La política es convertir el grito en argumento y el PSOE falló

LOS INTELECTUALES Y ESPAÑA: MANUEL CRUZ

“La política es convertir el grito en argumento y el PSOE falló”

Entrevista de LUCÍA MÉNDEZ

08/10/2016

El catedrático de Filosofía Manuel Cruz (Barcelona, 1951) acaba de incorporarse a un escaño en el Congreso en las listas del PSC. Ha llegado en un momento muy convulso para el socialismo español, enfrentado a su crisis más grave de los últimos 40 años. Cruz analiza el dilema del PSOE a propósito de la abstención a la luz del equilibrio entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción.

P.- Diez meses sin Gobierno. ¿Qué le ha pasado a España?

R.- Estamos en la desembocadura de una serie de circunstancias que han llevado al país a una situación muy difícil. La irrupción de nuevas fuerzas políticas ha cambiado el escenario, pero todos -políticos y ciudadanos- tenemos nuestra cuota de responsabilidad en esta crisis. La ciudadanía dice: estos políticos no saben dialogar. Pero sigue votando a esos mismos políticos, critica las líneas rojas, pero vuelve a votarlos. Aquí hay algo que no está funcionando. Y el debate político se sustancia en una atmósfera de la que no se puede tomar distancia. La plaza pública hoy no es el ágora griega, son los medios de comunicación. Hoy cuando los políticos dicen vamos a abrir un debate en la sociedad, lo que quieren decir es que vamos a ir a un par de programas de televisión.

P.- Usted también cree que vivimos en la política espectáculo.

R.- Es muy curioso esto, sí. Porque estábamos avisados. La idea de la política espectáculo es de los años 60. El problema de ahora no es sólo la banalización, la frivolización, que ya es grave, sino el tipo de vínculo que se establece con la ciudadanía. El vínculo es el del espectador que asiste a un espectáculo, no del ciudadano comprometido. Un espectáculo agrada o desagrada, pero no le pidas a un espectador ningún compromiso.

P.- En el fondo hay una crisis de representación en las democracias occidentales.

R.- Hace treinta años, un político dijo: “Cuando lleguemos, a este país no lo va a conocer ni la madre que lo parió”. Se daba por descontado que cuando alguien tenía el poder político podía cambiarlo todo. O incluso se decía: “Cuando dé la vuelta a la tortilla, todo cambiará”. Hoy ya asumimos que el poder político es un podercito. Se ha ido aceptando que lo que impone el orden del mundo es un poder económico. Un poder que tal vez responda a alguna lógica, pero no lo sabemos. La ciudadanía se relaciona con el mundo económico como si fuera un fenómeno de la naturaleza. Del mismo modo que si mañana llueve te preparas para salir de casa con un paraguas, has de prepararte para que estalle una burbuja en China. El poder político ha dejado de ser un lugar relevante de esperanzas de transformación.

P.-¿La democracia se nos ha ido de las manos?

R.- La democracia como ideal es cada vez menos atractiva. Parece que no es en las instituciones políticas donde se toman las decisiones.

P.-¿Para qué sirve la política entonces?

R.- Lo que he descrito es un estado de ánimo generalizado. Pero hay que preguntarse si realmente es así, y si el poder político tiene tan poca capacidad de decisión. Uno tiene la impresión de que si los políticos admiten que no tienen tanto poder, lo que hacen es eludir las responsabilidades. En algún sentido -aunque no me gusta mucho la palabra- hay que empoderar al poder político y reivindicar su autonomía. Hay posibilidades de rebajar el daño social y de intervención del poder político en el económico, pero se renuncia a ello. Por ejemplo, la decisión de no intervenir en los paraísos fiscales la tomó Gordon Brown. Lo decidió él, que encarnaba el poder político.

P.-¿Decisiones como la del ex primer ministro laborista están en el fondo de la crisis de la socialdemocracia europea, por plegarse a los poderes económicos?

R.- Es que se supone que a los conservadores ese orden del mundo ya les va bien. El debilitamiento del poder político, ese reducir el Estado, les beneficia. Otros sectores más débiles golpeados por la desigualdad sólo pueden confiar en el Estado. Ahora la forma de transformar el mundo a través de los estados está en crisis. La socialdemocracia era el Estado potente que asumía una tarea redistributiva. La globalización ha rediseñado un mundo en el que esta labor es muy difícil. Por eso creo que la socialdemocracia debería conjugarse en términos europeos. Un deseo que dista mucho de ser una realidad.

