Catalunya, en la época de la mentira

Lidia Falcón y Miguel Riera

En la época de la mentira, que es el título del libro póstumo de Carlos París, es la mejor definición de lo que está sucediendo en Catalunya. Y si patético es escuchar y leer los argumentos de los independentistas y de los “soberanistas” y de los del “derecho a decidir”, esas familias que se han creado y coaligado para apoyar los propósitos de la burguesía nacionalista, mucho más sorprendente y triste es asistir al giro que la antaño izquierda catalana ha realizado en los últimos años.

Leyendo los artículos publicados en las últimas semanas en el foro de debate Espacio Público sobre Catalunya y el derecho a decidir, resulta impresionante comprobar que autores que se posicionan indudablemente en la izquierda, se aferren a ese mantra del “derecho a decidir”; obvien el papel que la burguesía está representando en esta tragicomedia; que el discurso de clase quede relegado a reclamar mejores servicios sociales, y que aseguren –¡tan enfáticamente!– que la mayoría de la población catalana (¡nada menos que el 75%!) está de acuerdo con que se realice un referéndum sobre el futuro de Catalunya, y que sepan con tanta seguridad que la mayoría quiere otra Catalunya. Para probar tales datos, en el primer caso se refieren a unas encuestas de cuya autoría y financiamiento nada nos informan y en el segundo ni siquiera hace falta referirse a ellas, puesto que ya dan por sabido lo afirmado.

Recordando con Marx que el nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir a los trabajadores; homenajeando a Flora Tristán, la creadora de los sindicatos y autora del lema universal “Proletarios del mundo, uníos”; y releyendo a Rosa Luxemburgo sus textos sobre las nacionalidades, exijo con rabia encontrar en los numerosos artículos y análisis escritos por los intelectuales de izquierda un discurso de clase sin tapujos, camelos ni eufemismos.

Desde hace cuatro años, que se sucedieron a los caóticos de gobierno del Tripartito, el Gobierno de la Generalitat ha lanzado una campaña arrasadora para convencer a los habitantes de Catalunya de que todos los males que sufren se deben al Gobierno centralista de Madrid. El mantra repetido de “Madrid [o España] nos roba”, se ha introducido en las mentes de la mayoría de los que allí viven, para hallar ¡al fin! el enemigo a batir.

Hace treinta años Carlos París ya desarrollaba magistralmente en Crítica de la Civilización Nuclear la estrategia de los gobiernos reaccionarios de crear y recrear el enemigo. En términos planetarios, las oligarquías que dominan todos los centros de poder necesitan llevar a los pueblos a centrar el odio contra comunistas, islamistas, extranjeros, razas de color, etc. En términos locales, los gobiernos catalanes llevan 34 años moldeando las conciencias de los ciudadanos de Catalunya en la hostilidad y el odio a todo el que no sea catalán. Y no sólo contra los gobiernos de España, que tanto tienen que ser criticados, sino a los demás pueblos de lo que ellos denominan el Estado Español, que según la propaganda continuada viven mejor que los catalanes gracias a la exacción de impuestos que estos sufren y que causa un déficit en sus cuentas públicas –de las privadas mejor no hablar– del que no se recuperan nunca.

Lo más extravagante son los carteles y demandas de los radicales reivindicando una Catalunya lliure, como si siguiese ocupada por el Ejército enemigo, figura ésta que más de una vez me han repetido recordando nada menos que la guerra de 1714, que tan gloriosamente reivindican en este trescientos aniversario. Que el Estatuto último aprobado, a pesar de los recortes que tanto han indignado, mantenga un nivel de autonomía nunca disfrutado antes en Catalunya y, por tanto, compararlo con el siglo XVIII o la época franquista resulte el más demente despropósito, no conmueve ni convence ni a ICV, absolutamente atrapada como está por el discurso de la derecha nacionalista, que padece, desde hace demasiado tiempo, el que Carlos París denominaba “síndrome de Estocolmo de la izquierda”.

Resulta absolutamente infantil que Vicenç Navarro denuncie el centralismo poniendo el ejemplo de que el viaje de Madrid a Barcelona dura poco más de dos horas, pero más de seis horas el de Bilbao a Barcelona, que tiene la misma distancia. No es importante para el escritor que los primeros recorridos del AVE fueron los de Sevilla-Madrid, y mucho menos que las ingentes inversiones que se han realizado para instalar los trenes de alta velocidad nunca han sido recuperadas, y que ninguno de ellos cubre gastos, sino que constituyen un pantano de despilfarro y corrupción. Tampoco menciona los trayectos a Murcia y Cartagena o Santiago o Gijón y Oviedo a Madrid, por una orografía adversa que nuestro olvidado Lucas Mallada calificaba de la maldición del país, porque para los patriotas catalanes no existe más país que el que comunica Barcelona ni más pueblo fastidiado por sus ferrocarriles que los catalanes.

Pero deseando dejar las anécdotas aparte –aunque los defensores de esa democracia a la catalana las convierten en categoría– ¿dónde, repito, se encuentra el discurso de clase? La renta per cápita de Catalunya es del 120% de la media de la Europa de los 27, obtiene el cuarto PIB de España, después de Navarra, el País Vasco y Baleares, y es la tercera comunidad que paga más impuestos después de Madrid y Baleares. ¿Dónde sale perjudicada su gente? Por supuesto, los que pagan más siempre quieren pagar menos, por esa misma razón lo que deben hacer los ricos es reclamar su independencia para no contribuir con su cuota de impuestos. Quien extrae el mayor beneficio de los catalanes son sus propios gobiernos. Porque éstos, los sucesivos de Convergencia y después con la anuencia y complicidad de otros partidos, han reducido los servicios sociales, degradado hasta extremos ruines la sanidad y convertido la escuela pública en el cortijo idiomático de los nacionalistas, mientras los dineros públicos se filtran en los cursos de formación (caso Pallerols), la Banca Catalana (caso Pujol), el Palau de la Música (caso Millet), la concesión de las ITV (caso Oriol Pujol), y otros muchos más, todos próceres del país y tribunos de la propaganda nacionalista.

