¿Más equivocaciones? ¿Dónde y cuándo metimos la pata hasta el fondo? (II)

[Crónicas sabatinas] Más acá y por debajo de la identidad étnica sobrecargada y del soberanismo excluyente y sus sistemas afines

Volvamos al tema, a los errores y meteduras de pata.

No nos equivocamos, desde luego que no, cuando vindicábamos libertad, amnistía y estatuto de autonomía (que nunca lo pensamos como un privilegio; pensábamos también en aquellos años en Galicia y en el País Vasco).

Tampoco cuando nos manifestamos una y otra vez, pocos, muy pocos, en plaza Cataluña, en Ramblas y en plaza Universidad, el día, un domingo si no recuerdo mal, en que enterramos al Txiki, asesinado el 27 de septiembre en Cerdanyola, con cuatro luchadores antifascitas más.

Tampoco nos equivocamos cuando nos escandalizamos por las torturas a las que fueron sometidos Paco Téllez y Alejo García, dos compañeros inolvidables (el segundo fallecido hace años), dos trabajadores de la construcción, dos luchadores comunistas democráticos toda su vida (tengo el orgullo de haber sido profesor de dos de los hijos del primer camarada).

Sí nos equivocamos, en cambio, otros senderos no utópicos eran transitables (aunque, hay que admitirlo, que la situación no era fácil, nada fácil), cuando aceptamos -¡menudo golpe!- los símbolos del franquismo contra los que habíamos luchado y combatido durante años y años. Es muy pero que muy difícil borrar aquellas imágenes de nuestro cerebro.

Nos equivocamos también, como dije, cuando permitimos que la Asamblea de Cataluña estuviera hegemonizada, política y culturalmente, no organizativamente, por el nacionalismo catalán. Incluso el nombre debería haberse discutido: ¿queríamos, buscábamos, una “asamblea de Cataluña” (el nombre de la secesionista ANC deriva de ahí) o aspirábamos más bien a un frente democrático amplio de todos los pueblos de España? ¿Se trataba de enfatizar, fuera como fuera, la singularidad catalana? ¿Había que remarcarla fuera como fuera? ¿No era una forma de separarnos, de diferenciarnos de otros frentes de lucha antifascista?

Tampoco acertamos cuando empezamos a aceptar las cifras interesadamente hinchadas de participantes en las manifestaciones del 11 de septiembre. No hubieron, aunque lo repitiéramos una y otra vez, un millón y medio de manifestantes el 11 de septiembre de 1977.

Nos equivocamos de nuevo cuando tomamos la iniciativa de unos pactos de progreso -o alguna designación similar- que incluían a CDC, fuerza que tratábamos con una mirada acrítica y confiada totalmente inapropiada.

No pensamos bien, incluso llegamos a rechazarla, la importancia que tuvo incluir en la Constitución de 1978 la existencia de regiones y nacion(alidades). Nos pareció nada, o menos que nada.

Volvimos a errar cuando la izquierda comunista se apoyó en sus intervenciones electorales en figuras -que llegaron a ser cabezas de lista- del nacionalismo catalán secesionista.

Nos equivocamos cuando eliminamos, más felices que un diez, la palabra “España” de los nombres algunas fuerzas de izquierda comunista. Movimiento Comunista de España -¡de España!- era un horror de horrores (lo mismo que el Partido del Trabajo de España); Moviment Comunista de Catalunya era el no va más del no va más. La Cataluña europea y democrática no tenía nada que ver con la España neofranquista.

Seguimos errando cuando no fuimos capaces de ver, de entrada e incluso al cabo de los años, la trayectoria antidemocrática y criminal, esencialmente secesionista, de las actuaciones de ETA (que no esconden ni olvidan, por supuesto, torturas, Gales, asesinados y batallones vasco-españoles que, otra parte, no justifican, no pueden justificar el asesinado de Yoyes, Hipercor y tantas otras muertes).

Erramos, en general, los militantes de la que llamábamos izquierda revolucionaria o designación afín, cuando no fuimos capaces de ver las monstruosas dimensiones poliéticas del uso de la lucha armada en los años ochenta. No sólo en el caso de ETA. El GRAPO seguía haciendo de las suyas.

No fuimos capaces de ver la corriente nacionalista antiespañola de fondo que se iba construyendo con el pujolismo y afines. No fuimos tampoco capaces de ver la importancia esencial -con tintes religiosos no excluidos- de la lengua catalana para el relato y la construcción nocional y ficcional del catalanismo. El catalán era mucho más que una lengua; el catalán era mucho más que el catalán. El castellano empezaba a ser, no lo había sido durante la lucha antifascista, un idioma colonizador y de colonizadores.

Nos equivocamos cuando fuimos cambiando nuestros nombres, acentos incluidos, incluso nuestros apellidos: Javier no era Javier sino Xavier, Juan no era Juan sino Joan (aunque se llamasen Juan y Javier por gusto, por decisión familiar, no por imposición del régimen fascista). Los Fernández con acento cerrado pasaron a ser Fernàndez. ¡Era més català!

