¿Hacia un estado sin pueblo?

Raúl Arias

A finales de abril, el primer ministro de Israel sugirió un cambio fundamental para la Constitución de su país. Propuso modificar la legislación a fin de definir a Israel como «el Estado-nación de un solo pueblo -el pueblo judío».

Es fácil comprender por qué el primer ministro Netanyahu quiere el cambio. Durante mucho tiempo se ha pedido que se hagan concesiones a los intereses no religiosos, y sobre todo a los intereses de la gran población árabe. Explicaba: «Hay personas que no quieren que el Estado de Israel sea definido como el Estado-nación del pueblo judío. Quieren un Estado nacional palestino que se establezca junto a nosotros y que Israel debe ser gradualmente un Estado binacional, árabe-judío». Él piensa que su propuesta obstruirá el paso a estas posibles alternativas. «El Estado de Israel proporciona la plena igualdad a todos sus ciudadanos, pero es el Estado-nación de un solo pueblo -el pueblo judío. Y de ningún otro pueblo». Si se aprueba el cambio, hará mas firme la identificación con una sola religión.

No tengo intención de hacer comentarios sobre la propuesta, que ha recibido críticas tanto dentro como fuera de Israel. Mi objetivo es considerar la distinción interesante entre un Estado político y un Estado-nación. Hay muchos ejemplos históricos de estados que no coinciden con naciones: un ejemplo clásico es Suiza. En nuestros tiempos, Checoslovaquia era un Estado político que finalmente se dividió en dos estados nación. Ucrania, del mismo modo, es un Estado político que no es un Estado-nación. España está en la misma posición. La famosa Constitución de 1812 de España intentó crear un Estado político, pero al mismo tiempo dejó en claro que había dos elementos fundamentales de una nación: todos los incluidos en el Estado tenían que ser españoles, y su religión tenía que ser la católica. La Constitución de 1812 fue, por supuesto, un fracaso, sobre todo porque se basaba en irrealidades. Lo mismo puede decirse de todas las constituciones posteriores del Estado español, incluyendo la de 1978, porque España nunca logró convertirse en una nación coherente en la que todo el mundo compartía la misma raza, religión y cultura.

Ahora los catalanes han empezado a jugar el juego de las constituciones, a pesar de una advertencia de uno de sus líderes, Duran Lleida, que el juego es a la vez superfluo y prematuro. De la información que hasta ahora se ha filtrado a la prensa, parece que un grupo secreto de «expertos» de fama mundial ha sido contratado por la Generalitat para elaborar un borrador de una Constitución. Hasta el momento han presentado un texto inocuo que es poco original, aburrido y carente de imaginación. Están seguros de una sola cosa, que el Rey español tiene que ser eliminado. Eso es curioso, porque la Constitución secreta se supone que debe estar basada en las Constituciones de Dinamarca y Noruega, países que obtienen una gran parte de su estabilidad por el hecho de ser monarquías. Sin embargo, los «expertos» claramente no están demasiado interesados en la utilidad de las monarquías. Tampoco, al parecer, están preocupados por el hecho de que las constituciones escritas son notoriamente defectuosas y siempre necesitan modificaciones (como en los EEUU).

El aspecto más curioso de la Constitución secreta de Cataluña es que, a partir de lo que sabemos sobre ella, no admite la existencia de Cataluña como un Estado-nación. Esa es la gran diferencia con la propuesta Constitución de Israel. El Gobierno israelí quiere subrayar que Israel es un Estado-nación del pueblo judío. Los «expertos» de Cataluña, por el contrario, no hacen esa afirmación. Es cierto que han tenido miles de personas marchando por las calles insistiendo y afirmando que son una entidad metafísica llamada «nación», y es cierto que el primer artículo de la Constitución secreta dice muy claramente: «Cataluña es una nación». ¿Pero quieren decir la población de Cataluña, o su territorio, o están simplemente repitiendo lo que Prat de la Riba indicaba en la década de 1890, que los catalanes de todo el mundo eran una nación porque tenían «una lengua, una historia común, y viven unidos por un mismo espíritu»?