Pero la desaforada campaña por la soberanía o la independencia o el derecho a decidir ha ocultado muy eficazmente el expolio que la burguesía catalana ha llevado a cabo durante 34 años de los trabajadores, de todas las clases, de los que obtiene la plusvalía. Ya han perdido el protagonismo las reclamaciones económicas y sociales que comenzaron hace cuatro años, cuando el Gobierno de Artur Mas soltó el pistoletazo de salida de la política de recortes y austeridad que nos está matando. Una llamada Asamblea Nacional de Catalunya, cuyos organizadores pretenden el anonimato, se ha hecho con el protagonismo de las protestas nacionales. Nunca nos han presentado las cuentas de sus gastos ni sus fuentes de financiación, pero parece que sus dirigentes trabajan a tiempo completo en ella, ya que resultan enormemente eficaces organizando manifestaciones y cadenas humanas. Y la propaganda que emiten interminablemente TV3, la 33, 8TV, 3/24, así como periódicos y revistas, para convencer a los vecinos de Catalunya de lo desgraciados que son pagando más impuestos que los asturianos y que los murcianos, resulta imbatible. En el caso de convocar efectivamente una consulta sobre el destino de la nación, ninguna opción distinta de la independencia tendría posibilidad alguna de enfrentarse a la propaganda oficial organizada y pagada por la Generalitat, es decir por todos los españoles.

No quiero más que mencionar rápidamente, porque otros intervinientes en este Foro lo han hecho con anterioridad, el disparate jurídico que supone pretender en Catalunya un supuesto “derecho a decidir” y no digamos el de autodeterminación que recoge la Carta de las Naciones Unidas. El primero no existe en ningún código, recomendación ni resolución internacional, dada su abstracción. ¿Decidir qué? Si se trata de la independencia hay que explicitarlo como tal, si no se hace es por el deseo de camuflar el objetivo independentista, astucia esta que hasta a la izquierda ha engañado. Si hablamos de autodeterminación como derecho de los pueblos, bueno sería que se enseñara a los ciudadanos que está recogido como tal a los pueblos colonizados para liberarse de la potencia colonial. Establecer paralelismo entre Catalunya y el Sáhara –como he tenido que escuchar yo misma– o entre Catalunya y Timor, por poner sólo dos ejemplos, es caer en el más absoluto despropósito.

Cierto es que el “problema nacional”, creado, alimentado y sostenido por las burguesías de toda Europa, se ha convertido en una enfermedad cuyo tratamiento hay que determinar. No es posible fingir que no pasa nada como está haciendo el presidente Rajoy y esperar que el enfermo se cure solo, porque si se muere podemos vernos en el ejemplo de Yugoslavia o de Ucrania. Pero la Federación de Estados, que fue la única que garantizó la paz, la prosperidad y la solidaridad en Yugoslavia, para España está pensada desde Pi i Margall, hace más de cien años; fue el camino que emprendía la II República española y el único que nos queda para garantizar el equitativo reparto de la riqueza y la búsqueda de la igualdad entre hombres y mujeres.

Por ello resulta más insólito que ninguno de los comentaristas de la izquierda, participantes de este Foro y de otros más, haga mención alguna, en las soluciones que proponen, a la proclamación de la III República como el objetivo imprescindible del cambio de Estado en nuestro país. Incluso quienes defienden el federalismo se refieren a él sin decir palabra de esta monarquía corrupta, aliada a la Iglesia, al capital, a la banca, a los latifundistas, a los estados más infames del planeta que le pagan comisiones por las importaciones de energía, y cuya conducta inmoral le ha obligado al rey a pedir perdón públicamente. No sé si pretenden crear un Estado federal bajo la égida del monarca, el más insólito montaje político que se haya visto.

Y mientras tanto, hace un año los mineros asturianos y leoneses estuvieron dos meses de huelga, y algunos de hambre en el fondo de un pozo, y ningún sector de la producción en Catalunya se declaró en solidaridad con ellos; y mientras tanto, los obreros de Panrico llevan seis meses de huelga y a nadie parece importarle en Catalunya; y mientras tanto, se desmonta la sanidad pública y la escuela es un centro de propaganda nacionalista, y no se ven manifestaciones como las de antaño en Catalunya; y mientras tanto, las gallegas de Ve la Luz de La Coruña se declaran en huelga de hambre porque les han quitado la custodia de sus hijos, y a una de ellas además la han detenido unas horas, y han asesinado a 28 mujeres y dos niños en tres meses, en diversos puntos de España, y la mayoría de las feministas de Catalunya ni hablan del tema. Porque ya no queda espacio ni tiempo ni palabras para hablar de otra cosa más que de la independencia.

En eso se ha convertido la lucha revolucionaria de los trabajadores y de las mujeres en aquella que fue la Rosa Roja del Mediterráneo, con palabras de Engels refiriéndose a Barcelona.

Lidia Falcón
Público.es – 07 may 2014

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