Empapados

Cartel de la Jornada Mundial de la Juventud 2011Dejemos claro, para empezar, que los insultos y hasta agresiones que han sufrido algunos participantes de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid son intolerables. Sus hostigadores son probablemente mastuerzos de la misma piara que acosó en su día a los parlamentarios catalanes en Barcelona. Por falta de costumbre de tener ideas, hay gente que cuando se les mete una en la cabeza enferman de rabia y muerden al prójimo. En el País Vasco llevamos tanto tiempo padeciéndoles que ya casi forman parte del mobiliario urbano.
Pero esa minoría fanática, que cree combatir la inquisición y en realidad forma parte de sus nostálgicos, no invalida las razones de quienes han protestado pacíficamente contra la parafernalia papista que ha anegado la capital. ¿Son anticlericales? Pues sí, lo cual es una opción ideológica tan lícita como ser devoto o meapilas y a mi juicio más razonable. Y motivos de indignación no les faltan. Que el papa venga a España y jóvenes o menos jóvenes de todo el mundo se congreguen para celebrarlo no tiene desde luego nada de malo. Que el pontífice predique lo que crea conveniente, tampoco, porque es su forma de ganarse la vida y no hay obligación de hacerle caso. Pero que en nuestro país, cuya Constitución establece inequívocamente que «ninguna creencia religiosa o iglesia tiene carácter estatal», se inviertan fondos públicos en el financiamiento de ese espectáculo doctrinal ya es cosa que resulta menos aceptable.
Y aún peor que el ilustre gurú sea recibido en el mismísimo aeropuerto por la realeza, el jefe del Gobierno, el presidente del Tribunal Constitucional y no sé cuantos más cargos públicos. Todo ello para enterarnos luego de que el catolicismo está hoy perseguido en España. Hombre, menos mal: si se le trata así estando perseguido, de no estarlo es de suponer que vendría la Policía a casa para llevarnos esposados a misa.
Llegados a este punto, algunos suelen recordar que el papa es un Jefe de Estado. Creo que serían más prudentes no sacando el tema a colación. Primero, porque es difícil imaginar que se diera tal despliegue de personalidades si nos visitase el recién casado Alberto de Mónaco o el Gran Duque de Luxemburgo, por citar mandatarios de Estados de similar fuste al Vaticano. Y en segundo lugar, porque los dominios papales son una teocracia disonante con el resto de democracias europeas, que no ha firmado la declaración de derechos humanos de la ONU ni aplica algunos de ellos en su territorio. Por ejemplo, la igualdad política de ambos sexos -desde la infortunada Juana las papisas no abundan- o la libertad de conciencia de los cargos públicos. De modo que más vale que esa jefatura de estado papal nos la tomemos a beneficio de inventario o ‘tongue in cheek’, como dicen los anglosajones. De otro modo, los motivos de protesta aumentarían en lugar de disminuir.
Pero es que, además, tampoco faltan argumentos ideológicos para la crítica. Los escépticos preferimos discutir lo menos posible de teología, pero hay gente que se la toma en serio y están en su derecho. Si oyen que hay que radicalizar la fe y combatir el laicismo, se sienten convocados lógicamente a la polémica porque se atacan sus convicciones. Después de todo, reivindicar el laicismo efectivo y no retórico -los beatos lo tildan de «agresivo» porque se empeña en llevarles la contraria- es defender la modernidad ilustrada y la democracia pluralista, algo que no está nada mal. El papa regaña a quienes «creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos». Yo no sé de dónde se han sacado lo de la enorme profundidad del pensamiento de este buen señor, que es banal hasta decir basta. Porque el racionalismo humanista no cree que los hombres sean dioses, sino que no hay dioses y por tanto debemos buscar juntos la fundamentación de nuestros valores a partir de lo que somos y pese a nuestras evidentes limitaciones. A eso llaman «relativismo» los que tan pronto culpan al hombre de creerse Dios como de no aceptar un Absoluto a su imagen y semejanza.
Durante la visita pastoral, brotaron como hongos teólogos improvisados en prensa y radio -algunos bastante inesperados, la verdad- para proclamar que sólo regresando al mensaje católico libraremos de corrupción nuestra vida pública y de algaradas nihilistas nuestras calles. Ya hace más de ochenta años escribía Pío Baroja que «es curioso el notar cómo la gente beata y religiosa, que podría ver en sí misma que no posee casi nunca virtud alguna y que tiene las mismas malas pasiones que los demás, cree que basta ser practicante de la religión para ser bueno» (‘Las mascaradas sangrientas’). Puede completarse esta obvia reflexión considerando que los países más católicos del mundo -España, Italia, Polonia, los hispanoamericanos, etc.- no son precisamente los que garantizan mejor los derechos cívicos y la equidad social. Y en todo caso, si no hay más remedio aceptaremos el Via Crucis, pero, por favor, que la subida al Gólgota sea voluntaria y que no vaya presidida por las autoridades electas.
Fernando Savater
Diario vasco (28.08.2011)
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