El regreso de Sade

RubyLa ‘vida privada’ de Berlusconi nos devuelve a las historias de castillos-prostíbulos amurallados

En Marat-Sade, de Peter Weiss, obra emblemática de los felices sesenta, la ruptura con el orden moral establecido es presentada como complemento imprescindible de la transformación política: «¿Y qué será de la revolución, sin una universal copulación?». El camino había sido desbrozado por libros como Eros y civilización, de Marcuse, y por el propio cambio en las costumbres reflejado en la filmografía. Las utopías del 68 iban cobrando forma y dentro de ellas la expansión sexual ocupó un puesto destacado, con el musical Hair a modo de mascarón de proa, exaltando de modo ingenuo el desnudo, el amor en grupo, la sodomía y, de modo genérico, «la perversión», sobre el telón de fondo de un pacifismo enfrentado a la guerra de Vietnam.

Nada tiene de extraño que en este ambiente unos cuantos autores malditos fueran rescatados temporalmente del infierno, con diversa fortuna. Fue publicado por vez primera El nuevo mundo amoroso, de Fourier, en exceso críptico, y sobre todo, empujado por el aludido éxito teatral (y cinematográfico) pasó a primer plano Sade, cuyas obras pasaron a difundirse en ediciones de bolsillo y filmes populares. Fue desempolvado el fervor revolucionario del marqués, también su vertiente utópica en Aline y Valcour, y ensalzado el principio de desinhibición sexual generalizada, incluso alguna vez con una deriva pedófila bien sadiana.

Solo que la «universal copulación», sueño de los sesentayochos, reflejada en la escena de Zabriskie Point de Antonioni, como eclosión del amor libre, tenía poco que ver con la concepción de Sade, incluso en sus tiempos revolucionarios. Todo el mensaje igualitario, antimonárquico y antirreligioso, de su Franceses, un esfuerzo más para ser republicanos, desemboca en el intento de probar que un libertinaje obligatorio y jerarquizado constituye el correlato indispensable de la revolución política. Sin los excesos descriptivos de escritos anteriores, nos encontramos ante el mismo universo de espacios cerrados donde los libertinos han de encontrar «la absoluta dependencia» por parte de quienes son sus objetos de deseo. Sade pertenece al orden moral de la reacción aristocrática previa a 1789, donde el privilegiado disfruta de un pleno poder sexual sobre los inferiores, sobre todo las mujeres, con su castillo convertido en prostíbulo amurallado, mientras el sexo deviene destrucción.

Con todas las diferencias debidas al cambio histórico, ya que en las circunstancias presentes el espectáculo desempeña un papel antes inexistente y a las mujeres sometidas a la prostitución se las paga, y no se las destruye físicamente, por lo menos en el caso que nos ocupa, los recientes episodios de la vida privada de Silvio Berlusconi enlazan en más de un aspecto fundamental con el precedente sadiano. Ante todo, el privilegio ocupa un lugar central en el mecanismo de afirmación de la apetencia sexual del personaje y la prostitución de mujeres jóvenes se convierte en instrumento que materializa dicha afirmación. En las primeras historias reveladas podía tratarse de relaciones sucesivas con chicas jóvenes al borde de la mayoría de edad, prostitutas experimentadas de buen ver o la típica aspirante a estrella televisiva que paga el precio del derecho de pernada con el patrón para ver cumplidas sus expectativas profesionales. Luego, al conocerse los primeros relatos detallados, el plural sustituyó al singular, y ahora, a partir del episodio protagonizado por Ruby Robacorazones, de almodovariano nombre, queda al descubierto una estructura de orgías donde el caballero ejerce un poder omnímodo, imaginamos que dentro de sus facultades, sobre un alto número de jóvenes compensadas generosamente -Ruby habla de 7.000 euros, no está mal- por su ejercicio de prostitución y, sobre todo, por su sumisión activa a la dependencia que les es impuesta.

Como en Sade, la autocracia sexual del privilegiado remite al espacio del recinto encastillado donde es instalado el prostíbulo. Las primeras imágenes de orgías llegaron de la residencia amurallada de Villa Certosa, en Cerdeña. Los relatos del episodio reciente nos llevan al sótano del palacio-residencia de Arcore, cerca de Milán, transformado en discoteca y en auténtico recinto del placer presidencial. Y no menos encastilladas se encuentran el grueso de las invitadas a esta historia, agrupadas en un edificio de Milano-Dos, la gran urbanización que Berlusconi promoviera. Una vez entrada la joven en el castillo, no existe otra posibilidad que someterse a cuanto le sea impuesto, o irse por su cuenta sin ser pagada. La discoteca enterrada de Arcore es conocida bajo el nombre de bunga bunga, por el conocido ritual sádico, al parecer transmitido por Gadafi, cuyo elemento definitorio es la sodomización de Uno al Grupo. Lo de menos es que tal práctica tenga lugar o no. Cuenta el valor simbólico de las preferencias imaginarias que refleja. Por no hablar del simpático chiste en que dos ministros del precedente Gobierno de Prodi son apresados por unos salvajes y sometidos al mismo. La insistencia en la sodomía es asimismo característica de la sexualidad privilegiada, por cuanto expresa la superioridad esencial del activo.

¿Vida privada? Más bien espejo de una concepción del poder que al prostituirlas degrada a la mujer y a la política (compra de escaños). De la reacción aristocrática del tiempo de Sade hemos pasado al nuevo privilegio fruto de un capitalismo especulativo.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

El País (21.01.2011)

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