puede producir un efecto de mímesis o contagio y atraer a sectores sociales hacia los postulados defendidos por la minoría activa que representan. Es el otro componente. Kristina Lerman, Xiaoran Yan Xin-Zeng Wu lo argumentan con detalle en The ‘Majority Illusion’ in Social Networks, ampliando la tesis de Serge Moscovici según la cual el rumbo de las sociedades no lo trazan las mayorías sino minorías activas, grupos que saben conjuntarse y utilizar la influencia para imponer sus posiciones (Psychologie des minorités actives, 1976). Este enfoque de nodos activos permite explicar fenómenos de radicalización incremental o efecto dominó como los vividos en el apogeo del nazismo o en los Balcanes en los 90. Lo dejó magistralmente reflejado Ionesco en una fábula con referente inequívoco, Rinoceronte: “son setenta, serán cien, doscientos, mil; invaden los periódicos, las revistas. Dan clases en la facultad, conferencias; escriben libros, hablan, hablan, sus voces lo ocupan todo”. Desde luego el Procés cuenta con un factor determinante para ese efecto: la terna de tenores Piqué, Llach y Guardiola. No en vano la explicación más concisa del Procés es la “doctrina Piqué”, que regurgitaba el sindicalista citado: “Todo empezó con el Constitucional”.

La repetición (efecto Goebbels) por los amplificadores de opinión de los contenidos consonantes con el marco cognitivo y el carisma de figuras mediáticas que estudia la teoría de los nodos activos da cuenta de cómo posiciones minoritarias crecen o son sobrerrepresentadas: el efecto arrastre o seducción. La casualidad de un topónimo permite aunar en una gavilla anecdótica estos procesos complementarios: Santpedor, un pueblo medieval. Allí nació el Timbaler (tamborilero) del Bruc, un joven que, según la leyenda, con el sonido de su tambor, amplificado por las pantallas de las montañas circundantes, habría hecho huir a Napoleón convencido de que un ejército descomunal le esperaba. El primer componente de la ilusión de mayoría podría muy bien denominarse efecto Timbaler del Bruc. ¿Y el segundo? Santpedor es también la cuna de Josep Guardiola, “emblema de la identidad catalana y portavoz de la causa independentista”, en palabras de Madjid Zerrouki. Su casa natal forma parte del itinerario turístico del pueblo, hoy gobernado por ERC: “No se trata de ninguna joya arquitectónica, pero el tirón de Pep Guardiola la hace cotizar al alza”. Esta quasi-divinidad, se ha convertido –sigue la misma fuente francesa– “en un icono independentista, una causa a la que presta su imagen y su voz”. Reúne, pues, condiciones inmejorables para actuar como nodo activo. Desde esa posición replica el mantra del ideógrafo de la catalanofobia hispánica. Así, en un mitin en Barcelona el 11 de junio pasado sentenció: “Somos víctimas de un estado que ha emprendido una persecución política indigna de una democracia en la Europa del siglo XXI”. Sus palabras resonaron a lo ancho y a lo largo como los sones del tambor del Bruc. Como los eslóganes de Lluís Llach, cada vez menos musicales.

Puesto que la atención y la influencia en contenciosos identitarios son de suma cero, la contrapartida de esta sobrerrepresentación de la minoría es la espiral del silencio que afecta al resto de la población. No es visible, luego no existe. La extrañeza ante las dos manifestaciones de octubre es un ejemplo de la influencia persistente de esta espiral. Pero la espiral del silencio no solo es fruto de una pasividad inercial, puede serlo también de estrategias activas de silenciamiento, prácticas que forman parte de la categoría general de contramovilización, un concepto que designa la acción orientada a acallar la voz de los discordantes y que no rima desde luego con los colores del oasis democrático. En consecuencia, no ha habido tenores ni otros influencerati que rivalicen en decibelios con los tenores del independentismo. Se ha impuesto la idea de que el relato catalanista es un relato no solo abrumadoramente aceptado sino bueno y conveniente; lo último tiene que ver con el punto siguiente.

