Cataluña. Del derecho a decidir al derecho a ejecutar

El derecho a decidir me parece que ha de ser universal y que a nadie se le puede negar, pues no es más que el derecho a la libertad, al ejercicio de una facultad, la voluntad, que solemos tener todos los seres vivos, de manera especial los de rango superior. En el caso de Cataluña, parece evidente que, al tratarse de una realidad tan compleja, la decisión de una independencia política ha de afectar a muchísima gente, lo que exige que su ejecución se plantee en términos muy templados, y no a la brava como algunos pretenden.

Yo creo que todos en nuestra vida hemos tomado decisiones que después no hemos podido o no hemos querido ejecutar. Es más, todos nos hemos arrepentido más de una vez de haber ejecutado decisiones que habíamos tomado. Esto es aplicable a la deriva independentista catalana que, según parece, el gobierno de la Generalitat está dispuesto a ejecutar. Hay que empezar por decir que estamos hablando de la independencia política solamente, la que únicamente constituye un aspecto de la realidad de Cataluña, no su realidad total, que abarca a múltiples aspectos como la economía, las emociones, la cultura, la educación, las relaciones internacionales y muchos más.

Ahora bien, si estamos hablando en abstracto del derecho a decidir, yo no tendría inconveniente a sumarme a tanta gente de buena fe no nacionalista que piensa que sí tienen ese derecho. Es que sería dramático,  por no decir trágico, que este derecho a decidir una separación no se reconociese como natural. Un ejemplo similar sería el reconocimiento que la ley hace en el matrimonio, el derecho de cualquiera de los dos cónyuges a decidir y pedir la separación. Ahora bien, una cosa es la decisión y otra muy distinta la ejecución, entendiendo aquí la manera de hacerla, pues, además del lazo afectivo entre los cónyuges, que naturalmente puede estar roto, está el lazo afectivo con los hijos y con los otros familiares, así como el sentido de la responsabilidad que han de compartir, comenzando por las deudas. Entonces, en la ejecución es necesario contar con la otra parte y ponerse de acuerdo con ella o recurrir al arbitrio de un juez que dicte una sentencia de obligado cumplimiento. Es que  la libertad no consiste tanto en hacer lo que uno quiere cuanto en querer después lo que uno ha hecho.

Así, los independentistas catalanes, lo mismo que los independentistas de cualquiera otra región, pueden decidir si cambian de situación política, pero esto no quiere decir que lo puedan ejecutar sin más y a su sabor, pues las consecuencias afectan a mucha gente catalana que no es independentista, también a muchísima más que ni siquiera es catalana. Por esto, una de las cosas más desconcertantes que se han podido oír a ciertos independentistas es que, después de la independencia, todo iba a seguir igual, lo que es un disparate sólo pensarlo.

Hablando ya en general, es evidente que Cataluña como realidad tiene diversas dimensiones, y todas se verían afectadas por una declaración de independencia, lo que va a exigir que todas se tengan en cuenta, pues en todas se juega su realidad, lo mismo que se va a jugar la de cuantos territorios la rodean de cerca y aún de lejos, lo que va a exigir un reajuste general pactado. Este pacto se puede plantear antes de ejecutar la independencia o se puede dejar para después. Hacerlo antes puede tener una gran ventaja, y es que, cuando se decide, en un referéndum por ejemplo,  ya saben todos los convocados los efectos que se van a seguir, tanto los positivos como los negativos, lo que va a permitir que decidan con conocimiento de causa y con responsabilidad.

Invertir el proceso y proponer la consulta sin haber estudiado a fondo los ajustes necesarios y el coste que implicarían en todos los órdenes, puede tener consecuencias trágicas, se entiende si a esta decisión la consideramos como un derecho a una ejecución sin más, como ocurre cuando se gana una guerra o cuando se trata de una descolonización.

El independentismo catalán yo creo que ha podido caer en esta trampa, la de poner el carro delante de los bueyes, los fines por delante de los medios. Y en esta trampa ha caído cuando ha publicitado sus objetivos maquillando la realidad para animar a la gente, que es lo que hace el comerciante tramposo, que sólo presenta los aspectos más atractivos de su mercancía, cuidando de que la letra pequeña quede oculta. Y en la letra pequeña, por ejemplo, está el porvenir de Cataluña en la Unión Europea, que no va a ser sólo una cuestión de euros, sino de principios: no olvidemos que la Unión Europea nació para hacer frente a los nacionalismos europeos más tercos, los causantes, entre otras cosas, de las dos terribles Guerras Mundiales, la Segunda con cincuenta millones de muertos y daños materiales de un valor incalculable.

Septiembre de 2016

Julián Sanz Pascual
Filósofo y escritor

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