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Si queremos que la política sirva realmente a las personas, lo más básico y urgente para poner orden debería aspirarse a agrandar el alcance de las instituciones políticas, a dotarlas de agilidad en sus funciones y a garantizar la aplicación de control y de sanción a los que rompan las reglas de juego

Sabias y sensatas palabras las que Félix de la Fuente nos obsequia en su artículo ¿Debe salir Gran Bretaña de la UE? A su buen pensar, añade la autoridad del conocimiento sobre el asunto que trata. Ciertamente, la relación entre Europa y el Reino Unido es complicada por las contradicciones derivadas de un pasado de poderío colosal, de gran potencia apenas sin rival, y de un presente demasiado largo en el que debe acomodarse a un protagonismo más humilde. Siempre cuesta acomodarse a ir a menos, más aún teniendo la mirada y el parentesco con los EEUU, lo que le da un plus con el que alimentar su recelo hacia una Europa, que la expone y reduce a su real importancia en el juego del poder.

De todos modos, nos hemos acostumbrado a considerar como protagonistas a los estados, cuando esos mismos estados juegan el papel que interesa a sus dirigentes de turno. A su vez, estos dirigentes de turno son el resultado de los partidos que los respaldan, es decir, del pensamiento social predominante, sea por conciencia de intereses, sea por hábiles operaciones de comunicación manipuladora (recuérdese el liderazgo de Tony Blair).

Europa avanzará poco con dirigentes neoliberales, que ven como un estorbo a las estructuras de Estado fuertes: ello requiere retomar la socialdemocracia, sus postulados y sus objetivos como guía en el liderazgo. Mientras esté vivo y campante el neocapitalismo, la economía especulativa-financiera, el lucro a corto plazo y la libertad de capitales sin control, los que aspiramos a la construcción de Europa, como una entidad política superadora de los estados nación, debemos armarnos de paciencia, pero también de ideas. El papel de la política debe aspirar a controlar la economía y ponerla al servicio de intereses sociales mayoritarios y estables.

Para ello el ámbito del controlador debe coincidir con el ámbito de lo controlable; no sólo el ámbito geográfico, sino también el temporal. Hoy, la política está muy lejos de poder controlar la economía: piénsese que la economía actúa sobre un mercado global, por definición, fuera de control por su universalidad. Además, también dispone de recursos para la impunidad, los llamados paraísos fiscales, fuera de las reglas y del los que pueden aplicarlas.

Considérese también que las acciones y decisiones económicas disponen de herramientas para la acción inmediata a través de la informática y de las redes; muchas de esas acciones y decisiones se realizan de manera automática, previamente programada y supeditada a determinados umbrales, índices, ratios y señales para su realización. Así se mueven cantidades ingentes de dinero de fondos de pensiones y de inversión, con capacidad de desestabilizar y de empobrecer a millones de personas, que ni se enteran, ni puede aplicar remedios muy distintos a la resignación y el fatalismo.

Por tanto, si queremos que la política sirva realmente a las personas, lo más básico y urgente para poner orden debería aspirarse a agrandar el alcance de las instituciones políticas, a dotarlas de agilidad en sus funciones y a garantizar la aplicación de control y de sanción a los que rompan las reglas de juego.

La construcción de Europa como entidad política unificada no es toda la solución deseable para el mundo, pero puede ser un paso de gigante de consecuencias universales, tanto en lo político como en lo económico. Pero es que, además, no tenemos otra alternativa, salvo refugiarnos en nuestra concha de caracol y languidecer con melancolía, mientras el mundo se las arregla como puede, a pesar nuestro.

Olegario Ortega, La Voz de Barcelona, 07-02-2013

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