Ilusión de excelencia

La atribución cuantitativa se completa con otra cualitativa. El sujeto autoproclamado titular de la minoría monopoliza el campo semántico de los valores positivos. Puesto que se trata de un contencioso diferencial el resultado es una asimetría polar en la distribución de capital simbólico: a la excelsa Cataluña nórdica –la “radicalidad democrática”, en versión independentista adoptada por Ada Colau– se contrapone una España mesetaria y casposa, un “bloque monárquico”, la última invención léxica, propenso a producir cosechas interminables de fachas, presentes y pretéritos, de   Serrat o Coixet a Machado. Gandhi frente a Torquemada. La etnicidad catalanista se erige en identidad de prestigio, de ahí su poder de seducción y su distribución desigual en la pirámide social con una concentración en la cúpula, como ilustra palmariamente la presencia diferencial de los apellidos. La iniciativa secesionista aparece así calzada con los menores atributos: democrática, cívica, pacífica, dialogante, europeísta, desde abajo. (‘Plebeyo’ es un adjetivo que ni siquiera se oye desde las alpargatas de diseño de la CUP)5. Love democracy o la revolución de las sonrisas son locuciones que ilustran esta narrativa. Las impecables condiciones de la sociedad civil representada por ANC y Òmnium Cultural son del lote. Por eso cualquier reacción del gobierno central a los atropellos a la ley cometidos bajo tal vestuario no puede ser otra cosa que venganza, fascismo o las dos cosas.

En este sentido hay una continuidad entre el Procés y los años de lluvia fina de la uniformización/normalización pujolista. Años de sementera, que harían más tarde las veces  de levadura.  La autoatribución tiene entonces su mito fundacional en el balcón histórico de la Plaza de Sant Jaume: “De ética, moral y juego limpio hablaremos nosotros”. Allí se acuñaron una serie de tópicos que se asumieron como datos pese a su falta de sustento empírico: me refiero en particular a lo que tiene que ver con la lengua. De Mercè Vilarrubias recojo algunos6: existe un amplísimo consenso acerca del sistema de inmersión, la educación en lengua materna no es importante ni necesaria, el sistema de inmersión garantiza la cohesión social, presentar alternativas al sistema de inmersión implica ser facha y anticatalán. La idea del modelo escolar como puntal de la cohesión social y la igualdad de oportunidades es otro de estos tópicos, tanto que el diputado del PDeCAT Jordi Xuclà exigió recientemente al gobierno que no se “toque” ese “tesoro”; un remake de la condición de Pujol a Aznar para el pacto del Majestic. En este mismo registro la falsa idea de que el catalán es la lengua más hablada en Cataluña. Mariano Fernández Enguita pone orden en estos tópicos. Lo propio ocurre con los medios públicos, un factor decisivo en la nacionalización sutil (lluvia fina) sin el cual no hubiera sido posible la eclosión tardía del Procés. Lo escuchamos a alguien de dentro, Saül Gordillo, de Catalunya Ràdio y exsocio de Carles Puigdemont, anunciando, en previsión de la aplicación del artículo 155, que no sería fácil modificar la forma de hacer de los medios catalanes: “Eso no depende de la cúpula, no es fácil cambiar en dos días una organización que funciona como lo hace desde 1983”.

La estrategia de acumulación de capital simbólico (supremacismo, elección étnica) que conlleva la ilusión de excelencia no es mero narcisismo: se constituye en una instancia proveedora de derechos. A un pueblo (un término más apropiado que sociedad en la acepción étnica o tribal) portador de tales avales, ¿cómo se le va a disputar el “derecho a decidir su futuro”? El “derecho a decidir” –apenas un eufemismo del derecho a levantar una frontera– es la clave de bóveda de la neolengua del Procés y aparece estrechamente asociado con la percepción de superioridad: nos corresponde porque somos mejores. Pero ni tal supuesto derecho –un endemismo jurídico vasco-catalán–, tiene aval en la normativa internacional, ni la mera adición de cifras es fundamento sólido de derechos. Michel-Louis Rouquette denominó paralogismo del número a la creencia de que muchas voluntades reunidas no pueden estar equivocadas. Pero, claro que pueden estar equivocadas,  además, como recuerda Félix Ovejero, “la voluntad y el número resultan irrelevantes para fundamentar derechos”.

Adicionalmente, la diferencia ontológica que indica el supremacismo tiene connotaciones mesiánicas que encontramos en algunas proclamaciones desde sectores supuestamente no identitarios, así en la tesis de que la independencia de Cataluña será beneficiosa también para España; de otro modo, que el Procés será el medio taumatúrgico para redimir a esa España de pandereta de su secular mugre. La inflación de autoestima colectiva y el consiguiente sentimiento de omnipotencia conducen inexorablemente a una pérdida de sentido de la realidad. Recordemos las amenazas de Agustí Alcoberro, vicepresidente de la ANC, a la estabilidad del euro y al Ibex 357.

