Payasos ansiosos de fronteras

pallassosSe acuerdan? Adorábamos a los payasos de los circos, incluso a los malos. Eran nuestros actores favoritos. Otra profesión que se fue muriendo, o deteriorando. Ahora “el payasaje” está dominado por la política, y no hace ninguna gracia. Posiblemente tendremos la clase política más incompetente de Europa ¡casi nada! Hay que poner el listón muy alto para alcanzar tal hazaña. Está demostrado. Antes había una Catalunya. Ahora hay dos, y se ríen y se divierten porque una corresponde al 47,8% de la población y la otra al 52,2%.

Como es poco probable que los de TV3% hagan el mínimo esfuerzo y el gremio en general está inclinado a lamer culos con pasión de neófitos belicosos, voy a intentar un modesto acercamiento al paisaje tras la conversión de los payasos ansiosos de fronteras en la Armata Brancaleone, aquel filme inolvidable de Mario Monicelli, con Vittorio Gassman a la cabeza.

¿Ustedes creen que un país puede cambiar porque el 47,8% de la población diga sí y el 52,2% diga no? Los payasos con fronteras evaluaron mal la apuesta y ahora resulta que ganaron las elecciones, pero no el plebiscito sobre el que apostaron todo. Pero en pura lógica los del no, que sí ganaron el plebiscito sin proponérselo, tendrían el derecho a descojonarse de risa. Es decir, que el país está pasando, gracias a un puñado de descerebrados, por la ruptura del consenso social. Los países no tienen otra división que la de sus clases sociales, y nosotros sufrimos el complejo de Eugenio d’Ors; o pensador oficial o nada. Ocurre como en la Feria de Frankfurt de hace unos años: Catalunya mandó un centenar de intelectuales, más que Brasil. Nos mata la prepotencia.
Si tuviera que destacar dos rasgos definitivos de las elecciones autonómicas más sucias que conoció Catalunya, la primera sería la liquidación de Unió Democràtica. Con sus deficiencias, corruptelas, fariseísmos, era el único partido católico en una Catalunya donde la Iglesia y sus órdenes monásticas ejercen una autoridad notoria. Y por si fuera poco conservaban un espectro social de respetabilidad y equilibrio político inexistente en España. Ahora, los jefes, redoblarán sus despachos y se harán más ricos aún.

La otra es de mayor alcance. La liquidación de la izquierda en Catalunya es un fenómeno sobre el que no conozco ni un solo estudio digno, ¡y mire usted que buena parte de esa supuesta izquierda se dedica a la docencia y a la pluma!, dicho sea sin ofender. ¿Cuando terminó la poderosísima (e inane) izquierda catalana salida del franquismo? ¿En 1980, quizá, cuando Pujol empieza su virreinato y los va colocando a todos?. No olvidaré la impresión que me causó visitar a Josep Benet, el senador de izquierda más votado de España, la gran esperanza beata de la Catalunya progresista, colocado por Pujol en un despacho de las Ramblas. Si Orson Welles dijo que las traiciones durante el periodo de la caza de brujas en Hollywood se reducían a conservar las piscinas, aquí estaríamos en la garantía de un trabajo fijo con derecho a Seguridad Social.

Se puede ganar una alcaldía si hay una persona hábil y con valor para detener desahucios, que se apellida Colau y que tiene mano para manejar un cotarro tan difícil como una gran alcaldía. El final está por ver, pero sin ella esa izquierda de aluvión no tendría nada que hacer. Pero de ahí a extrapolar la experiencia e inventarse una romería de arribistas para repetir el milagro, va un trecho. Si el adversario tiene un eslogan eficaz como Junts pel Sí, aunque se trate de gentes que se odian, a quién se le ocurre mantener otro que confunde al electorado como Sí que es Pot. (¿El qué se puede, imbécil? ¿Tomar el poder? ¿Cambiar el régimen? ¿Qué régimen?). Y encima poner de líder al tipo más desconocido de la cuadrilla, por eso de los equilibrios entre camarillas, ¡un exmilitante del PORE, experto en asociaciones de vecinos, ahora que no pintan nada! Explicar lo que era el PORE sería tan ridículo como pedirle a Jaume Roures, el grande de los medias y de los tribunales, nos detallara cómo funcionaba la Liga Comunista Revolucionaria. Que esa izquierda de chichinabo perdiera, estaba cantado. Lo que no acabo de entender es qué pintaba el Podemos de Pablo Iglesias en este guateque de derrotados históricos. Le va a costar más que pagar las consumiciones.

