Cataluña y el derecho a decidir

Por Julián Sanz Pascual. Para ACP. Agosto, 2017

La pretensión de imponer el referéndum de autodeterminación en Cataluña, parte del principio de que todos tenemos derecho a decidir. En efecto, se trata de, un principio universal, lo que exige que haya una ley que lo regule. Si yo veo una silla, tengo derecho a decidir sentarme en ella, pero puede ocurrir que, al hacerlo, me encuentre con que ya está ocupada por alguien que se me ha adelantado.

El caso de Cataluña es algo similar. Hay unos partidos que deciden cambiar el estatus político actual: en lugar de continuar siendo una Comunidad autónoma como hasta ahora dentro de España, se convierta en un Estado independiente fuera de España y de la Unión Europea. Esta propuesta, como cualquier otra, se puede someter a referéndum, pero sin otro efecto que el meramente consultivo, de ninguna manera ejecutivo como pretenden, pues hay terceros que en su ejecución iban a ser gravemente afectados y con los que necesariamente hay que contar.

Y aquí es donde yo veo el origen de la contienda, en que no se parte de cero como les gustaría a los independentistas, sino de una situación que tiene su vigencia y a la que hay que respetar. Parece que a esto no está dispuesto el independentismo más duro, sino que ellos pretenden hacer la desconexión primero y la nueva conexión después sin contar con nadie. Lo suyo es un brexit a la carta, lo que equivale a la pretensión de gobernar España desde el Parlamento de Barcelona. Es como si los ingleses pretendiesen resolver su brexit desde el Parlamento de Londres, sin contar con Bruselas.

Me imagino que la mayor parte de los catalanes comprenderán que estas aventuras celestiales no son otra cosa que chisporroteos de algún genio exaltado, lo que quiere decir que hay que bajar los ojos y ponerlos en el fango en la esperanza de poder seguir sacando la cabeza para respirar. Traducido a la realidad que nos ocupa, lo sensato es seguir aceptando la ley para, a partir de ella, poder apuntar a un futuro que sea realizable. Si una ley no nos gusta, efectivamente que se la puede cambiar, pero de ninguna manera a la brava y a partir de cero, mucho menos al albur de unos partidos políticos nacionalistas que van a arrimar el ascua a su sardina sin tener en cuenta los intereses de la población, Es que partir de cero es partir del principio de que no hay ley del pasado que sea válida, lo que implica que ninguna ley del futuro lo será, ¿por qué ha de serlo?

Así, acabamos de inventar la estupidez, el gran descubrimiento de que el mundo marcharía mucho mejor si cada uno pudiese hacer lo que le saliese de las pelotas. Claro que los independentistas han matizado esto para ajustárselo a las suyas: que no hay otra voluntad por encima ellos, lo que es el más viejo de los inventos en política, la dictadura, la que pretende imponerse mediante la exhibición al viento de banderas de triunfo al amanecer sostenidas por varoniles manos, y de himnos de gloria cantadas al atardecer entonados por enronquecidas gargantas.

Sería sustituir el derecho por el torcido, la ley de una parte impuesta al todo, es decir, que aquí no hay más bastones que los de los alcaldes independentistas catalanes levantados con furia cuando el Tribunal Constitucional trata de imponer el orden en las calles. Con estas luminosas ideas no es difícil encontrar adeptos entre la gente más ingenua y primitiva, sin reparar en que Cataluña no se acaba en sus fronteras geográficas, sino que va mucho más allá y que se realiza en fronteras que alcanzan a toda la Unión Europea. Salir de ella es fácil, basta manifestar el deseo de hacerlo, el problema va a ser la pretensión de reingresar después, ni siquiera con la jugarreta de salirse astutamente por la puerta de atrás y la pretensión de entrar a continuación por a puerta grande en medio de timbales de gloria y de clarines de susto.

El derecho a decidir lo tenemos todos los pueblos, lo tenemos todas las personas, pero el sensato sabe que, de cegarse y elegir sólo lo que le pide el cuerpo, puede hundirle en los abismos de su propia nada. Una Cataluña aislada del resto de España y de Europa puede sobrevivir, ¿cómo no?, pero en medio de múltiples frustraciones, lo que va a ser el precio que tendrán que pagar. En España y en Europa también habría frustraciones, pero de muchísimo menor calado, y además con la satisfacción de haberse librado de un nacionalismo pernicioso y anticuado, contario al espíritu fundacional de la UE, que fue el de evitar una tercera guerra mundial, la que inevitablemente llegaría si en Europa volvían a imperar los nacionalismos.

Por esto, la propuesta del principal partido de la oposición, de que España es una nación de naciones, es tan poco acertado como pretender apagar el fuego echando más combustible: apagar el nacionalismo de una parte de España , Cataluña, echándole encima el nacionalismo de toda ella. Así, tratar de solucionar el problema con una modificación de la Constitución no haría otra cosa que enconarlo más, pues los independentistas sólo lo aceptarían en la medida en que les acercase ventajosamente a sus objetivos de independencia final, un objetivo que satisfaría las necesidades de una cierta parte de su clase política, la hoy mayoritaria en el Parlament, nunca las necesidades del pueblo catalán cuyo principal objetivo no puede ser otro que continuar viviendo en paz y en armonía con el resto de los españoles, que es lo que han venido haciendo desde siglos.

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1 Comment on "Cataluña y el derecho a decidir"

  1. Me parece acertado lo argumentado y le preguntaría a los parlamentarios independentistas si una vez lograda su hipotética independencia y costituido ya el Poder Judicial del Estado Catalán, atendiendo a los interes del Pueblo Catalán,juzgarían a todos los corruptos, pasados, presentes y futuros, que en nombre de “tan altos fines”, están vaciando las arcas del actual estado,y es de suponer, del futuro también, para provecho propio y de los grupos de poder para los cuales prestan sus servicios.

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