La ilusión mayoritaria en su doble vertiente tiene dos cometidos, la instalación por vía performativa del ideógrafo como definición canónica de la realidad y la ocultación de los mecanismos, de la ingeniería responsable de implantar socialmente el relato. Esto último se lleva a cabo mediante la fabricación incesante de medias verdades y mentiras enteras que juegan el papel de distractor o trampantojo: miles de páginas de las mencionadas arriba están dirigidas a achicar el alud de cuentos, mitos y falsedades cotidianamente vertidos sobre la esfera pública. Aunque vayan a menudo precedidos, por la expresión “es evidente”.    Oriol Junqueras es un adicto a ella pero también el expresident8: “Es evidente que estamos amparados por el derecho internacional”. La evidencia barre todo el espectro del arco semántico, desde el polo del delirio mesiánico hasta el de la posverdad grosera.

Achicar patrañas: ni Hércules

Coinciden plumas como las Orwell, Primo Levi Victor Klemperer o George Steiner en la creencia de que los males de la humanidad empiezan por la corrupción del lenguaje. La conquista del poder no consiste hoy en el asalto de la Bastilla sino en formatear la manera en que se habla y se piensa, resume Laura Kipnis. La lista de las falsedades producidas en el asunto que nos ocupa es inabarcable. Xavier Vidal-Foch y José Ignacio Torreblanca recogen algunas. El expolio de 16.000 millones de euros anuales por parte del Estado español, es una de las más sólidas; a su vez resulta deudora de una variante del ideógrafo principal, “España nos roba”. Que el inventor del eslogan lo haya desacreditado y que Josep Borrell sacara los colores a Junqueras en un debate memorable sobre el asunto, no tiene fuerza para perforar el blindaje cognitivo del ideógrafo.

Seguramente esta producción de escorias epistemológicas (de falsedades, sofismas, tergiversaciones, fábulas, invenciones o infundios, todo el arsenal de confusión masiva que utiliza la agnotología, pero también de piruetas dialécticas, contorsionismos y prestidigitaciones semánticas, como la pregunta del 9-N o el increíble empate en una votación de la CUP a 1.515) nos acerca a la clave de bóveda materialista del Procés: la nómina de quienes han hecho del Procés, en sus diferentes estructuras y muy particularmente esta de producción de posverdades y hechos alternativos, un medio, incluso un buen medio, de vida. Especialmente en el escenario de recortes y precariedad que ha dejado el tsunami neoliberal.

Este es el secreto de la longevidad del suflé, en vez del esencialismo que a menudo se aduce. Lo reconoce Jesús Maestro, exdirigente de ERC: “perque hi ha gent que en viu del procés i perquè no poden o no volen veure la realitat de com és el país”. Así que no pueden o no quieren; es el teorema que formuló hace un siglo Upton Sinclair: “Es difícil que una persona entienda algo si su salario depende de no entenderlo”. O de no verlo. Hay dos razones, no específicas de este caso, para la resiliencia del Procés. Una es la mística de los verdaderos creyentes y remite a la dimensión mítica y mística señalada al principio. No obstante, la razón principal para que no baje el suflé es utilitarista y reside en la nutrida plantilla de fogoneros que viven literalmente de él. El decurso de los acontecimientos hubiera sido otro sin las numerosas y jugosas recompensas distribuidas por el enjambre de organismos políticos, parapolíticos (Diplocat) y sociales, de empresarios concertados como Oriol Soler, Xavier Vendrell o Jaume Roures, que han prosperado al rescoldo del Procés. Las denominadas estructuras de estado han resultado imaginarias como tales pero verdaderas como agencias de colocación.