Algo similar está empezando a ocurrir en los dos partidos tradicionales. Los socialistas de Catalunya merecerían una narración de Jardiel Poncela. Mientras coparon puestos y regalías, todos eran una familia jactanciosa de su pluralidad, su independencia respecto a presiones exógenas… y su absoluta carencia de historia y de principios. Sé que hay como mínimo media docena de gente decente, pero los demás, eternos diputados, alcaldes, concejales… hasta que llegó la rebaja y la mierda les impidió seguir flotando, se hundían. Entonces empezaron a correr hacia el socio mayoritario, que con su 3% se manejaban en la basura como nadadores de competición. Se hicieron independentistas. Hubo casos tan chuscos como el del inefable Quim Nadal, de los Nadal y Nadal de Girona de toda la vida. Un buen día, como perdía la posibilidad de seguir ganando, hizo una pirueta y con el rostro de cemento armado que ha tenido toda la vida, se dijo que él era catalanista por encima de todo. El todo ya pueden ustedes entender qué es.

No sé qué tipo de expertos, si los mediáticos o los “encuestólogos”, podrán explicar si el desparpajo de Miquel Iceta bailando a lo barrilete pudo tener alguna influencia en que la derrota del PSC fuera tremenda, pero no catastrófica. La música consigue cosas que la prosa y la oratoria no alcanzan. Pero como no se convierta en cantante melódico no creo que el asunto prospere. El PSC, que en algún tiempo representaba una supuesta izquierda en Catalunya, ahora trata de poder pagar a sus empleados y que no le embarguen los locales, como a Convergència. Otro cadáver a la espera de enterradores.

¿Esquerra Republicana? Un partido que no fue de izquierda ni cuando se inventó, lo explicaba Josep Tarradellas (con gracia) y Heribert Barrera (sin ella; los dioses no le concedieron sentido del humor, pero le compensaron con una sólida perversidad). Pero ahí están como si fueran los reyes del mambo y con un secretario general cuyo defecto físico coincide con el del partido: nunca se sabe hacia dónde mira.

Y queda el milagro. Eso que a todos ahora les parece lo más normal del mundo. La aparición estelar de Ciutadans. No conozco a ningún militante ni dirigente de Ciutadans, no les votaría en mi vida, pero debo reconocer que ellos han tenido dos victorias: no una, dos. La primera haber logrado ser la segunda fuerza política de Catalunya tras sufrir un boicot informativo que debería avergonzar, si les queda algo de vergüenza a los de TV3%, y a otros vecinos y colaboradores. Ni siquiera a Albiol, el candidato del PP, le trataron con tanto desprecio. Al fin y al cabo, Albiol, no aparecía como un competidor sino como un deportista amateur, formado en Badalona, y sin ningún rasgo de casta. Seguro que no pisó nunca el Círculo Ecuestre de Barcelona. Demasiado alto para camarero. Pero no se confíen, los deportistas tienen sobre los demás una insólita capacidad de resistencia. Todo está en trance de cambio. No me refiero a la CUP, que merecen capítulo aparte y que cada vez más se asemejan al caganer de los belenes catalanes: un imprescindible toque autóctono de un señor cagando en medio de la fiesta. Son la llave de la gobernabilidad de la derecha y si les dan la presidencia del Parlament, fuera de aspectos de atuendo y calzado, lo harán atentamente, sin acritud para los adversarios de aquí, que son “de casa bona”. Ya Julià de Jòdar, escritor menor y trepador sin suerte, que nadie sospechaba podía estar en la CUP, ha advertido que Artur Mas debe seguir. Le compensarán. En fin y en resumen. No conozco a ningún independentista que no sea partidario de un mundo sin fronteras, pero entretanto ansía una más, la suya.

Gregorio Morán
La Vanguardia, 3 de octubre de 2015

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