Dictadura

PericlesEl ascenso y caída del imperio romano ha venido siendo la referencia clásica para situar en perspectiva histórica cambios de alcance. Son hoy habituales las apelaciones a sus lecciones acerca de cómo se producen relevos en la hegemonía mundial cuando las sociedades que venían ostentando el liderazgo se ven atrapadas en una dinámica de endeudamiento económico, conflictos sociopolíticos y relajo de valores, que tienen como contrapartida el ascenso de opciones alternativas con empuje y sin manías.

Ahora que la situación en Italia está en primer plano, tal vez no sea impertinente recordar una de las instituciones que los romanos utilizaban en situaciones de emergencia. Consistía en transferir durante un periodo de tiempo todos los poderes importantes a una persona para que, sin las restricciones de los procedimientos habituales, adoptase las medidas que la urgencia requiriese. La denominación que recibía esa persona con excepcionales facultades para dictar resoluciones era precisamente la de dictador. Su nombramiento, en principio, requería la aquiescencia de los órganos de gobierno tradicional, como los cónsules y el Senado, y para subrayar la excepcionalidad se limitaba temporalmente la capacidad para ejercer la dictadura. Urgencias militares, tensiones sociopolíticas u otras dificultades excepcionales eran la coartada esgrimida para, de facto, dejar en suspenso los mecanismos de funcionamiento político ordinarios percibidos como lentos e ineficientes para afrontar situaciones delicadas.

Con el paso del tiempo, las prudentes garantías del poder excepcional se fueron degradando. En el siglo I a. C. fue un serio aviso el ejercicio de la dictadura por parte de Lucio Cornelio Sila, tras una brillante carrera que le llevó por toda Europa como líder de la facción de los optimates (literalmente, mejores o excelentes), que consideraban que las concesiones a sectores más amplios de la población habían ido demasiado lejos. Poco después se produjeron nombramientos de dictadores con voluntad de perpetuidad, y luego la transferencia del poder a un emperador. Lo malo de esos poderes excepcionales es que se sabe cómo empiezan pero no cómo acaban… O sí: ahí están las lecciones de la historia.

Siglos antes, la Atenas que había alumbrado la democracia bajo Pericles había sucumbido tras una breve hegemonía ante otras sociedades más agresivas y jerarquizadas. Tampoco en Grecia se supieron salvaguardar los valores de una forma de organizar la convivencia basada en los valores compartidos por la ciudadanía. Los errores de sus defensores, importantes entonces -como ahora-, fueron bien aprovechados por quienes nunca habían aceptado lo que significa democracia. Grecia, Italia, excepcionalidad, emergencia. ¿Va a ser cierto que la historia muy a menudo se repite?

Juan Tugores Ques. Catedrático de Economía de la UB.

La Vanguardia (15.11.2011)

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