¿Nos merecemos lo que tenemos?

Ilustración: Raúl AriasEs la pregunta que algunos se hacen (o nos hacemos) tras el resultado de las elecciones andaluzas. Quizá la pregunta no sea tan singular; es la que muchos también se hacían cuando Aznar volvió a  ganar o cuando el fatum nos zarandeó con ZP o cuando se repetían las victorias pujolistas y sucesivas catalanistas…

Por las reacciones post-electorales está claro que la respuesta va por barrios. A unos les va bien vivir bajo este régimen (llamemos así a una institución y gobierno -la Junta-, asociada a un partido y a unas élites políticas que la vienen usufructuando ininterrumpidamente desde hace más de tres décadas, en buena parte debido al uso clientelar de los recursos públicos saqueados). No todos los beneficiarios y clientes lo son por igual, pero constituyen una base social sólida, que puebla los múltiples ámbitos y niveles en que el régimen administra beneficios y proporciona beneficios.

A otros, en cambio, nos sienta bastante mal; es más, nos sentimos viviendo casi obligados (porque no hay más remedio) en un cortijo con su jerarquía de amos y manijeros y con pocas esperanzas de cambiar la situación. Esos otros no somos en realidad todos los demás. Hay una base social y electoral, igual o mayor a la que apoya al régimen, que aspira a convertirse en alternativa de cambio, a establecer una sustitución de élites políticas y gestores en toda regla. Tal aspiración les hace vivir esperanzados; viven cabreados, pero con algún tipo de ilusión en que un día u otro llegue un cambio político por vía electoral que propicié una sustitución de élites, gestores y clientes. Entre los que nos sentimos obligados a vivir en el cortijo, que no es el nuestro y que consideramos un ente ajeno al concepto de ciudadanía democrática, los más quizá vivan desencantados y desesperanzados, pero también los hay que estamos abonados a las iniciativas, movimientos y plataformas ciudadanas, que nos parecen las palancas más reales de los cambios sociales y políticos a medio y largo plazo. Yo, en particular, considero que es el verdadero sujeto político de los cambios «históricos», que mueven montañas como la del régimen que padecemos. También los hay que pasan del asunto, que se desentienden de los políticos y de la política y que, por lo general, no aspiran a cambiar nada ni esperan que nada cambie.

Puede que los primeros (el apoyo sociológico del régimen) sean el 25 % de la población (no hablo de los votantes, sino de la población); que los segundos (los esperanzados en el cambio resultante de unas elecciones) sean poco más o menos el mismo porcentaje; que los terceros (los que se sienten antes ciudadanos que usufructuarios de un régimen, feligreses de unas siglas de partido o contendientes electorales) seamos unos cuantos menos del 25 %, y que el resto lo constituya el grupo de los que pasan. Siendo así, quienes controlan el poder -que es una importante ventaja- suelen alcanzar cierta estabilidad política, social y electoral, mientras el tercer grupo no resulte social y políticamente significativo entre elección y elección (siempre que nos refiramos a un régimen representativo liberal, claro). Ese es el mecanismo habitual de los «regímenes» políticos del tipo al que nos estamos refiriendo, sea el PRI mejicano, el catalanista, la DC italiana o el de la Junta de Andalucía. La estabilidad se perturba y el oleaje produce zozobra, cuando la ciudadanía democrática organizada hace acto de presencia. Es lo que pasó el 15M. El resultado es la irrupción de nuevas fuerzas políticas y contendientes electorales que ponen en jaque no solo la estabilidad o continuidad del usufructo monopólico de los recursos públicos e instituciones por parte del partido gobernante del régimen, sino que también cuestiona la idea de cambio, como mero ejercicio de sustitución, que se ha ido forjando en las contiendas electorales anteriores.

Pienso que hay que tener esto en cuenta  cuando hablamos de «comunidades autónomas» que, como Andalucía y Cataluña, han estado ininterrumpidamente, durante décadas, bajo el mismo gobierno o gobiernos de la familia (en el caso de la Generalitat catalana, todos ellos de la familia catalanista): el mismo usufructo del poder crea regímenes con una base social, básicamente clientelar, que dispone de un mercado  de acceso a recursos y colocación protegido de posibles intrusos y competidores «externos», y que profesa a la marca política del régimen una sólida adhesión social y clientelar para desesperación del resto. Es un hecho conocido y repetido en nuestra historia. De hecho, el liberalismo en España (y no solo en España) se consolidó en la base por la constitución de minorías municipales beneficiarias del poder local y de unas élites locales, provinciales e institucionales, que, más adelante y, sobre todo, en la Restauración, se convirtieron en el freno más poderoso a cualquier movimiento de cambio y transformación.