Aceptamos, sin decir ni pío, que los López, los García, los Martínez, los Fernández no fueran considerados propiamente apellidos catalanes.

Aceptamos, incluso apoyamos, el disparate de la lengua propia y su consecuencia: la lengua y lenguas impropias.

Nos organizamos en fuerzas estructuradas de formas confederal o como reinos de Taifas cuando decíamos aspirar, así constaba en nuestros papeles, a la república federal de todos los pueblos españoles.

El federalismo, y la línea cultural de la II República, quedó aparcado en nuestra cosmovisión y tradición.

Aceptamos nombres tan alejados de nuestros planteamientos como Iniciativa per Catalunya. ¿Iniciativa por Cataluña? ¿No era peor incluso que el de Convergencia Democràtica no per Catalunya sino de Cataluña?

Rascándonos un poco, pensamos, lo llegamos a sentir, que Cataluña, que incluso los catalanes, éramos algo especial. Muy europeos, más listos, con más idiomas, nada que ver con los aragoneses, gallegos o andaluces.

Remarcamos, una y mil veces, que el PSUC era un partido distinto, una especie de PCI avanzado, mientras que el PCE de Madrid, o de Asturias, o de Andalucía, era poco refinado. Eran un poco brutitos, algo así como el PCP. Nada que ver con nuestra exquisitez de izquierda avanzada, muy eurocomunista.

Remarcamos tanto nuestra identidad que en los mítines de ICV con la participación de Anguita, que de calle era el dirigente con más gancho y atracción, exigimos finalizar nosotros, los dirigentes catalanes, los encuentros, aunque eso comportara que tras hablar Anguita se vaciara la mitad de la sala.

No nos enfrentamos con toda nuestra ante toda esa corriente catalanista que hablaba y continúa hablando, aunque ahora quede muy mal y lo hagan bajito, de charnegos o xarnegos, murcianos, maños, recién llegados, o catalanes de segunda.

Permitimos, fue mi caso, que nuestro abuelo asesinado pasara a ser Josep Arnau cuando su nombre era José Arnal.

Aceptamos que Els Segadors, un himno nacional y nacionalista, se convirtiera en un himno que cantábamos, puño levantado, como si fuera La Internacional. En el recuerdo de los inmolados, los asesinados en el Camp de la Bota hasta 1953, ERC hegemonizaba los encuentros permitiendo solo que se cantara els Segadors. Ni la Internacional ni el himno de la II República tenían cabida. Nosotros sin rechistar apenas.

Permitimos que algunos compañeros intentaran boicotear la Feria de Abril como no catalana, como método, decían, de castellanización de la cultura propiamente catalana. Mayte Martin o Miquel Poveda nunca han sido para ellos, propiamente, cantaores catalanes aunque fueran catalanes.

Nos equivocamos, igualmente, al confiar ingenuamente que el resultado de las primeras elecciones al Parlamento de Cataluña sería favorable a fuerzas de centro izquierda (que contarían con el apoyo del PSUC) y no vimos la fuerza de CDC.

Hicimos, disparate de disparates, con dinero y el trabajo de los militantes obreros del PTE, a alguien como Heribert Barrera, un xenófobo de tomo y lomo, diputado del Parlamento en las elecciones de 1977.

Erramos de nuevo cuando, a partir de entonces, no nos dimos cuenta o incluso participábamos, en la construcción de país que encabezada y representaba Jordi Pujol. Nos hicimos casi todos pujolistas. No es exageración: en reuniones de la Comisión Política de Iniciativa de Santa Coloma de Gramenent, patums intocables de la ciudad, con un pasado antifascista que nadie cuestiona, podían afirmar, sin sonrojarse y sin protestas de casi nadie, que Jordi Pujol, el molt honorable añadían incluso, había sido y era esencial y que nos estaba salvando, a Cataluña, del desastre.

Nos volvimos a equivocar y de lleno cuando admitimos sin oposición -e incluso, hay que recordarlo, apoyándola de todas todas- la que llamaron “inmersión lingüística”, olvidando lo que nosotros mismos habíamos defendido pocos años atrás: la necesidad, la conveniencia de educar a los niños y niñas en su lengua materna. Defendimos, sin pensar en otras posibilidades, negándonos a conocer otros senderos que de hecho ya existían (Aula, por ejemplo, un colegio privado-privado donde trabajé años después y donde han estudiado Artur Mas y sus hijos, tal vez ahora sus nietos, nunca ha implantado la inmersión). Argumentamos, el razonamiento fue decisivo en algunos momentos, que aprendiendo catalán los hijos de los inmigrantes, nuestros hijos, tendrían las mismas posibilidades que lo hijos de los otros catalanes, los catalanes de debò decían algunos, para encontrar trabajo. El tema adquirió tales dimensiones que, cuando años después, alguien tenía el coraje de señalar algún punto crítico, no hablemos ya de una enmienda a la totalidad, era acusado, a la carta y sin reflexión, de españolista, de fachoso o de anticatalanista (también de las tres cosas a la vez).

