Un oficio de alto riesgo

Pedro J. Ramírez

Lo había decidido. Dedicaría mi sabatina al angélico aquelarre del PP en Valladolid. Empezaría animando a los lectores. ¿A ustedes quién les provoca mayor irritación: escuchar a María Dolores de Cospedal, en su media lengua de pija irredenta diciendo banalidades con descaro, o Joaquín Homs, el Quicu, vendiéndole mentiras como motos que ni él mismo se cree? Dudo mucho que el Quicu crea en algo que no sea su supervivencia de palanganero, convencido de que la gente es más tonta que él, algo que comparte con la señora Cospedal y ese marido, dentro de toda sospecha, que se sienta en primera fila de los mítines por razones que aún no soy capaz de entender, salvo que le paguen por ello.

Estaba en estas, pretendiendo cumplir el paralelo entre los de aquí y los de allá, y la dificultad de sobrevivir en un mundo donde todo lo que se exhibe produce arcadas, como la basura cuando se acumula. Ahí me llegó el cese “por razones políticas” de Pedro J. Ramírez. Y digo lo de “políticas” porque si fueran económicas resultaría poco verosímil teniendo en cuenta que al tal Ramírez le echan porque la empresa tiene un agujero de 400 millones, cuando está absolutamente probado que su competencia en el negocio periodístico debe 4.000 millones, y aun así le nombran académico de la Real.

Vivimos tiempos muy raros, sorprendentes incluso para los que creíamos haberlo visto todo. Aseguran que debemos adaptarnos a una época que sobrevive sobre el sacrificio de hijos y nietos, y en la que los abuelos tenemos la única aspiración de mantenernos entre el silencio indigno o la expresión temeraria. El poder ha sido capaz de liquidar a Pedro J. Ramírez, por más que con una indemnización suculenta, imagino; una imagen de marca, porque yo, que me han echado de muchos sitios, nunca llegué a cobrar ni una miserable liquidación. Pero lo grave es otra cosa: ¿qué carajo de futuro tenemos los curritos, emboscados en artículos voluntariosos? Moscas cojoneras a la espera del palmetazo.

Engañaría a los lectores si no me detuviera en el caso Pedro J. Ramírez, porque fuera de nuestra prensa local, muy local, inclinada al tirón casolano, estamos ante algo importante aunque se refiera a un mundo en trance de liquidación por cierre de negocio, como esas tiendas antiguas ahora tan reivindicadas que tenían unos dependientes que parecían recién salidos de un curso de malas maneras en el Almirantazgo británico. Desde el momento en que somos dependientes de la publicidad institucional nos condenamos a la servidumbre. Como antaño, y por eso conviene recordarlo.

Empecé a leer a Pedro J. Ramírez hacia finales de los setenta, cuando columneaba en Abc junto a Pilar Suburbano, que firmaba como Pilar Urbano. Le recuerdo sobre todo por unos artículos dedicados al Partido Nacionalista Vasco y muy en concreto contra Xabier Arzalluz, al que se denunciaba como agente izquierdista, socialdemócrata y vinculado al mundo soviético –estábamos en 1979– y en defensa de los denominados nacionalistas sabinianos, un grupo inequívocamente vinculado a los antiguos servicios norteamericanos, racista y xenófobo. Digamos que se trataba del pecadillo de juventud de un periodista, Pedro J., formado en los arcanos del Opus Dei navarro.

Luego fue Diario 16 y su ofensiva contra Felipe González y el PSOE. Desmedida, absolutamente. Pero tenía razón por más que sus intenciones fueran otras. Saltó Roldán, otro doctorando de menor cuantía, y chorizos diversos que manejaban con fruición las arcas del Estado: Rafael Vera; el excarlista Barrionuevo y el exelectricista Corcuera, ministros. Los GAL fueron un invento del PSOE y Pedro J. sacó partido de aquella mina de corrupción. Le pagaron con una operación que sobrepasaba el límite de lo intolerable. Un vídeo porno que le montó el lado lumpen del Estado, que era abundante. (Me mosquea que nadie ahora se refiera a aquella atracción tan exhibida en las sedes socialistas).

