El separatismo, en serio

Stéphane Dion

El movimiento separatista quebequés ha sido considerado un modelo que imitar por nacionalistas catalanes y vascos

Ha pasado unos días entre nosotros, en Madrid y en Barcelona, Stéphane Dion, el conocido académico y político canadiense considerado el inspirador, cuando fue ministro de Administraciones Públicas, de la famosa ley de la Claridad, la norma que establece el procedimiento mediante el cual puede una provincia canadiense llegar a separarse de Canadá y constituir un Estado independiente.

El movimiento separatista quebequés ha sido considerado un modelo que imitar por nacionalistas catalanes y vascos. Ciertamente, la situación de Quebec dentro de Canadá tiene similitudes con la situación de Catalunya y el País Vasco dentro de España. Es por ello que sus problemas y soluciones resultan interesantes para nuestro momento político.

En efecto, el dictamen de la Corte Suprema Federal canadiense y su consecuencia, la citada ley, así como el libro de Dion La política de la claridad (Alianza, Madrid, 2005), comentado el sábado pasado por J.J. López Burniol en este periódico, son referencias útiles que pueden ayudar a resolver la situación creada por la actual propuesta secesionista del Govern de la Generalitat. Además, la posición Dion tiene un plus de legitimidad dado que es, a la vez, un quebequés francófilo y un entusiasta de la unidad de Canadá, contrario a la secesión de Quebec.

Ya sé que desde un punto de vista nacionalista a tales sujetos se les suele denominar enemigos interiores o, aún peor, traidores a la patria. Sin embargo, en muchos casos, se trata de personas con coraje moral, resistentes ante una opinión pública dominante, que tratan de convencer con argumentos racionales a quienes sólo se dejan llevar por la emotividad de los sentimientos. Muchos deben de considerar en Quebec a Stéphane Dion como un antiquebequés, traidor a la patria.

En la conferencia pronunciada en el Col·legi d’Advocats de Barcelona, Dion se formuló dos grandes preguntas: primera, ¿es posible la secesión de una parte del territorio canadiense?; y, segunda, ¿esta secesión es conveniente para sus ciudadanos? En sus respuestas no quiso extrapolar sus posiciones más allá de Canadá pero era obvio, y flotaba en el ambiente, que eran extensibles a cualquier Estado democrático occidental, a España por ejemplo.

No fue una sorpresa la respuesta a la primera pregunta, cuyo contenido no podía diferir mucho del famoso dictamen de la Corte Suprema Federal y de la ley de la Claridad. En síntesis, sostuvo que si bien no existía el derecho a la secesión sí era posible, en cambio, siempre que una mayoría clara -es decir, más elevada que la mitad más uno- lo expresara en un referéndum en respuesta a una pregunta clara pactada previamente por las partes. No obstante, si se alcanzara esta mayoría clara tampoco se habría logrado tener derecho a la separación sino, simplemente, derecho a entablar negociaciones entre los gobiernos de Canadá y de Quebec, las cuales no debían conducir ineluctablemente a la secesión. Dion descartaba, por supuesto, una secesión contraria al derecho ya que sólo conseguiría que Quebec nunca fuera reconocido como Estado por la comunidad internacional.

Más inesperada fue su respuesta a la segunda pregunta: si era conveniente que Quebec se separara de Canadá. Dion lo enfocó desde el punto de vista de filosofía de la democracia. En primer lugar, sostuvo que «el ideal democrático alienta todos los ciudadanos de un país a ser leales entre sí, más allá de las consideraciones de lengua, raza, religión o pertenencia regional. En cambio, la secesión pide a los ciudadanos que rompan este lazo de solidaridad» en nombre de pertenencias a una lengua o a una etnia. «La secesión -dijo Dion- es un ejercicio, raro e inusitado en democracia, por el que se elige a los ciudadanos que se desea conservar y los que se desea convertir en extranjeros».

En segundo lugar, sostuvo que si la democracia se basara «en la lógica de la secesión no podría funcionar ya que invitaría a los grupos a separarse en lugar de entenderse y acercarse (…), se solicitaría la ruptura desde el momento en que se plantearan las primeras dificultades». Ahora bien, en tercer lugar, dijo Dion, todo «ello no significa que un Estado democrático deba rechazar cualquier solicitud secesionista», al contrario: «Ante la clara voluntad de secesión, puede llegar a la conclusión de que aceptar dicha secesión es la solución menos mala». Pero, concluye Dion, «un gobierno democrático tiene la obligación de asegurar que esta voluntad de separarse sea clara, conforme a derecho y con ánimo de justicia para todos».

Antes de escucharle pensaba que Dion, aun sabiendo que era contrario a la separación de Quebec, consideraría la secesión como algo moralmente lícito siempre que se desarrollara de manera democrática. Me encontré en cambio con una persona, experta en la materia, que consideraba cualquier secesión como algo rechazable y perjudicial, como un mal en sí mismo, excepto que hubiera motivos que afectaran a la libertad e igualdad de las personas. Aprendí de Dion, se toma el separatismo en serio.

Francesc de Carreras (Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB)

La Vanguardia (19.04.2013)

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