Pacto de silencio

¿Cómo quieren nuestros políticos que les tengamos respeto si no se respetan a sí mismos? Aún siento el eco retador de Alicia Sánchez Camacho contra Método 3 por unas escuchas ilegales en el restaurante La Camarga de Barcelona cuando comía con la examante de Jordi Pujol Ferrusola, y en las que se ponía al descubierto prácticas de evasión fiscal del hijo mayor del expresidente de la Generalidad. Su indignación le llevó a querellarse contra los espías por lo civil y por lo penal. Olió entonces a chamusquina, y hoy directamente a chanchullo, después de que Sánchez Camacho haya llegado a un pacto de silencio con la empresa de espionaje. Ella retira las querellas y «las partes acuerdan que el contenido de la grabación se mantendrá en secreto ante terceros y se prohibirá expresamente su reproducción». Lamentable.

En una época de corrupción y opacidad, donde tanta falta hace ser consecuente con la palabra dada y llegar hasta las últimas consecuencias judiciales, ella puede compartir el impulso a una ley de transparencia y enterrarla a la primera ocasión que se le presente. De la peor manera: vendiéndose por 80.000 euros. La excusa perfecta.

Si nos permitimos dudar de su honestidad es porque ella ha impedido con el pacto de silencio a que ha llegado con Método 3 que podamos saber la verdad sobre lo que allí se coció, y por lo que ella se indignó. Pero sobre todo porque al oponerse a juzgar a una empresa que supuestamente cometió un delito está impidiendo que el Estado de Derecho llegue al fondo del asunto y condene prácticas que van contra principios constitucionales, como el derecho a la intimidad. Y quién sabe si algo más.

Son tiempos en que la política necesita revestirse más que nunca de grandeza moral. Hemos comprobado que las reglas para controlar el poder son imprescindibles, pero no suficientes. Quienes las aplican han de ser personas honestas, y Alicia Sánchez Camacho ha demostrarlo no serlo. O mintió antes cuando se indignó y exigió transparencia, o miente ahora para impedirla.

Las sospechas están por doquier. Alcanzan a casi todos los políticos, no sólo a ella. Y sus formas son muy variadas. Miren si no qué oportuna estuvo la Agencia Tributaria para cometer un error imposible. Una ocurrencia tan desmesurada como el geniecillo maligno de Descartes. ¿A ver si todo ha sido un montaje para relativizar el resto de acusaciones contra la infanta? De momento, Artur Mas ya ha recogido sus frutos ante el informe de la Fiscalía Anticorrupción que atribuye a su partido el cobro de 6,6 millones de euros en «comisiones ilícitas» del Palau de la Música por un «acuerdo criminal» con la constructora Ferrovial: “La palabra de la Fiscalía no es la palabra de Dios. Ha cometido errores muchas veces, y estoy convencido, que en este caso, será un error”, ha sentenciado, a rebufo de la pifia de Hacienda con la infanta.

¡Como para descentralizar el Poder Judicial, según propone Rubalcaba! Si el TSJC fuera la última instancia judicial en Cataluña, ¿alguien cree que la corrupción del Palau sería alguna vez investigada y sus responsables condenados?

Alicia Sánchez Camacho ha quedado deslegitimada para pedir transparencia en la financiación ilegal de Convergencia o de cualquier otro. Su donación a Cáritas de los 80.000 euros que han sellado su propia implicación en las escuchas es de cartón piedra, una forma ruin de vender altruismo cuando sólo ha sido la tapadera para ocultar sus propias vergüenzas.

Antonio Robles, Libertad Digital, 20-06-2013

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