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¿Qué pacto y para qué?

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En diversas ocasiones he defendido que para salir de la crisis en España es preciso un gran acuerdo social. Los problemas económicos no tienen soluciones económicas sino políticas. Y mucho más los que presentan una dimensión tan grande como los que estamos sufriendo, que no vienen solo del impacto de una crisis exterior ni de simples perturbaciones financieras internas sino de la coincidencia de todo ello con una falla generalizada de todo el modelo productivo, de las pautas de consumo y de reparto dominantes y del tipo de relación que venimos manteniendo con la unión monetaria a la que pertenecemos.

Es imposible salir de esta situación mediante el arbitrio de un solo partido, por muy nítida que sea su mayoría en el parlamento como ahora ocurre, y menos cuando al mismo tiempo se empeña en imponer un modelo ideológico cerrado y excluyente a toda la sociedad en materia educativa, religiosa, cultural, comunicativa o política. Es una quimera pensar que así se puede salir de una crisis tan amplia porque la terapia que ésta requiere se basa en el concurso de una gran mayoría social, con independencia de su ideología o sensibilidad política, y no de una mera superioridad parlamentaria.

¿Cómo acabar con la corrupción asociada al dominio de la banca y de la deuda o con el fraude que se han convertido en cultura, adueñándose de los partidos e incluso de parte de la ciudadanía, si no es con la complicidad de todos? ¿Cómo hacer frente a una Europa, o más particularmente a Alemania, que impone un modelo egoísta y manifiestamente incapaz de dar salida a la crisis, si no es igualmente con una mayoría social muy amplia, consciente y movilizada por lo que pasa? ¿Puede un solo partido, por muy cómoda que sea su mayoría absoluta, depurar las responsabilidades por los daños, por los robos y estafas que hemos sufrido? ¿No es ya evidente que nada de eso se puede hacer con el viejo modo de hacer política que predomina?

En lugar de esto, lo que para colmo está ocurriendo es que una minoría social privilegiada impone su proyecto económico, financiero y político a través de un partido que venció en las elecciones engañando al electorado sobre sus verdaderos propósitos. Las encuestas muestran que esa traición solo produce desafección entre sus votantes y frustración en sus filas, como le ocurrió al Partido Socialista. Y los hechos demuestran también que ese proyecto no solo no permite resolver los problemas económicos que tenemos sino que los agudiza.

En el transcurso de unos pocos meses de gobierno, el Partido Popular ha llevado a cabo las contrarreformas más reaccionarias y contrarias al bienestar social de los últimos decenios. Ha hecho saltar por los aires los derechos sociales y ha llevado a mínimos prestaciones o servicios públicos fundamentales sin que eso se haya traducido en la mejora de la situación económica. El paro aumenta (como tendremos ocasión de volver a comprobar cuando se corrija un efecto estacional aparentemente positivo pero que está precisamente provocado por la mayor destrucción de empleo anterior), la deuda también crece e incluso el saldo comercial exterior mejora por el empobrecimiento interior (pues el crecimiento de las exportaciones es el más bajo de los últimos años). Y eso por no hablar de otros indicadores socioeconómicos relativos a la innovación, igualdad, pobreza. mortalidad o exclusión social.

Rajoy, lejos de sumarse a quienes denuncian el efecto perverso y devastador de la austeridad mal entendida (que se limita a recortar el gasto público que es el único empuje que ahora podría recibir la actividad privada para crear empleo y riqueza e impulsar una renovación del modelo productivo), se pliega ante Europa y no pone con claridad sobre la mesa los verdaderos problemas que la están llevando de nuevo a una recesión, que ahora seguramente será más prolongada y aguda que la primera: el papel del Banco Central Europeo, el desastroso diseño del euro que solo proporciona soberanía monetaria a un solo país, la carencia de política fiscal y de otras instituciones comunes y, como he dicho, la aplicación de la política de austeridad con un fundamentalismo ciego que solo beneficia a los bancos y a las grandes corporaciones.

Nunca un gobierno se había ganado una animadversión tan contundente y rápida. Y nunca se había manifestado tan claramente incapaz de dar solución a los problemas económicos. Hasta dentro de sus propias filas las conspiraciones se suceden y las críticas a Rajoy y a su equipo de gobierno se multiplican día a día.

Por eso no puedo entender que en estas circunstancias la dirección del Partido Socialista se ofrezca a pactar con el gobierno en lugar de hacerlo con la sociedad, que es a quien hay que ofrecer un compromiso firme de defensa frente a las agresiones que está llevando a cabo el gobierno.