Sin embargo, desde la perspectiva de un ciudadano que aspira en esta vida ejercer su condición de ciudadanía democrática, juzgo que el panorama de estas elecciones proporciona unas vibraciones positivas, como en mucho tiempo no habíamos tenido la fortuna de sentir. Me refiero a los de tercer grupo. En mi caso, en concreto, he sentido alivio por primera vez ante la pesadumbre por el régimen que tenemos que soportar -y que pienso que no nos merecemos los ciudadanos-. Llevo mucho tiempo votando en blanco o a «escaños en blanco», hasta las europeas, en que voté al Partido X, y estas autonómicas, en que, a falta de escaños en blanco y del Partido X, he votado a Recortes Cero. No me identificaba, pues, plenamente con ningún partido de los que se presentaban, pero ha sacado una mayoría relativa el que abiertamente concita todo mi repudio del régimen, pero, aun así, tengo, por vez primera en muchos años, vibraciones y apreciaciones esperanzadoras.   

La brisa de optimismo la mido en sentido proporcionalmente inverso a como la mayoría de los medios presenta como ganadores (algunos, nada menos que «históricos» -¡ahí es nada!-) a los de la marca del régimen e insisten en que el bipartidismo ha quedaron tocado, pero a flote, que la apuesta de la presidenta ha sido valiente y exitosa, que ahora tiene bastantes márgenes dentro de la «geometría variable» de los pactos puntuales, y que etc., etc…

Desde mi punto de vista, el problema, hablando con precisión, no ha sido el bipartidismo, sino que el conjunto del espectro político ejercía de muletas y complementos de la partitocracia, del vigente régimen de partidos. El problema central era y es la partitocracia.  

Hasta ahora, en Andalucía, esas muletas han sido el PSA/PA, Verdes, IU, con resultados reiterados y casi miméticos en todos los casos: el régimen los ha fagocitado. En esta ocasión, no será posible. Primero, porque, fallida la opción de cambio que en su día ofreció el PP y que el gobierno de Rajoy ha dinamitado (no solo por  los recortes, sino por hacer lo contrario de lo que prometió y no haber llevado a cabo ninguna ley convincente tendente a la regeneración ética del sistema de partidos), los otros cambios que se ofrecen en este momento y hora no son intercambiables por repartos de consejerías y recursos. Esas otras fuerzas «emergentes» se encuentran específicamente condicionadas por una nueva mayoría social y política, inédita en Andalucía desde el logro de la autonomía de primera clase. Tampoco existe la excusa de la amenaza del ogro, lobo o fantasma de la derechona. Para desgracia del PSOE, el PP ha quedado descabalgado del caballo apocalíptico. También, para desgracia de IU, que no dejó de buscar explicaciones y legitimidades a su aceptación de las consejerías concedidas por el PSOE con la historia de parar los recortes del PP. Ya no será posible crear mesas y comisiones parlamentarias para blindar a consejeros imputados, subirse los sueldos o disfrutar de otros chanchullos. Será difícil, asimismo, bloquear comisiones de investigación de la corrupción institucional. Sobre todo, surge la posibilidad de que el ciudadano no adicto al régimen quede en una total indefensión jurídica ante la Administración autonómica, una de las peores lacras del régimen andaluz.    

Y, más que nada, el régimen pierde identidad. Es muy cutre, pero también muy grave, gordo, que la candidata de la marca del régimen identificará la marca y el régimen con su persona y marca, régimen y persona, con los andaluces. Ella encarnaba -decía- el pacto con los andaluces, como si los demás (los que no son del régimen) fueran extraterrestres en Andalucía. Si las estadísticas electorales dicen algo, resulta que, con un mayor censo electoral, una mayor participación que en el 2012 y una convocatoria efectuada a medida de sus plazos e intereses, el partido del régimen obtiene el peor resultado de la historia electoral de su feudo, con una pérdida de más de 120.000 votos y un descenso porcentual de 4 puntos, en relación a 2012, que, a su vez, había sido la cota más baja desde 1994. Y eso que el incumplimiento de la reforma d e la ley electoral sigue penalizando a los partidos no mayoritarios y el voto urbano. El encogimiento electoral de su socio de gobierno ha corrido parejo, pero por una pendiente más pronunciada. IU puede contentarse con ser la fuerza de la izquierda…, pero ya no puede argüir que Andalucía es de izquierdas y que eso forma parte de la identidad andaluza. La corrupción institucional es más importante que la discusión sobre el ser de izquierdas o de derechas y, a pesar de las medidas preventivas de los dos socios de gobierno en esta legislatura para dificultar nuevos grupos parlamentarios, una mayoría social de andaluces no han votado o han votado contra la corrupción institucional. Se ha roto un discurso identitario que venía siendo santo y seña tanto de IU como del PSOE y de la política andaluza.

