El modelo quebecois

Jordi PujolEn enero de 2011, Jordi Pujol, el gran estadista español, centró su apuesta política para Cataluña en una «solución tipo Quebec», cuyo sistema de autogobierno calificó «de excepcional». No sabría precisar si esto fue un minuto antes o un minuto después de anunciar que se había vuelto independentista, como el que anuncia que después de una vida depravada quiere morir en paz con el Señor. En cualquier caso, la declaración remataba treinta años de bobadas sobre el Quebec y Cataluña, a las que yo quiero adherirme aunque sea por 2.17, que es el tiempo que tarda mi writer en leer esta columna. Entre las bobadas, dañinas, cabe recordar la llamada «inmersión lingüística».

El momento candente de esa lógica del culo, que sólo con mucho miriñaque podemos llamar analogía, se produjo en 1995. Un año después de haber obtenido el poder los nacionalistas convocaron un segundo referéndum de independencia —en el primero, de 1980, se había rechazado la propuesta con un 59,6% de los votos—: los nacionalistas, con un 49% de asentimiento, estuvieron a punto de romper la federación canadiense. Fueron diez años de gloria quebecoise. Tanto, que mi hermano en el descreimiento, Modercai Richler (del que Sexto Piso acaba de publicar la desopilante y agudísima La versión de Barney), decidió morirse en esos años: «J’ai grandi dans un Québec réactionnaire». Moi aussi.

Hasta 2006. Los nacionalistas, que habían rozado los dos millones de votos en 1993, con 54 escaños, empezaron a descender. En este último lunes, tan doloroso y feliz, obtuvieron poco más de ochocientos mil y ¡4 escaños! La caída es aún más brutal cuando se piensa que en las elecciones inmediatamente anteriores (2008) habían obtenido un millón cuatrocientos mil votos y 49 escaños. Más allá del reparto de escaños, que debe de haberles perjudicado gravemente, hay una conclusión irrevocable: en menos de 20 años los nacionalistas han perdido el 50% de su electorado federal. No es frecuente, pero tampoco la primera vez que eso le sucede a un partido político. La importante diferencia es que los objetivos del Bloc Quebecois no han sido nunca los de un partido político convencional. Es decir, nunca trataron de gobernar el Estado sino de destruirlo. Da un cierto vértigo pensar en la posiblidad de que el 49/51 de 1995 hubiera sido a la inversa. El pueblo è mobile (¡y mucho más ahora!), y está claro que se necesita una gran porción suplementaria a la mayoría en esa hora, tan erógena, del derecho a decidir.

Hace cinco años los respectivos parlamentos decidieron solemnemente que Quebec y Cataluña eran un nación. Se entenderá pues mi conversión radical (¡otra más!) al modelo quebecois. On y va.

Arcadi Espada

Diarios de Arcadi Espada (5.05.2011)

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