El pujolismo y el franquismo sociológico catalán

PintadaSobre uno de los asuntos que cuestiona y denuncia el artículo de Najat el Hachmi (el de la manipulación de la lengua y la historia en la educación) escribí, como sabéis, algunas comunicaciones y artículos, particularmente a propósito del proyecto nacionalista de integración identitaria a través de los contenidos de las ciencias sociales en la enseñanza obligatoria y, muy en especial, de los diseños curriculares de la enseñanza de la historia. El presentismo historicista de los contenidos de diseños curriculares y libros de texto me llevó a presentar en unas jornadas del ICEB, en septiembre de 1987, creo recordar, que sendas comunicaciones, fueron una gota en un mar.

Después, volví sobre el asunto a propósito de la conmemoración del Mil.lneari de Catalunya (recuerdo un  artículo en 9 Nou y en alguna publicación de escasa tirada) -la conmemoración del Mil.lneari supuso una celebración orgásmica de la mitología historiográfica nacionalista- y en alguna revista (El Viejo Topo). No pude llevar a cabo, en cambio, el compromiso con Miguel Riera para estudiar la manipulación identitaria y nacionalista de los contenidos de historia en los diseños curriculares y libros de texto de las diversas CC. AA.; esa labor, que ya había iniciado Francisco Oya con el colectivo «Profesores por el bilingüismo», la realizó después J. P. de las Heras. Fueron tentativas tan loables y valientes como aisladas.

En realidad, bajo el pujolismo, los progres, las gentes de izquierda, el personal sindicalista de la enseñanza, con los que me relacionaba, comulgaban, unos por pasiva y otros, por activa, con tan lamentable y amoral (en el sentido de ausencia de ética deontológica o profesional) manipulación adoctrinadora. Incluso referentes en la historiografía de «izquierdas» de Cataluña, como el mismo Josep Fontana (quien dirigió mi inacabada tesis), acabó sacralizando una historia nacional nacida de la mano ensangrentada de Guifré el Pilós, de la casulla del Abad Oliba y de los señores feudales de la «pau i la treva». Todos, padres, profesores y editoriales, con rarísimas excepciones -entre ellas, la revista El Viejo Topo y su editorial Montesinos-, transigían o aplaudían la nacionalización de los contenidos salidos de la mitología nacionalista. Formaba parte, como la «inmersión lingüística» (solo de los castellanos hablantes, claro está), de la incuestionada «construcción» y «normalización nacional».

La historia nacional contada siempre tenía por objeto destacar la externalidad de la historia española; la manipulación era tal que ni se mencionaban los motines populares bajo el régimen liberal o en todo caso se asociaban con el surgimiento de un soñado e impostado  «catalanismo popular» , se pasaba sobre ascuas sobre las guerras carlistas que sacuden todo el siglo XIX de la historia catalana (Cataluña fue uno de los feudos de esa guerra civil española), se eludía el debate de fondo sobre las posiciones arancelarias proteccionistas que demandaban industriales barceloneses y catalanistas…, y así hasta la guerra civil española. En muchos libros de texto, la guerra civil en Cataluña  fue fruto de la violencia política española, el franquismo, el resultado de la ocupación española de una Cataluña sin franquistas. Lo que tuvo de española la guerra civil en Cataluña fue el terror anarquista y la violencia de los «foranis», y el franquismo sociológico catalán (uno de los más sólidos del franquismo español) aparece como cosa de unos cuantos descerebrados falangistas.. Si fuera por los catalanes, se viene a decir, no hubiera habido guerra civil ni franquismo, del que Cataluña fue víctima. Se habla poco de la oposición política republicana, de izquierdas, social, sindical…

Dentro de las burdas y grotescas inversiones del pasado, los protagonistas de la batalla por la democracia en Cataluña, que en su gran mayoría fueron trabajadores inmigrados en los 50/60/70 o hijos y nietos de las inmigraciones de los años 20 y 30, pasaban desapercibidos ante el puzzle de siglas de organizaciones catalanistas que no se representaban ni a ellas mismas. Las huelgas y manifestaciones obreras -principal punta de lanza de la oposición al franquismo en Cataluña- quedaban devaluadas ante la trascendencia de las octavillas de Pujol. El asociacionismo sindical, vecinal, cívico popular, se desdibujaba ante los destellos de la sociedad civil catalanista tipo Banca Catalana u Omnium Cultural. Es más, esos trabajadores que protagonizaban los cambios sociales y políticos eran casi siempre foranis a los que integrar y, en algunos libros panfletarios, se les presenta como una vanguardia franquista de la castellanización y ocupación española de Cataluña. El Pujol xenófobo, conseller en cap del miedo social a los de abajo,  de «La inmigració, futur i esperança de Catalunya», de una Cataluña resultado de su catalanización y sumisión,  no era el único xenófobo ni un cabo suelto del proyecto asimilacionista, sino la cresta de la ola que aparece bien descrita en «Cuando hice las maletas…», de J. L. López Bulla y en algunos estudios sociológicos. .

Con los precedentes vividos bajo la escuela nacional católica y con las reivindicaciones por una «nova escola pública» en el tardofranquismo a mis espaldas, me resultaba inasumible, exasperante y atentatorio a la democracia, sobrellevar la realidad que describe Pericay en el artículo adjunto, descripción que comparto plenamente y que encaja en lo que transmite Najat. Hace unas semanas sucedió en el colegio de «los Hermanos» de Manlleu algo parecido a lo que describe Pericay, con la agravante de que los padres denunciantes tuvieron que hacerlo anónimamente y el resto de padres de la AMPA, el profesorado y responsables municipales lo relativizaron o justificaron. Resulta democráticamente vomitivo recorrer esa misma comarca, la de Osona, y ver ondear la estelada (seña independentista de la ANC y partidos y entes privados del universo soberanista) en las escuelas públicas de secundaria,  primaria e incluso guarderías. Por eso, es significativo el escrito de Najat el Hachmi.

Najat  era alumna del IES Jaume Callís de Vic, cuando aún yo daba clases allí. Me resultó deprimente la utilización que hicieron de ella. Escribía bien y le dieron un premio literario local o del propio IES (no recuerdo bien) por un relato breve. Enseguida, en los medios del IES y de la prensa local, se apresuraron a mostrarla como el buen ejemplo de integración del inmigrante que habla y escribe en catalán. Por aquel entonces yo me encontraba al límite de la saturación por la presión que comportaba en la educación y fuera de ella la «normalización» e inmersión lingüísticas. Sufría la presión añadida sobre el mundo de la Peña Flamenca de Manlleu, que, al menos, para mí era abrumador. Sobre todo porque los mensajes como el que trataban de ofrecer con los buenos ejemplos de Najat iba dirigido a padres e hijos de las migraciones españolas de los 60 y 70, que seguían mostrándose reacios a la normalización nacionalista por aquello del uso del catalán como lengua social y sentimientos de pertenencia compartidos. Hubo riesgos serios en ciertos barrios de confrontación entre los inmigrantes españoles (andaluces, en su mayoría) y la inmigración magrebí (mayoritaria entre los emigrantes más recientes), que convivían en los mismos barrios. Era y es la amenaza del multiculturalismo. Me alegré cuando, más tarde, leí el libro de Najat «El patriarca». Era una luz contra la servidumbre multiculturalista y la manipulación de los individuos, de los ciudadanos. Ya sabéis, identidades no hay más que una, la personal, única, singular e intransferible.

 

Rafael Núñez

La Axarquia, 4/02/2015

De la escuela al paraiso

De lo que sucedio cuando entro aire..

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