Crisis… de confianza

España en crisisEn lo que respecta a la crisis económica, durante los últimos doce meses, sólo hemos avanzado en dos aspectos: el Gobierno ha reconocido, que la crisis existe y se han tomado medidas para remediarla.

Los trágicos estertores finales de ETA –en caso de que no cambie la actual política– han marcado la actualidad de esta semana, pero todo el curso que se acaba ha estado marcado por un concepto muy complejo que se resume en una sola palabra, «crisis», crisis económica, por supuesto.

En efecto, nos vamos intranquilos de vacaciones. Unos más que otros, naturalmente. Y muchos no se van, se quedan. Siempre pasa esto, pero más este año: se tiene miedo al futuro, a la incertidumbre económica que plantea el futuro. ¿Inevitable? Ciertamente, no nos vamos a engañar. Pero a este incierto futuro hay que añadirle la desconfianza. Y la desconfianza es tan o más preocupante que la crisis misma.

En lo que respecta a la crisis económica, durante los últimos doce meses, en España sólo hemos avanzado en dos aspectos: el Gobierno ha reconocido, por lo menos, que la crisis existe (cuando hace un año lo negaba) y se han comenzado a tomar medidas para remediarla. Ahora bien, el problema está en las medidas y de ahí proviene la desconfianza. Fundamentalmente, las medidas han consistido en aumentar el gasto público: en un año la economía española se ha gastado todo lo que había ahorrado desde los inicios de la política de convergencia europea, allá por el año 1996. A ese paso vamos hacia la ruina económica del Estado.

Veamos unas entendibles cifras hechas públicas esta semana. Entre enero y junio de este año, el Estado acumuló un déficit presupuestario de 38.607 millones, nueve veces más que en idéntico periodo de 2008. En estos seis meses, el Estado ha gastado casi el doble (85.840 millones) de lo que ha ingresado (47.233 millones). Cuando esto sucede en una economía familiar sólo hay dos soluciones: o aumentar los ingresos o reducir los gastos para equilibrar la situación. En una economía nacional sucede, más o menos, lo mismo: o debe reducirse el gasto (de las Administraciones Públicas) o aumentar los ingresos (que, en periodos de crisis, significa impuestos). Lo primero no se ha hecho y lo segundo en muy poca medida (sólo en lo impuestos especiales).

Tampoco se toman medidas para aumentar la productividad e impulsar, a la larga, el crecimiento económico, con lo cual quizás no haría falta aumentar los impuestos. En realidad, quizás la medida de más calado ha sido sustituir a Solbes por Elena Salgado, una buena gestora que parece dispuesta a seguir la política económica ideada por Zapatero, lo cual ha añadido mucha mayor inquietud a la situación. Total: desconfianza generalizada, necesidad de reformas que no se afrontan. La ruptura súbita del diálogo social –mera escenificación con finalidades partidistas– es un dato más de una política económica sin norte alguno.

La crisis es real e inevitable. La desconfianza en el Gobierno es ahora real pero se puede evitar. Esperemos que ello se produzca a la vuelta de vacaciones.

Francesc de Carreras

La Vanguardia (2.08.2009)

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