Esta oleada de reclutamiento reciente se ha integrado con toda naturalidad en la tupida red clientelar que había creado el pujolismo. Habría ejemplos innumerables, apuntados con ironía en Clave K de Margarita Rivière, pero quiero traer una anécdota, si se puede llamar así, recién salida de un armario repleto de ellas, porque desvela  el circuito que construye el clamor, la ilusión mayoritaria. El primer episodio de relieve en que se invocó la tesis del clamor fue en el caso Banca Catalana. Entrevistado en La Sexta por Cristina Pardo (28/11/2017), Ricard Murga, situado en ese istmo superpoblado entre la política y los negocios, entre CDC y Adigsa, cuenta que cobró un millón de pesetas, entre otras dádivas, por acudir a aplaudir a Pujol en la manifestación convocada al efecto. “Hacer país”, era formatear las escuelas y crear estos aparentes clamores, bien engrasados como se ve. (Esto forma parte de lo que improbablemente conocerán buena parte de los enviados especiales para dar cuenta de los acontecimientos recientes, y de lo que más improbablemente aún hablarán Piqué, Guardiola y Llach).  En este lote entra también una parte de los medios; como ha señalado el que fuera vocal del CGPJ Alfons López Tena, “la prensa catalana no investiga la corrupción porque cobra de Ayuntamientos, Generalitat y empresas”9.

Finalmente, los propios protagonistas han acabado reconociendo el trampantojo; de Carme Forcadell a Josep Lluis Salvadó (“Cualquiera con dos dedos sabe que no se puede declarar la independencia”), pasando por alguien tan significado como apuntalador del ideógrafo desde la parafernalia del Tricentenario como Toni Soler (“la estrategia soberanista era un farol”) y el propio portavoz de ERC, Sergi Sabrià (“no estábamos suficientemente preparados para darle continuidad política”). Y estos días no cesan las declaraciones mostrando la duplicidad. El componente teatral es una constante. No sería por ello de extrañar una aparición efectista del expresidente prófugo en vísperas electorales, con la coreografía martirial del victimismo como palma y laurel.

Sin embargo, acaso lo más llamativo de todo es la complicidad recibida desde fuera para mantener este relato. Indagar en el cóctel de nacionalismos que han fraguado en el Procés es una tarea pendiente. Me contento con citar a dos, el transferido de figuras como Jon Lee Anderson de The New Yorker que ha contado Antonio Muñoz Molina, o el invertido de personas como Pablo Iglesias que no encuentra motivos para acudir a la celebración de la fiesta nacional española pero se coloca a la cabeza de la manifestación en la Diada. El empeño de este nacionalismo invertido de la nueva izquierda para desacreditar la democracia española y el Estado de todos, de consumo con el nacionalismo de los ricos, es ciertamente digno de estudio.

Vuelvo al principio: la pregunta de por cómo hemos llegado hasta aquí es de cuño aristotélico; a partir de la presunción de la proporcionalidad entre efecto y causa se sospecha un factor de gran calibre capaz de haber producido tal impacto. Por eso solo se ajustan al patrón respuestas expeditivas como las tres palabras mágicas del simposio o las cinco del dogma Piqué. Pero ni el triunfo del Brexit o de Trump ni el nazismo se explican por una causa única sino por la acumulación progresiva de causas pequeñas a menudo invisibles. Lo dejó dicho Lichtenberg en su obra Aforismos: “En el mundo, las cosas más grandes se llevan a cabo gracias al concurso de otras a las que no prestamos atención, pequeñas causas que pasamos por alto y que al final acaban acumulándose”.

Por eso quien no sabía nada de la deriva etnoidentitaria del catalanismo no tenía más expediente para explicar las imágenes de la injustificada acción policial el 1-O que la tópica caricatura del franquismo, bien consonante con el ideógrafo de la catalanofobia y difundida desde hace tiempo por el independentismo. (La protesta estudiantil del 25 de octubre se convocó bajo el lema “Contra la represión franquista”). Por eso el proceso es inexplicable. No es esperable que alguien esté dispuesto a tragar páginas y páginas hasta desvelar la tramoya, la escoria, ni la cocina que la produce. Así que la opción por defecto es al atajo cognitivo. Lo resume Antonio Muñoz Molina: “Pocas cosas pueden dar más felicidad a un corresponsal extranjero en España que la oportunidad de confirmar con casi cualquier pretexto nuestro exotismo y nuestra barbarie. Hasta el reputado Jon Lee Anderson, que vive o ha vivido entre nosotros, miente a conciencia”.