En pocas palabras, el primer artículo de la nueva Constitución catalana no define «Cataluña» y no define una «nación». Hace una declaración puramente metafísica y sinsentido, en la que la identidad de la nación no se explica ni se define. Por eso Netanyahu insiste en el caso de Israel: que la nación de los judíos es la base del Estado judío. En cambio, los «expertos» catalanes no hacen ningún intento de identificar la nación. ¿Va a ser el futuro Estado catalán un Estado-nación, de los catalanes como nación, o va a ser simplemente un Estado territorial, en el que los andaluces y los chinos podrían formar un día la mayoría?

La cuestión central para el nacionalismo catalán, y para muchos otros nacionalismos del siglo XXI, es si tiene un programa histórico y social serio, basado en la recuperación de una verdadera identidad perdida y en la expresión de una identidad presente válida. La cuestión es crucial, porque algunos nacionalismos aspirantes no tienen un pasado válido, y un presente a menudo cuestionable. Cuando no tienen ni pasado ni presente, intentan inventar una identidad falsa. En cualquier caso, uno de los grandes problemas es que los países y las identidades cambian con el tiempo. Por ejemplo, el Reino Unido del año 1914 no es ya el mismo Reino Unido hoy en día en 2014, y los británicos, como nación, están perdiendo su antiguo carácter.

Supongamos que los catalanes eran una nación hace 300 años. Trescientos años han pasado desde que desaparecieron los fueros en 1714, y muchos factores han cambiado, incluyendo las fronteras, la población, la perspectiva y la cultura. Si hubiera que definir una nación como un pueblo que vive en la misma zona, que comparte un origen común racial, una herencia cultural común, un lenguaje común y un sentido comunal de lealtad, entonces puede ser necesario concluir que Cataluña hoy ya no es la «nación» que fue en la época moderna. Como resultado, es posible que haya perdido su derecho a poseer la identidad de un «Estado-nación».

Los cambios en la inmigración, la cultura y la lengua han ido con el tiempo socavando el carácter de la sociedad catalana. La proporción de inmigrantes en la población ha aumentado más de un 20% en 10 años, y los inmigrantes internacionales en el año 2014 representan alrededor del 14% de la población total. Se ha calculado que, en una u otra manera, alrededor del 60% de la población de Cataluña tiene sus orígenes en la inmigración. Esto hace que sea imposible ya que los nacionalistas presentan una doctrina del nacionalismo basada en motivos étnicos. Los ciudadanos de una futura Cataluña, independiente o no, pueden ser en su mayor parte no catalanes. Esa es una consideración que los nacionalistas separatistas se niegan a contemplar o incluso reconocer.

Los inmigrantes, por supuesto, han anegado la lengua de Cataluña. Las encuestas publicadas por la Generalitat afirman que la mayor parte de la población de Cataluña entiende y habla catalán, un claro ejemplo de la retórica que pretende falsear la realidad. No hay absolutamente ninguna duda de que el idioma principal que se habla en Cataluña es ahora el castellano, se utiliza preferentemente, de acuerdo con las cifras más recientes, en algo más de la mitad de la población. En la Barcelona de hoy, si usted necesita tomar un café, coger un taxi, hablar con un policía, o comer en un restaurante, usted necesita hablar castellano. ¿Esa es la base de la «nación catalana»? ¿Qué queda entonces de la identidad catalana? ¿Y la religión cristiana? Al igual que en el Reino Unido, la religión ha dejado de ser una piedra angular de la cultura.

Netanyahu, por lo menos, se aferra a la religión como la realidad básica del Estado-nación israelí. En Cataluña, los separatistas no tienen nada a que aferrarse. ¿Qué sucederá el día en que los inmigrantes se identifiquen como no catalanes, y los partidos separatistas pierden su escasa mayoría en el Parlamento?

HENRY KAMEN
El Mundo. 13/05/2014

Henry Kamen es historiador. Su último libro es The Spanish Inquisition (Yale University Press, 2014).

 

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