Subjetividad: hechizo colectivo e intereses de las clases intermedias ukranias socialimperialistas

Tamer Sarkis Fernández nos da una visión diferente a la que recogen los medios sobre los ocurrido en Ucrania, pero el fondo de la explicación es extensible a cualquier parte del planeta.

El cambio en Ucrania fue un Golpe de Estado con complicidad militar: los uniformes hicieron mutis por el foro. Que en Maidan y aledaños hubo Subjetividad, y una subjetividad activa (que no es decir actuante), una subjetividad productiva (que no es decir productora), es una profunda superficialidad. Por lo demás, está claro que la subjetividad no cae del cielo; es un reflejo contingente a las relaciones sociales, a las correlaciones de poder, a la memoria colectiva y a la preponderancia ideológica. A su negatividad a firmar el famoso acuerdo con la Unión Europea, Yanukovich había contrapuesto un contrato con Rusia nada satisfactorio para las clases

comerciantes a la vez que percibido peligroso por una porción poblacional nada desdeñable. Las cláusulas sobre provisión energética barata se aseguraban, de facto, alineamientos políticos y geoestratégicos con el gran detentor del grifo gaseoso y lumínico: el oso. Coetáneamente, las contraprestaciones reclamadas por Rusia en lo relativo a flujos mercantiles, dinamizaban una producción activa sobre todo en el Este y cuya recaudación fiscal capitalina a cargo del Partido de las Regiones, despertaba suspicacias de “injusticia”. Se temía, en efecto, una redistribución de Valor, vía Estado, correctora siquiera parcialmente de los agravios causados al Este ucraniano durante décadas. Si es correcta esta tesis mía en torno a los miedos y angustias en la médula de las motivaciones subjetivas a revuelta, podemos afirmar hallarnos ante el enésimo movimiento corporatista y anti-igualitario compuesto por ciudadanos privilegiados que no quisieron ceder fracciones de Valor ni renunciar a optimizar sus nóminas o sus negocios de importación/mercado, aunque fuera a costa de rebajar los ingresos administrativos en base a ganancias productivas y, en consonancia, a costa de crear vacíos de inversión social e infraestructural. Es decir: estaba lejos de importarles ni la cohesión territorial ni la convergencia social. Era una atmósfera de rechazo el clima del Oeste ucraniano con respecto a la partida dineraria rusa inscrita en el propio acuerdo ruso-ucraniano; tal vez por inquina contra el Este, que recibiendo esos flujos podía mejorar. O más probablemente por simple instinto de clase pequeñoburgués dominador: un obrero y una economía mejor abastecidas en el Este, podían al fin desligarse de la sumisión a las inversiones burguesas provenientes del Este, al pasar a detentar caudales con que desplegar alternativas de desarrollo y trabajo. La mencionada hipótesis aguaba también peligrosamente la circulación mercantil y tecnológica extranjera vertida desde el Oeste del país, a la par que el Este fortaleciera y diversificara su producción y sus capitales físicos aplicados.

 

Por lo mismo, a individuos-ciudadanos tan exquisitos no les pesaba dejar a otros ucranianos en la cuneta del desempleo y la desertización industrial. El funcionamiento de las propias industrias ucranianas ubicadas en el Este, era y es estrechamente dependiente del gas ruso, que con Yanukovic llegaba vía concesiones a importe especial y pago diferido. Por su parte, existía y existe un conglomerado pequeño y mediano-empresarial que gira entorno a la marcha de la industria rusa cercana, bajo la forma de abastecimientos, contrataciones, acabados, ensamblajes, transporte, distribución, etc. El desarrollo de una compenetración más estrecha entre la producción rusa y la producción este-ucraniana de abastecimientos a la propia producción rusa, inquietaba a la vez a los “occidentales” y a sus mercaderes ukranios.

La CIA no se dedica a articular muñecos ni a teledirigir clones. Conocí hace dos años y medio a personas cuyos amigos ucranianos estaban en Plaza Maidan, y por cierto ni eran neonazis ni pagados ni chechenos fundamentalistas ni tártaros neo-tribalistas. Eran simplemente gilipollas, o tal vez pequeñoburgueses lúcidos de su racionalidad egoísta y contable. Su problema, bajo la losa que las fuerzas objetivas le estaban colocando a Ucrania, era de autismo social, justamente por un exceso de subjetivismo, bien fluyente desde la falsa consciencia, bien desde una despierta consciencia de Homo Economicus.

