Demagogia fiscal

Decir que bajar o subir los impuestos es de izquierdas o que hay que hacerlo porque es bueno para todos son tonterías y mentiras

En Estados Unidos, el ingreso de las 400 personas más ricas se ha multiplicado por más de cuatro desde 1995, pero han pasado de pagar una media del 29,93% de su renta en impuestos federales a poco más del 15%. En España, los grandes patrimonios pueden tributar al 1% o incluso nada a poco que utilicen sociedades de pantalla o paraísos fiscales para gestionarlos y las empresas españolas soportaron en 2012 un tipo real del 11,6% sobre sus ganancias contables frente al 26% de media en Europa.

Eso ha sido posible gracias a las sucesivas reformas fiscales en España realizadas tanto por el PP como por el PSOE, que han concluido siempre con rebajas impositivas para los propietarios del capital, especialmente inmobiliario y financiero, y para las rentas y patrimonios más elevados.

Para justificar el continuado privilegio fiscal hacia los de arriba lo que se hace es ridiculizar y despreciar a los impuestos y a su función social a base de mentiras y demagogia. Una de las tonterías políticas más grandes que se ha escuchado en los últimos años fue la de Zapatero cuando afirmó que bajar impuestos es de izquierdas y las mentiras más clamorosas y evidentes del Partido Popular tienen que ver con ellos. Prometen siempre que van a reducirlos y critican si otros lo suben, pero lo cierto es que nadie los ha elevado tanto como Rajoy: casi en 30 ocasiones desde que gobierna.

Decir que bajar o subir los impuestos es de izquierdas o que hay que hacerlo porque es bueno para todos son tonterías y mentiras que descalifican a quien lo dice por razones elementales.

Como es bien sabido, hay impuestos de distinta naturaleza y, por tanto, con efectos diferentes. No es lo mismo ni afecta por igual a todos subir el IVA de las compresas, por ejemplo, que el de los palos de golf. Además, los impuestos tienen tres posibles y diferentes efectos. Uno es el de recaudar recursos para el sector público, otro el de favorecer o desincentivar unas actividades económicas u otras y, el tercero, redistribuir la renta recayendo en mayor o menor medida sobre las distintas personas físicas o jurídicas. Por tanto, afirmar que siempre es bueno bajarlos o que al hacerlo se beneficia siempre a todos o a toda la economía es sencillamente falso.

Se puede bajar un impuesto o incluso todos ellos y aumentar así la desigualdad que a la postre puede producir una caída en la actividad económica y en consecuencia una disminución de los ingresos que haga que suba la presión fiscal. O se les puede subir buscando más ingresos, pero generar con ello un incentivo perverso para actividades que produzcan enseguida crisis o la insostenibilidad de la actividad productiva y al final menos recaudación.

Y como las personas y grupos sociales tenemos ingresos o patrimonios muy diferentes, resulta que decir que se bajan los impuestos cuando se reducen los tipos impositivos a todos por igual es una falacia pues, lejos de beneficiar generalizadamente, se sobrecarga en términos relativos a quienes tienen menos ingresos o patrimonio.

Además, las ventajas o inconvenientes de los impuestos no solo dependen de su cuantía, sino del beneficio que proporcionan los recursos que generan. Casi siempre que se dice que se bajan, se bajan solo a los de arriba, y los de abajo, que son la mayoría de la sociedad, lo suelen pagar muy caro por la merma que sufre, por otro lado, la provisión de servicios públicos.

La reciente propuesta de Izquierda Unida para revisar el sistema fiscal andaluz ha vuelto a destapar el tarro de esas esencias carcas contra los impuestos que no tienen otro efecto que mantener los privilegios a los mismos de siempre. Pero aquí tenemos impuestos mal utilizados, actividades que conviene promover y otras desincentivar, una gestión tributaria deficiente (hay unos 1.700 millones de euros pendientes de recaudación) y la misma o mayor inequidad que en el resto de España. Así que no es demagogia fiscal ni engaño lo que necesitamos, sino rigor y más coraje frente a la injusticia.

Juan Torres López, El País, 27-09-2013

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