Podemos y las muchachas en flor

¿Por qué si nunca me gustó Miss Podemos, con Miss Podemos una pieza me vieron bailando apretao en el rincón?

Por su promesa asamblearia y su alboroto democrático, porque sus bases en Cataluña no son nacionalistas, por la Renta Básica, por si acaso y la gana que me dio y mi mujer me dio permiso, y porque ya en la adolescencia aprendí una lección vital gracias al amor: en esos tiempos potentes y mojigatos, para por fin poder agarrarle con gallardía una teta a la novia, antes había que pasar por incontables y tortuosos pasos, mil tardes de fiero asedio en un sofá estrujado (y juramentos muy sentidos, y perdones sinceros, y gravísimos retrocesos, ¡y hasta poemas!). Pero así se alcanzan las cosas buenas de la vida, se identifica el punto de partida posible (una cadera desconsiderada, una cintura escurridiza), y luego se avanza pasito a pasito, igual que en la ciencia y en las artes: todo lo demás es farsa y dogma. Poquito a poquito, como bien lo sabe el caballo percherón que al final consiguió hacerse muy buen amigo de la burrita coja.

Pero todo eso era mentira o falso, y se vino abajo muy rápido. Gracias a la generosidad de la Generalitat de Cataluña, el verano pasado gocé de la beca “Jordi Pujol i Soley”, la cual envía por el mundo expediciones que expliquen las diecisiete diferencias fundamentales entre los catalanes y el <<hombre andaluz>>. A mí me destinaron al Reino de Trapisonda del Norte. En esa monarquía parlamentaria sacan urnas cada cuatro años, candidatos equívocos, y la gente casi no vota. Si decimos, por ejemplo, que Reino Unido es una democracia, no podríamos decir otra cosa de Trapisonda del Norte sin dejar de ser ecuánimes. Sin embargo siempre hay problemas en el paraíso: los obreros sí tienen representación política, pues sus líderes lo son y muerden en las urnas, y luego en la poltrona defienden los intereses apropiados; igual pasa, punto por punto, con los patrones. Pero, en cambio, las clases medias, no. Y ese es un tremendo problema para esa democracia liberal. Cada vez más ciudadanos (y no porque estén a sueldo de Trapisonda del Sur, como algunos insinúan), en cuanto que verdaderos demócratas, ahora alzan su voz de protesta. Una paella sin arroz no es paella, y una democracia con segmentos sin representación no sé bien lo que será.

Igual pasa en España, pero con los obreros. Fíjate que los movimientos por la igualdad de la mujer están dirigidos precisamente por mujeres: pocas veces se ha visto que la causa de las ovejas haya sido mejor defendida por el más locuaz de los lobos, que no por inclusive la oveja más tartamuda.
De verdad que nunca pensé que Podemos sería el partido obrero que tanto falta para equilibrar nuestra democracia. De una comprendí que todos aquellos arrebatos de “corrupción” y “precariedad” no eran más que berrinches de clases medias cabreadas ante la pérdida de privilegios. Y me parece bien que haya partidos por y para las clases medias, lo que está muy mal es que a su vez no haya partidos obreros. Ese es un problema fundamental y urgente.

Con Pablo Iglesias me pasó como a los judíos con Jesús: lo esperaban, pero no a él. Yo, en cambio, en Mesías no creo, y lo que sigo esperando son legiones de demonios descalzonados que vengan de aquí mismo, y un día reclamen una verdadera democracia, y una noche cojan al toro ibérico por los cuernos, le den la vuelta, le levanten la cola, y lo <<conozcan>> bíblicamente.

Pero Podemos traía como propuesta estrella la Renta Básica Universal. Hace poco uno de los principales expertos me decía: <<La Renta Básica es una mierda, eso no es nada. Pero es lo mejor que podríamos conseguir ahora>>. Yo no creo lo primero (de entrada significaría para 2 millones de hogares la diferencia entre vivir dignamente o no), pero sí que ahora mismo no veo mejor salida. Siendo apenas un ladrillo en la construcción de cualquier democracia real (todas tienen que Garantizar la supervivencia de cada uno de sus ciudadanos, incluidos feos y tontos), lleva en sí un germen democrático de tan gran calado, que esa bolita de nieve está destinada a convertirse en un gran alud de libertades y de no-dominación. Poquito a poquito, como en la ciencia y en las batallas de amor de la pubertad.