“La mentira nunca es inocente”, escribió Camus en Calígula. La tarea de descontaminación de la escombrera postfactual exigiría al Hércules que desvió el curso de dos ríos para limpiar las cuadras de Augias. Pero no hay tales remedios mágicos en política. Solo la acumulación los vuelve parcialmente obsoletos: miramos los periódicos de dos semanas y parece que ocurrió hace mucho tiempo. Pensemos por ejemplo en el montaje, valga la ambivalencia, del vídeo Help Catalonia de Òmnium Cultural; o de la declaración del presidente de la organización hermana definiendo el 1-O como “una jornada de violencia como no se había visto desde la Segunda Guerra Mundial” (repárese en el papel de la ilusión de excelencia: la más… porque se refiere a nosotros), o el anuncio solemne hace un mes por Junts pel Sí y la CUP de que boicotearían unas elecciones convocadas por el Gobierno central. También los encargados de alimentar el alud de posverdades aseguran, como los fogoneros citados, la persistencia del Procés. A veces es difícil diferenciar entre ellos. Antes he mencionado a Oriol Soler, considerado como un personaje clave en el sanedrín de Puigdemont. Sabemos que su productora, Batabat, fue la encargada de realizar el vídeo de propaganda de Òmnium Cultural, recién citado.

Pero hay más. Se ha aludido a Julian Assange como nodo amplificador; pues bien, Soler se entrevistó en Londres durante cuatro horas con Assange10, autor en las últimas semanas de miles de mensajes de apoyo al movimiento independentista. Soler también se entrevistó con el exconsejero de Sanidad Toni Comín para la cesión de los centros de salud para las votaciones del 1-O. Y en este apartado de cocina y fontanería vale la pena sumar otro ejemplo. He mencionado antes la carta de los 188 intelectuales promovida desde Bruselas. La trazabilidad de ese documento publicado a primeros de noviembre deja pocas dudas. Entre los firmantes había varios eurodiputados, entre ellos los tres de Junts pel Sí. Los mismos que habían denunciado las amenazas a los alcaldes y dado su apoyo al referéndum11. La referencia al referéndum no es gratuita. El exconsejero de cultura Joan Manel Tresserras (ERC) comenta a un próximo a Oriol Junqueras con responsabilidad en la organización cómo se deben procesar los datos de participación: “Si podemos decir que han participado tres millones, sería imparable, pero si van dos millones se tiene que sofisticar más y decir que habrían sido tres pero lo han impedido, nos han boicoteado. El domingo por la noche se tiene que afinar bastante”. Tresserras de tamborilero amplificador; sofisticación y afinamiento para nutrir la espesa tectónica postfactual. Entre tanto escombro, el número real de participantes en el sedicente referéndum es un misterio tan insondable como el origen de los dineros aparaisados de Pujol. Por no hablar de esas noticias falsas, pero muy difundidas,  como que la policía había roto uno a uno los dedos a una mujer el 1-O (lo que fue desmentido por la protagonista: tenía una mera inflamación de cartílagos); lo que lleva a Guillem Martínez a recomendar una medida de cautela: “Y, después de cinco años de nada, tengo claro también que cada acusación procesista, cada construcción procesista, cada obra procesista, debe de ir acompañada de papelito. O no es nada. O es otra región de propaganda después de otra”.

En este rubro de la fabricación de materiales postfactuales no pueden olvidarse un par de figuras. La primera es la monja feminista y anticapitalista Teresa Forcades, firme promotora del independentismo y con posiciones tan políticamente modernas como esta: “la religión debe estar implicada en los debates democráticos; religión y política deben mezclarse”. La mayor parte de las monjas de su comunidad fueron a votar el 1-O, según sus palabras. Ese mismo artículo recoge otros ejemplos de la imbricación religiosa en el Procés, algo que a uno le suena a nacionalcatolicismo. La otra es Jordi Bilbeny, el director del Institut Nova Història (INH) que ha descubierto el verdadero origen (catalán) de personajes como Da Vinci, Cervantes, Santa Teresa, El Bosco o Colón; y fabricado una novedosa teoría sobre el descubrimiento de América. El 10 de marzo de 2017 y en representación del INH, Bilbeny se reunió con la presidenta del Parlament, Carme Forcadell. Según la información proporcionada por el propio INH, la reunión duró más de una hora y en ella Bilbeny, tomando como eje vertebrador la censura del Estado, le resumió la tesis de una de sus conferencias más conocidas titulada “Recuperar la història, qüestió d’Estat”. Pero no hay solución de continuidad entre estas figuras y esas paraestructuras de estado encuadernadas en expresiones como “consejo fantasma”, “comité invisible”, “cápsula de mando” (las dos últimas de F-M Àlvaro) “estado mayor”, “Gobierno en la sombra”, o “sanedrín del Procés”.