No puedo entender que los dirigentes socialistas se presten a darle aire a un gobierno y a un partido que destruyen los servicios públicos, que están en guerra con los sindicatos, que han dejado de aplicar e incluso dinamitado las leyes más avanzadas que el propio Partido Socialista puso en marcha con tantas dificultades, que no dejan pasar ni un día sin agredir a la sociedad con medidas de recortes y pérdida de derechos, que anteponen los intereses de mafias o los dictados de la jerarquía católica a los de la mayoría de la sociedad, que no respetan libertades esenciales y que usan su mayoría parlamentaria para controlar a su antojo los medios públicos y las instituciones del estado.

Ya fue difícil de entender que el Partido Socialista no hiciera autocrítica de la actuación de su gobierno en la anterior legislatura y que se presentara de un día para otro ante la sociedad como si nada hubiera pasado, como si las votaciones de sus parlamentarios traicionando los ideales y las preferencias de su militancia y electorado no significaran nada, o como si las desgraciadas medidas que tomó el gobierno de Rodríguez Zapatero no tuvieran mayor importancia ni fueran con el Partido. Pero que ahora el Partido Socialista se ofrezca de muleta o zapatero remendón del Partido Popular, resulta, al menos a mi modesto entender, sencillamente incomprensible.

Basta hablar con la gente para comprobar que los españoles normales y corrientes están hartos de un modo de hacer política y de representación que ha producido tantas aberraciones, escándalos casi diarios y un régimen institucional que hace agua, desde la primera autoridad del Estado hasta la última. ¿Cómo creer que lo útil y lo que el pueblo puede considerar como deseable es dedicarse a apuntalar todo esto?

El Partido Socialista es una fuerza imprescindible para que España pueda salir adelante. Creer que se puede avanzar hacia una transformación progresista de nuestro país y conquistar más derechos y justicia sin contar con la voluntad y el empuje de los miles de socialistas que hay en España y con su gran experiencia histórica es una ingenuidad tremenda. Pero también es ingenuo lo contrario, es decir, creerse que se contribuye a defender los derechos, la libertad y la justicia convirtiéndose en los sostenedores de algo que se viene abajo y limitándose a hacer valer un «sentido de estado» del que presumen algunos dirigentes y que al final solo sirve para tomar medidas contra la mayoría de la gente.

Como decía al principio, tengo la convicción de que hace falta un gran acuerdo, pero no entre dos partidos y por arriba para fortalecer las políticas que han causado los problemas y por las que pierden apoyo aceleradamente. El reto es consolidar uno muy potente pero con la sociedad y que responda a los intereses de la gran mayoría de la población, lo cual simplemente puede manifestarse en el compromiso de llevar a cabo sus preferencias y no las de Alemania, la troika, los bancos, la patronal, o la jerarquía católica, por mucho poder que tengan. Es cuestión de abrir un amplio debate ampliamente sobre las medidas en que se traducen concretamente esas preferencias, muchas de las cuales las sabemos atendiendo a las encuestas o incluso a los programas electorales de los partidos más votados, que luego ellos mismos incumplen. Por si sirviese de algo, lo que yo creo que se necesita en España son cosas como dar un golpe en la mesa frente a Europa para poner fin a una situación de asimetría y constante perjuicio de nuestro país en el euro; hacer frente con dignidad e inteligencia a la deuda ilegítima que se ha ido acumulando; poner en marcha soluciones de verdad al racionamiento del crédito y la pérdida de ingresos; tomar medidas de justicia fiscal urgentes; pedir responsabilidades y castigar a quienes han provocado el daño que sufre España; regenerar la vida política, el régimen de partidos y las formas de funcionamiento de las instituciones del Estado.

Me parece que todo lo que no vaya en ese camino va a terminar siendo una tarea en balde, pero que costará caro a quien la emprenda y que hará sufrir aún más a la parte más débil y necesitada de apoyo de nuestra sociedad.

El Partido Socialista tiene ante sí una opción crucial pues ha de decidir si se empantana con el PP como sostén de las políticas neoliberales contra las clases trabajadoras y de una situación política y social que degenera por momentos y que cada vez más gente deplora y rechaza, o si levanta cabeza y avanza con acierto en otra dirección, hacia adelante. Ojalá acierte.

Juan Torres López, Sistema, 08-06-2013

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