La siempre ubérrima y sonora Valencia

Café de principio del s. XXAllí me voy a golpe de Euromed, con tres horas por delante para leer lo que Azorín escribía sobre la ciudad de 1890. Pasmoso: en el café España hay un joven pianista sobre una tarima, «los primeros compases de la obertura de Tannhauser resuenan en la sala sobre el tumulto de las conversaciones. De pronto se hace un silencio profundo. Del tablado se esparce por la sala como una misteriosa corriente magnética. El público escucha embelesado. Y cuando se apagan las postreras notas, un estruendoso aplauso llena el ámbito». ¡En el café España de Valencia, en 1890! Por esas fechas eran cien quienes habían oído sonar la música de Wagner en París. Poco antes Debussy hubo de viajar hasta Bayreuth para oírlo.

A Valencia me lleva Debussy, justamente, a un concierto del excelente Grup Instrumental de València que dirige Joan Cerveró. Es aquella la parte musical de España que cuida de los vientos que suenan a madera y a metal. Uno se imagina a los valencianos tocando la flauta, el trombón o el oboe por las calles, e intercambiando melodías en lugar de darse las buenas noches. La ciudad es, además, un objeto como aquellos que Debussy coleccionaba, láminas japonesas, vidrios de Lalique, marfiles eróticos.

El concierto nos salió bastante bien. Mejor a ellos (en especial a Carlos Apellániz, impávido junto al espectro de Pas sur la neige), que a mí, trivial presentador, pero el público que rebosaba de la sala del Instituto Francés me pareció tan entusiasta como el de 1890. Las ciudades con buen oído, Salzburgo, Zúrich, Aix, ¡son tan superiores a las ciudades sordas!

El día siguiente lo dediqué al ojo. En el Museo de Bellas Artes hay dos piezas colosales. En su autorretrato, un Velázquez harto del mundo mira derrotado al espectador. Goya pintó a Bayeu con temor y temblor. No era solo su cuñado, cosa sensacional, sino también el primer pintor del reino. No valían trampas. El de Valencia es plomo, nácar y niebla. El del Prado es doradito.

Tras el oído y la vista llegó la paella, pero este es asunto teologal y pide otro espacio. ¿Verdad, Miguel Sen?

Félix de Azúa

El Periódico (14.02.2010)

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