P.- La izquierda europea atraviesa una crisis de identidad.

R.- Es una crisis de identidad que viene de muy lejos. Desde el eurocomunismo. La Historia de los últimos 100 años es la de muchos avances, pero también muchos retrocesos en el horizonte igualitario de máximos. Ahora identificamos la socialdemocracia con cosas que en Europa asumió y aceptó la democracia cristiana, como el Estado de Bienestar, la equidad, la solidaridad y la transformación del capitalismo. Ahora la socialdemocracia se ha quedado en una especie de reformismo radical. Y ya está.

P.-¿Cuál sería su receta para recuperar el espacio perdido?

R.- Los partidos socialdemócratas necesitan profundizar en su ideal de Estado de Bienestar. Ampliar la protección social. Hemos de luchar contra el daño, combatir el sufrimiento, la desigualdad y la injusticia. El desarrollo de la Humanidad nos proporciona medios para poder hacernos cargo del sufrimiento, del mal social. Porque está acreditado que sin la actuación de los poderes públicos para remediar el mal social, mucha gente se quedará por el camino.

P.-¿El PSOE está en crisis porque perdió esa seña de identidad de hacerse cargo del sufrimiento y del mal social?

R.- La vida de los partidos tiene inercias propias que les puede hacer perder el contacto con la realidad, con las demandas de la gente. Y en determinadas circunstancias, administrar la responsabilidad y la convicción es muy complicado.

P.-¿Se refiere usted a Zapatero en 2010 cuando aprobó recortes sociales por orden de la Troika?

R.- Claro. El político tiene una enorme dificultad para mantener el equilibrio entre la responsabilidad y la convicción. La izquierda no ha sabido manejar esa tensión. Por un cierto prurito de aparecer como capaz de gestionar, dejó un amplio espacio para quienes se presentaban como los representantes de la convicción, de la indignación y de la rabia. Eso estaba ahí. La política es convertir el grito en argumento y ahí el PSOE probablemente falló.

P.-¿Podemos nació porque el PSOE no leyó bien el 15-M?

R.- No sé si no lo leyó bien o simplemente no lo leyó. Recuerdo haber escuchado a amigos del PSOE decir, con cierta displicencia, que finalmente el 15-M sólo había servido para echar a Zapatero

P.- En el PSOE hay diferencia de criterios sobre cómo relacionarse con Podemos. ¿Usted qué opina?

R.- Hay que distinguir entre la relación que mantienen las cúpulas de los partidos y la que mantienen las bases. Cometeríamos un error gravísimo y bastante intolerable si perseveramos en el cainismo de la izquierda. La socialdemocracia peleándose con los comunistas. No, por favor. Ya hemos pasado por ahí. Hay que buscar fórmulas fecundas de entendimiento entre los partidos de izquierda. Debería ser muy fácil ponernos de acuerdo.

P.- Borrell sostiene que los votantes de Podemos son los hijos del PSOE.

R.- En cierto modo así es. Estirando la metáfora, a veces los conflictos entre hijos y padres tienen dimensiones edípicas. La sensación es que estos hijos están empeñados en matar al padre, al pobre padre cuyo único delito es ser padre.

P.-¿Los padres se están portando mejor, opina usted?

R.- Es evidente que Podemos nació negando al PSOE e identificándolo con el PP. En un debate en televisión, uno de sus dirigentes dijo: “PSOE y PP no serán lo mismo, pero los detienen juntos”. Un argumento extremadamente agresivo.

P.- Contrasta esta división con la fortaleza electoral del PP a pesar de la corrupción. ¿Las urnas absuelven la corrupción?

R.- Obviamente no. En términos de mercado, el cliente no siempre tiene razón y la ciudadanía tampoco. No se puede acusar a un político de corrupto y después sostener que votarle o no carece de importancia. ¿Qué pasa cuando la ciudadanía vota con plena conciencia a un corrupto?

P.-¿Qué?

R.- Que es reprobable. Nuestra sociedad no penaliza al espabilado, al listillo, al que da el pelotazo, al amiguete que consigue la recalificación. Al concejal sí, a saco, pero el recalificado se va de rositas. No hay reproche social al corruptor ni tampoco se castiga la mentira en política.

