Reflexiones complementarias de nuestro filósofo gramsciano y helenista

Reflexiones complementarias de nuestro filósofo gramsciano y helenista sobre el derecho de autodeterminación y el falso derecho a decidir la división

Lo primero que “hay que decir frente a la pretensión de que los censados en Cataluña tengan derecho a decidir unilateralmente si quieren seguir o no formando una entidad política junto con el resto de España es que, habida cuenta de la realidad política y social existente aquí y ahora”, ese presunto derecho no se podría ejercer sin afectar a los derechos de los censados en el conjunto del país. ¿Por qué? Su respuesta: “Alguna alma bella residente en Cataluña… que siendo totalmente contraria a una posible secesión crea que la mejor manera de acabar con la tensión creada al respecto es celebrar de una vez el dichoso referéndum de autodeterminación (vinculante, por supuesto) porque seguro que ganaría el NO , comete dos errores graves”.

Los errores:

El primero y principal: “nadie tiene derecho a decidir por otros en un asunto que también les afecta”. Acaso no afecta, pregunta Miguel Candel, a un residente en Zaragoza que “de un día para otro se le considere extranjero a doscientos km hacia el Este, en un territorio en el que hasta entonces gozaba de todas las prerrogativas propias de un ciudadano”. O, segunda consideración, “¿qué decir de la merma en los recursos del Estado derivada de la pérdida de una de sus zonas de mayor actividad económica? ¿Acaso no repercutiría ello en las -ya deficientes- prestaciones que reciben los ciudadanos del conjunto del territorio español?”

El segundo error: “aceptar una votación solamente porque se espera ganarla es hacer burla de la democracia que se dice defender”. Todo eso, además, “al margen de que la constitución vigente, ley de leyes a la que todas las leyes ordinarias quedan supeditadas, no contempla soberanías separadas para los habitantes de las diversas comunidades autónomas, sino una única soberanía colectiva de los poseedores de la ciudadanía española”.

Claro que, MC Heráclito no tiene ninguna duda, “las constituciones no son entidades eternas: pueden -y, con cierta frecuencia, deben- modificarse”. Pero, señala también, “de acuerdo con los procedimientos en ellas establecidos, so pena de crear una situación de inestabilidad e inseguridad permanentes incompatibles con el bienestar general”.

No hay conservadurismo, miedo a cambios sustantivos, en la reflexión candeliana. No lo hay. En situaciones extremas, señala, cuando, por ejemplo, “una constitución se ha pervertido al extremo de amparar un régimen de clara injusticia social o de opresión flagrante de unos grupos por otros”, es perfectamente legítima, sostiene el autor de Metafísica de cercanías sin ningún temblor ni duda, “la rebelión , con todas las consecuencias (y peligros) derivados del ejercicio de la violencia al margen de la ley”.

Según lo anterior, “no sólo es que los ciudadanos censados en Cataluña no tengan, hoy por hoy, derecho a decidir unilateralmente separarse del resto de España (su presunto derecho a decidir no puede ser un derecho a dividir), sino que tampoco tienen derecho a decidir unilateralmente unirse más de lo que están (renunciando, por ejemplo, a la actual autonomía)”. Ello, al implicar una reestructuración importante de las instancias administrativas del Estado, “también tendría repercusiones para el resto de los ciudadanos españoles”.

Una de las ventajas con que juegan los partidarios de la ruptura, prosigue MC, “es que muchas gentes bienintencionadas se plantean el asunto como algo circunscrito al momento presente, sin raíces históricas (como si tendieran, frente al pasado, el famoso “velo de ignorancia” que John Rawls, en su Teoría de la justicia , propone tender ante la situación de partida de una sociedad a la hora de determinar las normas que harían de ella una sociedad justa)”. Pero no se puede, no se debe hacer abstracción de la historia: “como si los “cambios de ciclo” borraran de un plumazo el pasado (aunque, paradójicamente, alguno de los principales promotores de la “nueva izquierda soberanista” presuntamente no independentista -pero ¿se puede ser lo primero sin ser previamente lo segundo?- es de profesión historiador)”.

La historia de España, sostiene nuestro helenista. “junto a unos cuantos desencuentros o choques entre las piezas que lo fueron componiendo (y la Guerra de Sucesión, pese a la nueva mitología “borniana”, fue más un choque internacional que una “guerra civil”)”, suma, por otra parte, “cientos de años de convivencia fructífera, con períodos tan brillantes como el reinado de Carlos III, impulsor de la red de caminos reales que aún es la base de la red de carreteras actual, también en Cataluña, por supuesto”, una Cataluña que, por otra parte y digan lo que digan los que sostiene que España ha esclavizado a Cataluña desde 1714 hasta 2014 o 2016, conoció un período de prosperidad excepcional “gracias, entre otras cosas, a la apertura de sus puertos al comercio con América, hasta entonces reservado a los puertos del Atlántico; prosperidad de que dan fe, por ejemplo, las abundantes reformas de masías datadas en esos años, así como el perceptible aumento de altura en muchas casas del casco antiguo de Barcelona, correspondiente también a esa época, en que las murallas impedían a la ciudad expandirse horizontalmente”. Lo importante, en todo caso, “es que ese pasado común ha creado unos vínculos sociales, económicos, culturales y afectivos que no se pueden cortar de la noche a la mañana como si tal cosa. Y el que tal pretenda debe saber que no actuará como cirujano, sino como carnicero”.

Me he alargado de nuevo más de la cuenta.

Les hablo el próximo día -cierre final- de las consideraciones del filósofo gramsciano helenista sobre el derecho de autodeterminación.

Salvador López Arnal
Leer artículo completo en Rebelión. 5/11/2016

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