Cataluña, el miedo a la verdad.

El problema de Cataluña es un problema de verdad, el independentismo la está estrangulando

Decía Sócrates (s. V a. C) que al delincuente no hay que llevarle a la cárcel para castigarle, sino a la escuela para que aprenda. Es lo que se ha llamado “intelectualismo moral”, que parte del principio de que quien obra mal no lo hace por maldad, sino por ignorancia. Claro que esto exige, para empezar, que el delincuente reconozca su delito, o al menos al tribunal que le juzga, que no es precisamente lo que estamos viendo en estos momentos en Cataluña, sino que el  encarcelamiento del vicepresidente y de parte de su exgobierno, lejos de calmar los ánimos al objeto de que los jueces puedan hacer su trabajo con sosiego, ha hecho salir en tromba al independentismo más grueso descalificándolos y poniendo en cuestión su independencia. Es evidente que lo que en esto se manifiesta es un miedo espantoso a la verdad. ¡Qué más quisiera el soberanismo catalán que unos jueces venales dictasen una sentencia a todas luces injusta!

Quiero dirigirme principalmente a los soberanistas de a pie, a los que pueden serlo con la mejor fe, y esto a fin de hacerles ver que el gran problema de Cataluña, el que en estos momentos condiciona toda su vida política, es un problema de verdad. Con respecto a lo que ha pasado, lo que importa de cara al futuro es la clarificación de los hechos, algunos contemplados en vivo y en directo en la televisión. Los días 6 y 7 de septiembre pasado, la señora Forcadell, saltándose todas las leyes, incluso procediendo contra el dictamen de los letrados del Parlament, no respetando ni la Constitución española ni el Estatuto catalán, propuso la aprobación de leyes tan injustas y absurdas como la del referéndum y la de transitoriedad. Éstos son hechos objetivos, que nadie en su sano juicio puede negar, lo mismo que la ristra de despropósitos hasta la declaración unilateral de la independencia de Cataluña votada en el Parlament, obligando a la oposición a abandonar el hemiciclo para no ser cómplice de semejante despropósito.

Esta es la realidad, estos son los hechos, los que sólo se pueden clarificar con equidad en un juicio justo con todas las garantías formales de un Estado democrático de derecho. Esto si queremos que Cataluña tenga futuro, que España tenga futuro, que la Unión Europea tenga futuro, mucho más si la pretendida República Catalana sigue empeñada en pasar después a formar parte de la UE como un Estado más. Y eso que el Presidente de la Comisión, señor Juncker, ya se lo ha dicho bien claro, que una Cataluña Nacionalista independiente nunca será aceptada, y esto con el argumento de que 98 Estados iban a ser ingobernables, pero dejando en el tintero otro argumento mucho más hondo, y es que la UE nació precisamente como recurso para que los nacionalismos, que habían sido el origen de las dos terribles Primera y Segunda Guerra Mundial, no desatasen la Tercera, que ya iba a ser la última, pues no iba a quedar quien nos la pudiera contar.

Me parece que ésta es la historia que deberían de haber enseñado a todos esos escolares que los días del triste referéndum abandonaron sus aulas para salir enardecidos a la calle gritando ¡libertad! ¡libertad!, una hermosísima palabra que a todos nos enciende, pero que sólo puede ser entendida cuando se fundamenta en ¡la verdad! ¡la verdad!, comenzando por la historia de España y la de Europa. Cuando no hay verdad, no hay justicia, y cuando no hay justicia no hay paz, y cuando no hay paz no hay libertad que valga. De tal manera que el fundamento de la vida libre en común es la verdad, que es donde el poder judicial en este caso ha de poner su acento, que no puede ser sólo el del juez instructor y el del fiscal, sino el del tribunal que dictará al final la sentencia correspondiente.

Sin embargo, ya antes de la sentencia de los jueces, el mundo económico ha dictado su propia sentencia: la espantada de Cataluña de muchas empresas, la última cifra es de dos mil quinientas, las que huyen de la inseguridad jurídica de un gobierno que parecía dispuesto a no respetar ley alguna, ni siquiera la más elemental del buen sentido que dicen los franceses o la del sentido común que decimos los de aquí abajo. Me parece que aquí el “juez” que da estas sentencias económicas tan duras no es el Estado opresor, sino las leyes implacables de la economía, por no decir de la aritmética, a cuyos “jueces” resulta imposible sobornar, pues no tienen domicilio declarado.

Es entendible la frustración que han sentido los independentistas catalanes al quedar la declaración de independencia en un papel mojado, y el parón que ha supuesto la aplicación del 155, pero al mismo tiempo han de reconocer que sólo gracias a esto último las aguas se han calmado y está siendo posible respirar con un poco de sosiego para que la vida pueda continuar. Yo no sé si alguna vez se darán unas condiciones que hagan posible esa por algunos soñada independencia, pero hoy por hoy es una quimera, siendo los únicos responsables de la frustración actual los promotores de este disparate, algunos de los cuales están en prisión. Yo no sé si el encarcelamiento es desproporcionado como algunos han dicho, pero el hecho no es más que el recurso de una potestad de los jueces para que se den las mejores condiciones en que después, en un juicio justo, resplandezca la verdad. Y éste es el gran problema, el miedo que el independentismo tiene a la verdad, y esto porque se han olvidado de una vieja sentencia evangélica, la que hace mucho le oí en una conferencia a una mujer que se declaraba anarquista: “La verdad os hará libres”. Independentistas o unionistas, en Cataluña o en Sanpeterburgo, sólo la verdad puede hacer libres a los hombres.

Julián Sanz Pascual. Miembro de Alternativa Ciudadana Progresista

Noviembre de 2017

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1 Comment on "Cataluña, el miedo a la verdad."

  1. Buen y acertado artículo

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