Podemos, sin embargo, casi enseguida desechó la Renta Básica (no por razones técnicas, que no existen, sino en plena conformidad con lo que ellos realmente son), y así renunciaron a toda posibilidad mínimamente revolucionaria. No se les había terminado de caer la careta —con eso y con su falso asamblearismo, su ya inequívoca simpatía por los nacionalistas, su peligroso espiritualismo—, cuando yo entonces abandoné el baile y me fui.

El primer día mío en una reunión de Círculo de Podemos, disfruté de una perturbadora remembranza de los venturosos martes de carnaval de mi tierra; presentí fuerte que hasta iba a acabar ligando. Yo dije ¡aquí fue! Y todo el mundo hablaba en español, en sentido literal y simbólico. En español era que hablaba todo el mundo. Exceptuando, claro está, un insignificante grupúsculo de quienes, siendo todos iguales, luego resultaron ser más iguales que el resto. El grupito de los espirituales de sonrisa helada en la boca, y de amenaza en los ojos. La secta de los <<totalitarios de buen rollo>>.

Ese alboroto democrático a mí la verdad es que me gustó: las palabras cobran vida propia y traicionera: tanto <<pueblo>> y tanta <<democracia>> y tanto <<empoderamiento>>, tantos tiros mañana les podían salir por la culata obrera.

Pero pronto las cúpulas de Madrid demostraron el mucho miedo que tenían al ciudadano de a pie que para colmos no cree en <<actrices post-porno>>, y que cuando está de acuerdo con algo no mueve los deditos como si fuera un lelo muñeco de fresa, sino que aplaude duro con las dos manos de currar. Creyeron tener que elegir entre el control absoluto, total y culimétrico de su Movimiento, o dejarlo que creciera en las calles.

No obstante, en Podemos todo era posible, porque todo es posible en un auténtico asamblearismo. Yo fui por curiosidad y porque había escuchado por ahí que no se podía permitir que otra alternativa de izquierdas fuera vampirizada por los nacionalistas.

Pero el pescado estaba vendido: las preguntas y las respuestas coincidían suspiro por suspiro con los de la cúpula, su asamblearismo era una farsa. Sólo eso explica que las bases de Podemos en Cataluña no sean nacionalistas, y sus cúpulas, sí.

Por otra parte, el <<No>> al terrorismo nunca puede ser como el de Pablo Iglesias; no puede ser el <<No>> del niño que en una visita de protocolo, adiestrado por la madre, pesaroso rechaza un segundo trozo de tarta. Tiene que ser como el del niño al que un extraño le ofrece una golosina en el parque: ¡¡¡No!!!

El <<posibilismo>> sólo tiene sentido ante los indicios de una posibilidad cierta. Si la novia adolescente de repente descubre que sólo le gustan las mujeres, o si su papá es boxeador y ella a cada mano traviesa del noviecito pega un grito, ahí la perseverancia ya no es más que locura y necedad. El pasito a pasito sólo tiene sentido cuando además se camina en la dirección correcta.

Me fui de Podemos, y que con su pan se lo coman. Pero me queda la preocupación del espiritualismo de sus líderes, de su regla sacra de postmodernidades de pijos. Su maniqueísmo y su <<buen-rollito>> totalitario.

Si me vieron bailando apretao una pieza en el rincón, fue porque Miss Podemos no tenía un mal lejos un martes de carnaval, pero ya de cerca, un miércoles de democracia, con ese aliento a fanatismo, y esas ínfulas de mejor familia nunca obrera, jamás le volvería a pedir la hora, ni con ella quiero volver a saber del juego de la puntita nomás.

Jaime Romero Sampayo
11/07/2015
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