Antes de presentaros la serie documental adjunta, que ofrece una radiografía de la política y sociedad andaluzas tan repudiable y patética (desde una óptica democrática) como incitadora del activismo ciudadano, incorporo la rápida respuesta de Rafael Yus al correo que se me escapó con la pregunta y las tres primeras líneas del discurso.   

Rafael Núñez. 28 de marzo de 2015

El 27 de marzo de 2015,  Rafael Yus Ramos escribió:
Esta pregunta me recuerda un sofisma muy utilizado por los políticos cuando afirman que están donde están porque los españoles (o los andaluces, según el caso) le han puesto ahí, porque confían en él, etc. etc. Esto es falso porque se utiliza la generalidad (todo el electorado) como idéntico a la particularidad (el electorado que ha elegido a ese político). El que sea una mayoría numérica la que “lo ha puesto ahí” no implica que “todos” los electores lo hayan hecho. Cada palo que aguante su vela. Por otra parte, se ignora las trampas de las reglas de juego electoral, como el que salga  elegido un individuo totalmente desconocido, del que seguramente ni se ha mojado en la campaña electoral, simplemente porque los electores han confiado en el cabeza de lista, y más frecuentemente en la “marca” del partido en cuestión. Y se ignora también los numerosos artilugios que se utilizan (a veces con dinero negro, véase Bárcenas que es la punta del iceberg) para que esa marca se asocie a una imagen (a veces con promesas vagas, véase caso Podemos) que los publicistas han logrado meter a través de la TV en todas las casas.
En conclusión, los que no aceptamos lo que tenemos, no podemos hacer otra cosa que resignarnos, porque no hay otra forma de enmendar un error colectivo y los tiempos para intentar hacerlo (con muchos obstáculos) son cuatrienales. Pero de ahí a que afirmemos que “nos lo merecemos” hay mucho trecho. En todo caso, se lo merecen los que lo han votado, y lo sufrimos los demás.   
Bueno, literalmente es resignación, pero habría que matizarlo como “resignación activa”, es decir, utilizar otros medios no reglados institucionalmente (ej.activismo ciudadano), pero obviamente ya desde fuera de las instituciones donde se toman las decisiones, es por eso por lo que señalaba lo de resignación.
Rafael  Yus

Nota ACP.- Ponemos los enlaces a los documentos que nos facilita Rafa Nuñez.

En adjuntos, una radiografía de la corrupción, que produce escalofríos. Todos los documentos son de los dos últimos años, en que alguna responsabilidad política (además de penal) tendrán los que han gobernado durante la última legislatura:

1.- «El nuevo bandolerismo andaluz«, de Javier Clavero (2014). Aparte de la exposición de  los rasgos generales de ese nuevo bandolerismo, se precisa la conexión entre la delincuencia y la política.

2.- «El misterio andaluz» de cómo no se han producido responsabilidades por el saqueo de unos 3.000 millones de euros en los casos EREs y Edu. Teodoro León Gross, febrero de 2015.

3.- «La singularidad de Andalucía» en el incremento de las divergencias económicas respecto a la media española y otras CC. AA. Abril, 2014).

4.- «Para qué sirve la Junta«, se preguntaba en octubre de 2013 el economista Juan Torres, estupefacto ante el «monstruo que paraliza» y convencido de que «los partidos no pueden resolver un problema que ellos han creado».

5.- «Suenan los clarines» de las imputaciones en el expolio de los recursos de los cursos de formación, pero los del régimen se escudan en que, pese a las evidencias, son casos «personales». C. Colón, abril 2014.

6.- «Fraude, justicia y política«. Editorial del MH, abril 2014. No debe considerarse a «Andalucía» como responsable de la «conducta pública delictiva» de unos políticos.

7.- «Enfanguémonos todos«, parece ser el propósito de los partidos implicados en la corrupción. José M. Marqués Perales, mayo de 2014

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