Malestar general

Fernando SavaterArrogancia y prepotencia pueden corregirse, pero dudo que puedan curarse con medicinas

Entre las dolencias del espíritu y las del cuerpo siempre nos hemos hecho un poco de lío. Lo cual tiene su lógica, porque no hay como obstinarse en buscar al uno para tropezar con el otro. Ya nos advirtió Pascal que quien quiere hacerse el ángel suele acabar haciendo el bestia (no hay nada más peligroso que un santo suelto) y supongo que también es cierto lo opuesto, porque nadie más angélico que quienes se empeñan en ser animales como los demás. De modo que solemos hacer diagnósticos clínicos sobre los vicios, mientras que reprochamos las enfermedades como síntoma o castigo del desorden moral. Lo dicho: un lío.

El fogoso Dominique Strauss-Khan ha vuelto a Francia, donde uno de los santones de su partido -Michel Rocard- le ha calificado nada menos que de «enfermo mental» por su falta de control en los negocios sexuales. Sin embargo, las acusaciones contra el referido no fueron tanto por una concupiscencia insaciable como por falta de respeto a la libertad del prójimo: no es lo mismo tener buen apetito que ser antropófago. Seguramente la arrogancia y la prepotencia pueden corregirse (a base de sustos como el que se ha llevado DSK, por ejemplo) pero dudo que puedan curarse con tratamientos médicos. Sin duda hay quien obtiene ganancias de gestionar los antiguos vicios como «adicciones» y convertirlos en trastornos psicosomáticos: lo que está por ver es si ese paso de la moral a la higiene mejora realmente a las personas además de modificar a veces sus conductas. Yo soy de los que prefieren ser malo a estar malito, aunque me quede en minoría.

Pero aun así, me molesta la indebida moralización de las enfermedades, que es el reverso de lo que acabo de comentar. Algunas de las mujeres que más me han querido y a las que he querido más, empezando por mi madre, me han desesperado convirtiendo cada uno de mis resfriados o de mis indigestiones en el justo castigo de mi mala conducta: «Claro, como vuelves a las tantas…», «si te hubieras quedado en casa estudiando en lugar de ir al hipódromo…», «si no te empeñases en tomar bacón en el desayuno…», «si no te hubieras bañado con sirimiri para impresionar a esa chica…». Inevitablemente, la recuperación de la salud pasaba a su entender por privarme de placeres: «Pues no fumes», «pues no bebas», «pues no comas esto o lo otro», «pues no salgas o no vayas adonde te apetece», «pues no…», en fin, pues no hagas lo que quieres hacer. Resumen: goza, peca y te pondrás enfermo; sufre, renuncia y mejorarás. Según estas celosas guardianas del orden cósmico, no hay dolencia inocua ni inocente: todas son síntomas de culpabilidad. Para ser ecuánime, aclaro que también hubo mujeres en mi vida que alentaron mi afán de transgresiones: con ellas casi siempre me puse malo, pero nunca me sentí mal.

¡Qué le vamos a hacer! Los límites del cuerpo y del espíritu son borrosos, sus malestares se confunden, sus trastornos se interfieren. La higiene es una forma de moral y viceversa. Los promotores de la mens sana in corpore sano no están proponiendo un bello ideal sino formulando un axioma culpabilizador. ¿Quién se atreve hoy a negar que la obesidad es un pecado y la ambición una dolencia? Consideramos un atraso que los pueblos primitivos declaren que cualquier patología se debe a la animadversión de un hechicero, que todo mal es mal de ojo y que nadie muere por causas naturales sino por haber pisado la raya roja, aunque sea inadvertidamente. Pero también en el siglo XX hubo quien declaró que el sida era un castigo divino contra los viciosos… Ser consecuentemente morales nos resulta difícil, pero pretender ser naturales es sencillamente imposible.

Fernando Savater

El País (27.09.2011)

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