Pobre Cataluña, pobre Catalunya

Miguel de Unamuno

No dejemos que el nacionalismo ocupe el espacio público y protagonice las fiestas de todos; ni siquiera dos veces al año. La Cataluña plural necesita de celebraciones plurales en las que los ciudadanos que, normalmente, se quedarían en casa salgan. Ni el 11S puede ser ocupado por el nacionalismo catalán –en este sentido aplaudo el acto alternativo que se organiza todos los años-, ni el 12O por el nacionalismo español, como ha sucedido hasta ahora

Cuando el 17 de julio de 1936 parte del Ejército español se levanta contra el Gobierno de la II República, Miguel de Unamuno -probablemente el intelectual de mayor prestigio en la España de entonces- apoya a los sublevados, pasando a formar parte del Consistorio salmantino como concejal y siendo destituido de su puesto de rector vitalicio (honorífico) por el presidente de la República, Manuel Azaña.

El Gobierno nacionalista de Burgos lo repone en su cargo de rector. Sin embargo se acumulan las cartas de familiares, de amigos y conocidos que han sido detenidos, pidiendo que interceda ante las autoridades nacionales para evitar sus fusilamientos. El 12 de octubre de 1936 durante la apertura del curso académico, que coincide con la Fiesta de la Raza decretada por los nacionalistas, Unamuno improvisa un famoso discurso en el que sentencia:

“Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

Millán Astray, fundador de la Legión, se enfrenta a Unamuno, quien sólo se salva por la intervención personal de la esposa de Francisco Franco, Carmen Polo, que lo saca de la Universidad. Ese mismo día, el Ayuntamiento de Salamanca lo destituye como concejal, y diez días después Franco le aparta del cargo de rector y lo confina en su domicilio bajo arresto domiciliario hasta su muerte el 31 de diciembre de 1936.

Me temo que la intelectualidad que ahora apoya la secesión de Cataluña de España acabaría sufriendo la misma catarsis que sufrió Unamuno en el 36, de proclamarse algún día un nuevo Estado catalán. Para aquellos que odian la inteligencia, no importa la fractura social entre catalanes nacionalistas y no nacionalistas; no importa el aislamiento internacional que supondría. No les importa porque nos imponen un momento de máximos sin espacio para los grises ni lugar para los tibios. En Cataluña, como en España entonces, hay una epidemia de locura. Esto es el suicidio moral de Cataluña; parafraseando a Unamuno: una salvajada anticristiana, antiespañola y antieuropea que nos lleva, inevitablemente, a un estúpido régimen de adhesión o enfrentamiento.

La manifestación del 11S que hemos vivido en la última Diada no hubiera sido posible sino en un momento de crisis profunda como la que sufrimos en el mundo, Europa y España, en especial. Pero tampoco, sin el maridaje entre el nacionalismo económico, político y religioso que viene tejiendo sus redes –mediáticas, asociativas y de todo tipo-, pacientemente, a la espera del golpe anticonstitucional final en el momento oportuno que, al parecer, ha llegado.

Ya es demasiado tarde para un diálogo sin respuestas contundentes. Los ciudadanos catalanes opuestos a la locura -los que no quieren vivir en un Kosovo o como una minoría rusa a la báltica, donde los derechos fundamentales les serían pisoteados- debemos unirnos y darla adecuadamente. La manifestación propuesta para el 12 de octubre próximo ha comportado las reticencias de quienes ven en ella un choque entre identidades. Sin embargo, en realidad, esconde los prejuicios de unos, y el tacticismo o el oportunismo de otros.

No es casualidad, por tanto, que haya nacido en la red y que se haya expandido en la misma superando a sus iniciales creadores y cobrando vida propia. No dejemos que el nacionalismo ocupe el espacio público y protagonice las fiestas de todos; ni siquiera dos veces al año. La Cataluña plural necesita de celebraciones plurales en las que los ciudadanos que, normalmente, se quedarían en casa salgan. Ni el 11S puede ser ocupado por el nacionalismo catalán –en este sentido aplaudo el acto alternativo que se organiza todos los años-, ni el 12O por el nacionalismo español, como ha sucedido hasta ahora.

No os dejéis engañar por cantos de sirena, ni manipular por los que ven en ella la oportunidad para denostarnos; ese día todos debemos dar un paso al frente y acudir en masa para decir no al engaño y a la manipulación, en un acto festivo y sin reproches, pero, con la seguridad de los que sabemos que sólo en la calle se ganan las personas, día a día, su condición de ciudadanos libres e iguales. Por eso ese día me encontrareis con toda mi familia en la Plaza de Cataluña de Barcelona sin banderas, para dar una oportunidad a la inteligencia, a la razón y al reencuentro entre catalanes. En palabras de Mario Vargas Llosa, combatiendo esa “doctrina pequeñita y mezquina que empobrece la cultura”; siguiendo a Machado, “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”; para rendir tributo a todos los represaliados, exiliados y muertos en nombre de ella, como Francisco Tomás y Valiente –ex presidente del Tribunal Constitucional, que en 1995, acababa una conferencia (Soberanía y Autonomía en la Segunda República y en la Constitución de 1978) en Barcelona, citando las palabras de Josep Tarradellas, pronunciadas en Santander en 1981, cuando la amenaza, después conjurada por el Alto Tribunal, se cernía sobre las Comunidades ya constituidas buscando la igualación a la baja: “… hay que tener la tozuda voluntad de ser esclavos de un alto sentido de la responsabilidad y de una apasionada ambición de hacer de España un Estado soberano sin ninguna clase de complejos, para que todos sus pueblos y sus hombres alcancen el grado de libertad y bienestar que nuestro país justamente merece, es decir, crear un Estado fuerte y democrático”.

¡Qué no tengamos que reprocharnos nada, como le pasó a Don Miguel!:

“¡Qué cándido y qué ligero anduve al adherirme al Movimiento de Franco, que se ve arrastrado en ese camino de perdición. La dictadura que se avecina va a ser la muerte de la libertad; de la dignidad del hombre. Todos cuantos están emigrando no volverán a España; no podrán volver, como no sea a vivir aquí desterrados y envilecidos. Pobre España, pobre España”.

Antonio-F. Ordóñez Rivero, letrado e inspector de Hacienda del Ayuntamiento de Barcelona

La voz de Barcelona (29.09.2012)

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