Las “piquiponades” de Ada Colau

El término catalán “piquiponada”, actualmente en desuso, hace referencia a meteduras de pata de carácter semántico. Su origen está en la figura de Joan Pich i Pon (1878-1937), empresario y político. De origen humilde, acumuló una considerable fortuna a través de la naciente electricidad. La casa Pich i Pon, de la etapa “noucentista” de Puig i Cadafalch, en la confluencia de Rambla Cataluña y Plaza Cataluña, en Barcelona, es una buena muestra del estatus social que alcanzó.

Quizá como consecuencia de su origen, Pich i Pon era un hombre de escasa cultura. Esa circunstancia estaría en la raíz de las equivocaciones verbales que se le atribuyen. Por ejemplo, se cuenta que en el curso de una cena-homenaje, uno de los oradores utilizó el adjetivo “lacónico”. Pich se apresuró a preguntar por su significado a alguien que tenía al lado, quien para zanjar el asunto con rapidez, le dijo “corto”. Días después se habrían presentado unos decoradores en casa de Pich i Pon para instalar unas cortinas, encontrándolas el propietario “lacónicas”.

Esta anécdota podría ser apócrifa, como muchas otras, de parecido sesgo, que se le atribuyen al aludido. Aunque en aquellos años no había redes sociales, los medios tradicionales de comunicación, de orientación nacionalista, se cebaron en él, convirtiéndolo en una de sus bestias negras. ¿La razón? Pich siempre estuvo ligado al Partido Radical de Lerroux; era pues “españolista”. Quién sabe si por origen o por ideología, me consta, de forma directa, que fue siempre un empresario respetuoso con las clases trabajadoras, a diferencia de muchos de sus engolados oponentes de la “Lliga”.

Para acabar aún más estigmatizado, después de la charlotada del 6 de octubre de 1934, Pich i Pon ocupó durante unos meses la alcaldía de Barcelona, en sustitución de Carles Pi i Sunyer, que había ido a parar entre rejas por su participación en el “putsch” referido. Pi i Sunyer ha sido recientemente elevado a los altares cívicos por la mayoría soberanista, y allegados, dándose su nombre al salón de plenos de la Casa Consistorial de Barcelona. Sin comentarios.

Quizá para evidenciar que las “piquiponades” son algo inherente al cargo de primer edil de Barcelona, Ada Colau nos deleitó no hace muchas semanas con alguna de ellas, con ocasión del aniversario de la librería Jaimes (que ella se empeñó en llamar “James”). Para mostrar su satisfacción a propósito del evento, soltó un “Je suis désolée” ante la flor y nata de lo que queda de la antaño floreciente cultura francófila barcelonesa, de la que la citada librería es un foco de resistencia. Por supuesto que la señora Colau no tiene obligación de saber francés, pero tampoco de hacer ver que sabe.

La siguiente “piquiponada” de Ada Colau ha sido mucho más preocupante, por su contenido político, y porque quizá no haya sido totalmente espontánea. A propósito de la detención de que fue objeto la alcaldesa de Berga, por negarse a declarar ante el juzgado, su homóloga barcelonesa se indignó ante el ultraje que eso representaba para la “soberanía municipal”. Hubiera sido aceptable, aunque discutible, que lo considerar un atentado a la “autonomía municipal”, pero lo realmente grave es que con su actitud dio crédito a la campaña de falacias que está orquestando el movimiento secesionista, ante determinadas acciones judiciales de las que algunos de sus representantes son objeto.

La “piquiponada” de la soberanía ha hecho escuela ya. Así el factótum del nuevo partido que se arremolina alrededor de Ada, Xavier Domènech, nos habla de “soberanías múltiples” y “soberanías compartidas”, en artículos con más confusión terminológica que rigor, empezando por el sintáctico. Siempre en ese contexto, en la concentración del 13 de noviembre han estado presentes diversos personajes de los llamados “comunes”, tales como Rabell o Nuet, u otros líderes de organizaciones de la izquierda supuestamente no independentista. Ante eso urge a mi parecer la posibilidad de una rectificación en el diccionario, en el sentido de ampliar el significado de “piquiponada” más allá del ámbito verbal. En el bien entendido que, alternativamente, se podría crear algún término de más actualidad, tal como “colauada”, “domenecada”, “rabellada” o “nuetada”. Posibilidades no faltan y ni siquiera las he agotado.

Pasqual Esbrí
Rebelión, 16/11/2016

2 comentarios en «Las “piquiponades” de Ada Colau»

  1. Esta izquierda boba que se cree intelectual y por encima de la plebe no se merece que a sus errores se les conozca con el término aplicado a Pich o Pon .

  2. Considérese que dada la vinculación de Pich i Pon a la industria del aparellaje eléctrico, en su época (años 1920-1930), y entre electricistas e ingenieros eléctricos, se difundió una nueva «unidad» para medir el nivel de ignorancia y, sobre todo, la capacidad de entorpecimiento de alguien, a saber:

    El kilopiquipondio amperio-reactivo

    Empieza, pues, a haber «masa crítica» entre las y los nacionalcatalanistas que se dicen de izquierdas, para que se amplíe a ellas y ellos este operativo sistema de unidades que miden la magnitud de la capacidad de torpeza, estupidez e ignorancia de alguien, con nuevas aportaciones, como el kilocolasio, o el kilonuetio, o el kiloromevio («amperios-reactivos», claro).

    Quedamos, pues, a la espera de las aportaciones y mediciones que, a los efectos, tan prodigiosa gente nos depare.

    Amén.

    Gerónimo

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