P.-¿Cómo puede haber una alternativa de izquierda al PP en estas circunstancias?

R.- La derecha no está dividida. Y no veo una voluntad de entendimiento en la izquierda. Lo que parece es que hay una voluntad de sustitución de una fuerza hegemónica por otra. Podemos está trabajando por un nuevo bipartidismo con otros protagonistas. Y eso es una fuente de perturbación.

P.-¿Cree usted posible un bipartidismo PP-Podemos?

R.- Lo veo difícil. Aunque el ser humano tiene una capacidad para perseverar en el error y nos podemos equivocar mucho, más allá de lo previsible. Esos nuevos políticos han dicho que quieren ser el PSOE del 82. Pero luego añaden que los políticos de esa época son casta y se han corrompido. ¿Por qué me tengo que creer que ellos no acabarán siendo también casta? No hay crítica al proyecto político. Sólo a las personas.

P.- Sobre todo a Felipe González. Sigue siendo un referente para algunos dirigentes importantes, pero cuestionado por los más jóvenes.

R.- Vamos a ver. Estamos hablando de proyectos políticos. El laborismo es el laborismo aunque Tony Blair sea un hombre de negocios. Si me preguntan qué me parece el papel que está jugando Felipe González diría que en este momento es nefasto y le está haciendo al PSOE un daño tremendo. Pero yo podría hablar de Borrell, que es otra cosa. Cuando uno critica un proyecto político ha de tener más argumentos que los desvaríos o los negocios de Felipe González en Sudán del Sur. El proyecto socialdemócrata no se reduce a una persona, ni a que alguien se abstenga en una investidura.

P.- El PSOE se enfrenta ahora a ese dilema. ¿Qué lectura hace usted del dramático Comité Federal?

R.- El ruido fue muy grande. No hubo una gestión adecuada de las posiciones políticas y ello ha provocado un encono muy dañino para el PSOE. Las cosas no pueden plantearse en la disyuntiva de: o votas no hasta el final, sea éste el que sea, o estás colaborando a llevar en hombros a Rajoy a La Moncloa. O ganamos, o la derrota absoluta. Es un planteamiento envenenado y torpe. La respuesta ya está en Maquiavelo, el príncipe ha de transmitir a la ciudadanía un mensaje claro, pero tiene también que dejarse una salida de emergencia. No puede perecer en el empeño.

P.- Pedro Sánchez debería haber leído a Maquiavelo.

R.- No soy pedrista ni antipedrista. Me pareció bien rechazar la primera investidura de Rajoy porque el PP se merecía una crítica política a su gestión. A partir de ahí tocaba moverse. Pedro dijo: no me postulo. Me sorprendió su gestión de los tiempos.

P.-¿Habría sido posible un Gobierno alternativo?

R.- Un Gobierno alternativo habría sido posible, pero empezó a ser imposible conforme el PSOE se fue debilitando. Pedro negociaba en condiciones de debilidad.

P.- La gestora del PSOE parece que está buscando convencer al partido de que abstenerse es mejor que ir a otras elecciones. ¿Usted qué opina?

R.- En la dialéctica entre convicción y responsabilidad no se trata de dejar a salvo la convicción y, como decían los clásicos, que Roma perezca. ¿No hubiera valido la pena que el PSOE hubiera impuesto condiciones al PP, derogación de ciertas leyes o si me apuras la cabeza de Rajoy? La ciudadanía podía haberlo entendido. Ha faltado pedagogía política porque el escenario era de confrontación. Responsables políticos que están a favor de la abstención no se atreven a decirlo en voz alta por miedo a lo que puedan decir de ellos. Si no mantienes la pureza eres un vendido. Es un planteamiento perverso. La pregunta simple de abstención sí o no es tramposa y está mal planteada.

P.-¿Cuál es la pregunta?

R.- A mi juicio, Rajoy ahora, o más Rajoy dentro de unos meses.

P.- ¿Y qué prefiere usted?

R.- Quiero pensar que estamos más cerca del Gobierno que de las terceras elecciones. Si las segundas fueron una especie de impugnación de la clase política, las terceras podrían dar la imagen más fea y sórdida de la política.

 

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