‘Titanic’

Viñeta 

Está teniendo un amplio despliegue mediático el centenario que se cumple en estos días del hundimiento del Titanic. Ciertamente se trató de un acontecimiento con fuerte impacto en su época, pero asimismo existen inquietantes paralelismos con la situación actual que merecen atención.

El Titanic zarpó bajo una aureola de arrogante convicción en la imbatibilidad de una nueva generación tecnológica. Con una arrogancia similar a la que dominaba en los años anteriores a la actual crisis, cuando las élites utilizaban la ortodoxia económica y sus terminales mediáticas para pregonar haber accedido al pleno control de los ciclos, haber desentrañado los arcanos del crecimiento, y contar con los instrumentos económico-matemáticos para gestionar sin problemas los riesgos financieros. Y, cabría añadir, con una arrogancia sólo equiparable a la hoy utilizada para presentar como única solución sus fórmulas para afrontar los gravísimos efectos económicos y sociopolíticos que esa misma arrogancia propició. Al estilo de la obra de George Orwell, parecen reescribir la historia para presentarse como solucionadores los que fueron causantes de la crisis. Lo que el escritor inglés vaticinaba para 1984 se estaría cumpliendo en este 2012.

Como en la gestión de los riesgos del Titanic, cualquier referenciamínimamente crítica a que la tecnología no eliminaba los problemas de fondo, sino que obligaba a una especial responsabilidad en la utilización de medios cada vez más poderosos, era descalificada antes de la crisis de forma despectiva. “Esta vez es diferente” volvía a ser, como nos han recordado lúcidamente Reinhart y Rogoff, la coartada para ignorar las lecciones de la Historia. No hacían falta botes salvavidas para todos porque el Titanic era insumergible. De manera análoga, se nos decía que no hacía falta preocuparse por los diferenciales de inflación o los déficits exteriores que superaban los umbrales razonables, ya que eran resultados de decisiones optimizadoras.

Contradiciendo la más elemental sabiduría ancestral, se nos pretendía convencer que aumentar la dependencia del ahorro exterior, que se nos presentaba como eternamente disponible de forma abundante y barata, no debía ser objeto de especial preocupación. Se fueron desmantelando o dejando deteriorarse en base a ello indicadores prudentes de alarma y válvulas de seguridad.

Y, como en el Titanic, cuando finalmente sucede lo que sucede, los daños entre los pasajeros se distribuyen de forma muy desigual. No hay salvavidas para todos, pero los daños en primera clase fueron sustancialmente inferiores a las tragedias en tercera clase. De las clases medias, los pasajeros de segunda clase, no se acuerdan ni las películas que recrean el desastre de 1912. Tal vez tampoco lo hagan, a la vista de la eutanasia que está suponiendo la crisis para esas clases medias, los libros de historia que relaten los acontecimientos circa 2012.

Juan Tugores Ques. Catedrático de Economía de la UB.

La Vanguardia (11.04.2012)

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