Lo confieso; yo no hubiera soportado una humillación semejante y él la aguantó y la transformó en una prueba de su talante, valga la expresión. Uno de estos posmodernos de Barcelona ha titulado la despedida de Pedro J. como “El otro vídeo de Pedro J.”. La mala baba de los modelnos supera en ocasiones a la nuestra, tan denostada por las figuras del jijijí jajajá; ahora me entero de que leían Fuerza Nueva, ¡por su excepcional información!

De Diario 16 lo echó el PSOE en una operación más truculenta aún que esta del PP marianista que le descabalga de El Mundo. No es persona con la que me imagine tener trato, sus coordenadas y las mías no marchan ni siquiera en paralelo, pero es una figura del periodismo español de la democracia restaurada, y quien diga lo contrario no tiene ni idea. ¿Que no tiene ética? Por favor, no me haga poner ejemplos de los éticos. ¿Que apoyó a las facciones más conservadoras del panorama político español? ¿Quiere que le cuente, limeña, los emboscados izquierdistas convertidos en voceros de la más corrupta independencia? En otras palabras, y hablando claro, me parece más coherente Pedro J. Ramírez que Rubert de Ventós, Ramoneda o Mascarell. Se entenderían entre ellos mejor que muchos de nosotros, pero a pocos les dieron o se buscaron las oportunidades de Pedro J. Ramírez. En él no hay trampa, todo es arrogancia.

Recuerdo hace ya muchos años que me propuso colaborar con El Mundo. Tuvimos un desayuno en el hotel Arts, de Barcelona, y me ofreció más de lo que yo hubiera soñado, pero deslizó un argumento que me pareció tan ofensivo que dejé pasar la oportunidad. “Te animo a que lleguemos a un acuerdo, en el que La Vanguardia sea tu mujer y El Mundo tu amante”. En fin, digamos que mi condición de monógamo versátil impidió que prosperara el proyecto. Como dirían las grandes firmas del periodismo español, que no cito por autocensura, nada había que no fuera legal, ni en su propuesta ni en mi rechazo. No volvimos a hablar nunca más.

Frente a quienes se espantan de sólo pensarlo, soy lector cotidiano de tres periódicos en castellano –que pago yo y no me regalan–: La Vanguardia, El País y El Mundo– y confieso sin rubor alguno, como profesional, que el único que en ocasiones me sorprendía era El Mundo, que ha tenido hasta ahora la capacidad de ir recogiendo restos de los naufragios periodísticos de los otros y dándoles un hueco más que digno.

Probablemente ese invento se acabó, pero Pedro J. volverá; es cuestión de contratos. Apostó fuerte y el eminente lector de Marca decidió acabar con él porque estaba trabajándole los márgenes de un Partido Popular metido en el pozo de la rentable mediocridad. ¿Sin principios? Seamos sinceros y pongamos un ejemplo, sólo para contrastar. ¿Reaccionario? Fue el único que reprodujo la divertida foto de las Femen ante Toño Rouco Varela con la pintada en su bien modelado cuerpo: “Toño, fuera de mi coño”. Aguda vulgaridad en la mejor tradición castiza. Por cierto, cuando se las hacían a la Iglesia ortodoxa ocupaban la primera página de nuestros diarios.

El periodismo quizá sea un oficio para gente con sensibilidad y sin conciencia. Es verdad que los hay con mucha conciencia financiera y exquisita sensibilidad gastronómica, pero ya es otra cosa. Son ejemplares sin sorpresas, expertos en balances, publicidad y bailar el agua a quien está nadando en la opulencia; esas piscinas de la recuperación económica, tan citada. Un país que aún está esperando que se juzgue a tantos delincuentes de altura y que ha asumido con la mayor tranquilidad mediática que sean inhabilitados los dos jueces que asumían el riesgo de destapar la trama del zoológico Gürtel, lleno de todo tipo de especies, o la desvergonzada aventura del estafador Blesa. Descabalgados por la autoridad de la Justicia, más delirante aún que la del franquismo, porque estos no tienen nada que temer como no sea perder sus piscinas, aquello que Orson Welles reprochaba a su generación de cómplices, aquella que Lillian Hellman describió en Tiempo de canallas.

Gregorio Morán

La Vanguardia (8.02.2014)

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