Volvimos a errar cuando no pusimos el grito en el cielo desde que vimos, y lo vimos pronto, que TV3 se estaba convirtiendo, de entrada y salida, en un instrumento decisivo de la inculcación ideológica del catalanismo antiespañol.

Erramos de lleno cuando nos tragamos la píldora del catalanismo popular, Josep Termes jugó ahí un papel esencial, a pesar de que historiadores como Joan-Lluís Marfany nos advirtieron una y otra vez de la falsedad e indocumentación de esa construcción político-cultural.

Nos equivocamos, nos seguimos equivocando, cuando seguimos defendiendo, tras años de avance de la lengua y la cultura en catalán, y con indudable autonomía política, el derecho de autodeterminación del pueblo catalán, al que se añadía el peligro que corría la supervivencia de la lengua propia de Cataluña.

Seguimos durante años, vuelvo a insistir, sin ser suficientemente críticos respecto a la violencia de ETA. Los crímenes del GAL, las torturas de la Guardia Civil, nos hacían confundir y tendimos a justificar (sin que fuera justificable) B con A. Ni el asesinato de Yoyes nos llegó a abrir los ojos totalmente. Ni incluso Hipercor (sin justificar, por supuesto, la nefasta actuación de la dirección comercial de la empresa).

Nos equivocamos también cuando nosotros mismos insistimos en lo que se solía llamar el “marco nacional”. Incluso tras una campaña tras fraternal y tan de todos como la que protagonizamos contra la permanencia en la OTAN, con aquellos inolvidables comités antiotánicos, incluso en esas circunstancias, fuimos luego capaces de contar las cuentas y los resultados en términos de nacionalidades y decir orgullosos que el NO había triunfado en Cataluña y creo que también en el País Vasco, indicando o intentado destacar nuestra singularidad “progresista” frente a otros pueblos españoles más atrasados, mucho menos avanzados.

Nos hemos equivocado siempre o casi siempre cuando hemos jugado al victivismo y al fácil y manipulador “la culpa es de España-araña”. ¿Cómo se puede sostener que la situación actual impide a los catalanes ser catalanes? Aparte de que hay muchas formas de ser o sentirse catalanes, es obvio que nada justifica hoy una afirmación a no ser que consideremos que ser catalanes, en círculo que se muerde la cola, sea ser ciudadanos de un Estado propio e independiente. Aunque parezca un imposible cultural-metafísico, la presidenta del Parlamento de Cataluña, Carme Forcadell, ha sostenido y sostiene esa tesis, la única de sus “reflexiones” que hemos podido entender hasta el momento.

Aquí, en .Cat, no digo que no ocurra en otras comunidades o en el conjunto de España pero me da que no tanto, la identidad nacional, sobrecargada, algo ficticia en mi opinión, nada de una identidad débil y mestiza, se ubica en posiciones nunca vistas. Claudio Magris se refería en Microcosmos a la identidad nacional, lo ha señalado recientemente José Andrés Rojo, comentando que se desvaría cuando se pretende considerarla un dato natural. No afirmo que sea eso exactamente, pero, en estos momentos, esa identidad es vivida por muchos ciudadanos catalanes de ese modo o en términos afines. Nos ha costado mucho entender esta arista del polígono: muchos catalanes son, ante todo, patriotas.

Mejor dejarlo aquí; conviene no practicar el masoquismo. Pero de esos errores-lodos, estos barros, los actuales: participar en estos últimos años en manifestaciones y actos secesionistas, no romper con el discurso nacionalista-secesionista, llegar a acuerdos políticos con fuerzas como Junts pel Sí y por el 3%, reivindicar al unísono un referéndum que solo tiene sentido desde una perspectiva nacionalista. Y mil cosas más.

Lo he dejado para el final y acaso sea de lo más importante. Les hablo de un manifiesto. Por si lo estimaran conveniente (yo he firmado), por si se animan (¡anímense!) :

Salvador López Arnal
Rebelión, 4/03/2017
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2 Comments on "¿Más equivocaciones? ¿Dónde y cuándo metimos la pata hasta el fondo? (II)"

  1. Nos equivocamos entonces, y seguimos equivocándonos ahora. En eso, como en tantas otras cosas, demostramos que los catalanes, incluso los de izquierdas, también somos españoles: en el Sostenella, que no enmendalla.

  2. Ya era hora de que desde la izquierda se reconociese el error historico cometido y sin ninguna justificación. Por puro snobismo. El daño hecho será dificilmente reparable. En Alemania sucedio lo mismo con algunos que desde el socialismo se apuntaron a los Grupos de Asalto (SA).
    Ahora no tenemos en Cataluña ningun partido propiamente de izquierda a quien votar ( no cuento al PSC como no nazionalista).

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