El materialismo dialéctico nos dice que los seres humanos hacemos la historia; mas en condiciones operativas independientes de nuestra real o falsa conciencia sobre la imprenta de nuestro hacer o sobre tales condiciones precisas. También más allá de nuestra voluntad y de nuestras representaciones mentales respecto del hacer y de nosotros mismos (auto-representaciones). Luego Mao Tse-Tung, en un giro dialéctico de hondura, nos dirá que, de esas fuerzas productivas cuando se trata de propiciar cambio histórico, la fuerza determinante es la ideología. Las condiciones ideológicas en tanto que condiciones objetivas, son así revalorizadas por Mao, valedor de la tesis marxista sobre la Entidad objetiva del sujeto (Tesis sobre Feuerbach). Podemos así encontrarnos ante un sujeto que ha devenido materia consciente y en tal medida praxis potencial…, o por contra ante un sujeto cosificado como reflejo mecánico de unas condiciones ideológicas cuya primacía él materializa con su acción enajenada. El Partido Comunista se fragua a partir de y a través de la ideología. En el Partido se conjugan como síntesis dialéctica la Vanguardia y las masas, proyectándose la Vanguardia como acción masiva transformadora y siendo las masas quienes se ponen a la Vanguardia protagonizando su transformación radical de condiciones de existencia.

En otras palabras: a estas alturas de la película, pensar que bajo el imperialismo acontece la “incendiaria actuación espontánea ciega y fortuita” a posteriori corrompida por el Poder, como la serpiente corrompió a la buena humanidad con la manzana, es creer en el cuento judeocristiano del libre albedrío. O, más modernamente, creer en el cuento kantiano de la Voluntad libre, que Nietzsche desarticula. Y, sobre todo, es creer que los seres humanos tenemos más cojones de los que tenemos. Creerse que una banda de adolescentes hizo por su cuenta pintadas en los morros del edificio oficial sabiendo que les iban a zurrar, o que el vecino del 5º llegó de la oficina, se puso el pasamontañas, cogió el bidón y bajó a la plaza Maidan, es pura enajenación mental antropológica. Mitología insurreccionalista barata.

La espontaneidad existe, pero en el sentido conciso de que una cierta cantidad de gente se suma a procesos proyectados y encendidos por quienes cuentan con el conocimiento táctico, la capacidad logística, la moneda y la retaguardia cubierta para hacerlo. Hay gente que se va sumando, tal y como los amigos ucranianos de mi conocida, fulgurantes viajeros desde Barcelona a Kiev, e incluso con los días o las semanas llega a cumplirse el axioma psicosocial de “subirse al carro del ganador”, más o menos multitudinariamente. Pero los gestos iniciales y los primeros movimientos de piezas son hechos por Inteligencias estatales, unas u otras, casi siempre las mismas ya.

Por lo demás, las fuerzas objetivas que han producido y conducen el proceso tienen en alto valor a los “espontáneos”; el grueso de los últimos compone una estadística propagandeada a través de fotos y de filmación. Son, además, encuadrados y dotados como fuerzas de choque. No es raro apalizar o incluso disparar a los “espontáneos” que empiezan a ver las cosas y quieren disentir o salirse de las manis o de los disturbios. Todo el mundo es bienvenido a las primaveras prefabricadas. Ancha es la puerta de entrada. Pero, una vez dentro, te atrapa la secta, y no siempre por seducción, sino a veces por rudo secuestro. Mas no nos engañemos: estos procesos se cuecen a fuego lento, de años, hasta el día D. El vecino del 5º no sabe de guerrilla urbana ni de enfrentamiento asimétrico como para llegar a tomar el Parlamento o un barrio urbano. Los indispensables son otros. No podemos ser tan naive los telespectadores bajo “occidente”, por más epopeya y literatura política mítica que nos traguemos, y que cuela al no auto-exponernos a procesos y situaciones semejantes. La “espontánea” imagen del Pueblo indefenso avanzando con brazos entrelazados frente a una siniestra lotería de obuses en primer plano, es irreal. Al espectador le parece real porque no se detiene a pensar la escena en relación a sí mismo en lo particular o a la hipótesis de reacción antropológica en general. Para el caso ucraniano, el anglo-sionismo, confluyente esta vez con el continentalismo “europeísta”, ha estado formando una fuerza ideológica reaccionaria contando con cierto deslizamiento contemporáneo inter-generacional filo-nazi y anti-ruso que Nietzsche denominaría “reactivo” (Genealogía de la Moral, 1er Tratado).

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