Un proyecto de España en Cataluña

Reparen en que no digo un proyecto de Cataluña para España, ni un proyecto español para Cataluña. Remarco un proyecto de España en Cataluña. Porque el miedo al abismo independentista ha dejado claro lo que era obvio: en Cataluña nunca hubo una mínima estrategia para preservar su cultura, su lengua y los lazos emocionales imprescindibles para evitar la ruptura sentimental con España. En su ausencia, el catalanismo ha trabajado incansablemente en las escuelas, se ha adueñado de los medios y ha ejercido desde las instituciones nacionalistas toda la fuerza de los presupuestos para socavar los cimientos del Estado.

Sibilino en las formas, y fundamentalista en los fines, el gran timonel Pujol supo dónde llegar desde que tuviera una visión redentora en la montaña sagrada, a la que le llevó su tío siendo él aún un niño. Desde la cima contempló la tierra prometida, que debía ser liberada del invasor español. Estas fuerzas telúricas del alma han sido y son aún la verdadera fuerza interior que llevó a Jordi Pujol a convertir su acción de gobierno en una obsesión por borrar a España de Cataluña, como tantas veces se ha advertido, por fin se puede decir sin que resulte esperpéntico.

La ficción de la Diada independentista y el órdago de Artur Mas nos han abierto los ojos a todos, incluso a parte del electorado pasivo que nunca votaba en las autonómicas. Esos hechos y las alarmas disparadas en la conciencia de los españoles de que esto va en serio nos han ayudado ahora y nos ayudarán en el futuro. Es el mejor fruto de estos comicios.

El primer asalto al Estado ha fracasado; pero no se llamen a engaño, el independentismo ya es un proceso, y todo proceso, una vez puesto en marcha, sólo necesita tiempo para lograr sus fines. A no ser que fuerzas en sentido contrario lo ralenticen o lo aborten. Y aquí entra la necesidad de un proyecto de España en Cataluña. La naturaleza de esa necesidad ya la esbocé en «Tanques y hegemonía cultural», lo que me disculpa de volver a teorizarla.

Pasados los efluvios de esa batalla ganada, el proceso no nos augura nada bueno. Los números no nos permiten engañarnos. Los independentistas puros, CiU, ERC y CUP, suman 74 escaños (mayoría absoluta); si además les añadimos los enmascarados y colaboracionistas, caso de ICV-EUiA, la suma llega a 87 escaños, uno más que en las elecciones anteriores. En total, 1.734.852 votantes si solo contamos a los independentistas heavy, y 2.093.709 si les sumamos los 209.910 de los ecosocialistas independentistas de ICV-EUiA.

Frente a ellos, los constitucionalistas, PSC, PPC y C’s, suman 48 escaños (uno menos que en las anteriores) y 1.268.455 votos, unos 200.000 más que en los comicios anteriores. El aumento en términos relativos es superior, pero en términos absolutos los independentistas aumentan 9.908 votos más que los constitucionalistas.

¿Esto significa que el independentismo es irreversible? ¡No!, al contrario, su número máximo de votos (2.093.709) sólo representa el 38,67% del censo electoral (5.413.510). Sin contar con que en un hipotético referéndum la votación sería muy distinta y que la capacidad de crecer del bloque constitucionalista todavía es muy amplia. O dicho de otro modo, los independentistas han votado todos, pero no todos los constitucionalistas han despertado.

Afortunadamente, entre los ciudadanos no nacionalistas hay síntomas de que el abismo independentista les ha sacado de la indolencia. El 12 de Octubre fue una demostración; los 9 diputados de C’s, otra. Siempre sostuve que el problema de España no eran los nacionalistas, sino la pasividad de los españoles. Hoy esa indiferencia se ha convertido en preocupación y acción.

Todavía hay partido. Aunque Federico Jiménez Losantos crea que todo está perdido, quienes hemos estado en la brecha desde los años de plomo sabemos que solo se pierden las batallas que no se dan. Y en Cataluña ya ha cuajado la antítesis hegeliana contra la tesis nacionalista.

Antonio Robles, Libertad Digital, 29-11-2012

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