Uno de los efectos del ideógrafo es que funciona como una pantalla cognitiva que impide la visión de la realidad. Por eso una parte de la audiencia ha creído a los mesías del ilusionismo y se ha desentendido del principio de realidad, pese a los antecedentes cercanos. Lo expresa claramente Enric Juliana: “¿Quién fue el aventurero que convenció a los dirigentes soberanistas de que el Brexit y Trump eran marcos favorables? Hay ahí un interesante hilo a seguir para la reconstrucción crítica de lo sucedido. ¿Quién vendió un marco que era una falsa ilusión?”. Solo habría que añadir tras saludar la afortunada referencia al trampantojo, que mejor si tal declaración se hubiera hecho con un espejo cerca; el editorial conjunto y otros de sus escritos posteriores no son por completo ajenos a lo que Juliana ahora critica. Pero acierta de pleno al evocar la figura del trampantojo, lo mismo que al apuntar un elemento incipiente e inédito en el catalanismo que no se asocia con buenas compañías, la eurofobia.

Podemos resumir este punto con unas palabras de Jordi Canal, profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París: “Es un proceso construido a partir de mentiras y de exclusiones, dirigido por hombres y mujeres mediocres, que se acaba hundiendo tras el anunciado choque de trenes. Detrás de los discursos y las proclamas no había nada de solidez. Ha sido una gran estafa”. Probablemente el rastro más abrumador del Procés será la ubicuidad y la cantidad de bazofia epistemológica que ha producido. Tampoco es una particularidad catalana: todas las derivas völkish llevan incorporada esta virtualidad. Pero el periodista forastero que pide una respuesta rápida difícilmente se hará cargo de tales intríngulis y en consecuencia tenderá a adoptar como sucedáneo de explicación alguna variante del ideógrafo de la catalanofobia cocinada en la factoría cognitiva del independentismo.

Hay otro elemento del trampantojo que no se puede olvidar: el coste de oportunidad. Todos los demás problemas han desaparecido; los beneficiarios de las políticas neoliberales tienen razones para estar agradecidos.

Un poema de Ángel González anticipó los derroteros de la posverdad: “Pues las mentiras viejas se convierten/ en materia de fe,/ y de esa forma/ quien ose discutirnos/ debe afrontar la acusación de impío”. Por eso Piqué sigue goleando a los émulos de Hércules después de haber driblado a Aristóteles. La conclusión, en boca del maestro de la sociología Robert K. Merton, nos devuelve al principio, ilustrando una función del ideógrafo consonante con su condición de marco cognitivo: “La única manera de romper el círculo vicioso de la profecía que se cumple a sí misma es abandonar la definición inicial”; pero añade, irónico, que “difícilmente puede uno sorprenderse de este transparente juego de prestidigitación social, por el que se nos muestra con aire triunfal el conejo que habíamos visto colocar cuidadosamente en la chistera”.

Contra estas profecías siniestras, el contrapunto de una receta saludable entre los versos luminosos de Joan Margarit: “La mateixa ciutat només dura el seu temps / totes les Barcelones són unes dins les altres / com unes invisibles nines russes”.

Martín Alonso Zarza es politólogo y autor de El catalanismo, del éxito al éxtasis (tres vols.; 2014-2017. Editorial “El Viejo Topo”)

CTXT. 13 de Diciembre de 2017

Notas:

1El País, 07/03/2016.

2: elnacional, 17/11/2017.

3: “Nationalism and the Marketplace of Ideas”, International Security, vol. 21, n.º 2, 1996, pp. 5-40.

4: Le Monde, 23/09/2017.

5: La CUP se ha distinguido por el empeño en presentarse como representante del ‘pueblo’ (Pere Vilanova, “Apuntando maneras”, El País, 10/08/2017). Pero habría un sentido de ‘pueblo’ en el que invitan a pensar expresiones como “els carrers serán sempre nostres”.

6: Sumar y no restar (El Viejo Topo, 2012).

7: Le Monde, 21/10/2017.

8Le Monde, 23/09/2017.

9: Entrevistado por Steven Forti, Atlántica XXII, mayo 2017, pg. 24.

10: Según informa El Confidencial (16/11/2018).

11: La Vanguardia, 13/09/2017.

 

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1 Comment on "El inexplicable Procés: ideógrafos, ilusiones y trampantojos"

  1. Hoy, víspera de elecciones autonómicas, es un buen momento para reflexionar sobre los paradigmas teóricos que nos ayudan a entender la sociedad tóxica en que vivimos. Gracias.

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