Ya están tardando

Victoria PregoYa está tardando el Gobierno en tomar medidas y zanjar la cuestión. Quienes conocen por dentro el funcionamiento del Centro Nacional de Inteligencia no dan crédito a lo que están leyendo en los últimos días y esperan inquietos a que el presidente se ocupe cuanto antes del asunto y tome decisiones.

En un punto hay acuerdo general: ningún país puede permitirse el lujo de tener en la picota al director sus servicios secretos por actividades que nada tienen que ver con sus obligaciones como responsable del Centro y sí con sus particulares y carísimas aficiones y -lo que es infinitamente más grave- por su particular manera de entender el ejercicio de la responsabilidad encomendada.

Un director del CNI no puede aparecer en la prensa acusado por sus propios agentes de utilizar al Centro para su uso particular. Un responsable de los servicios secretos no puede encomendar a los especialistas que están al servicio del Estado y que han sido formados y entrenados para ese servicio, que se dediquen a manipular fotografías de sus jornadas de pesca a lo grande para borrar las huellas del rostro de su jefe y de su paso por aquellas aguas. Y lo que de ninguna manera puede es lanzar reproches públicos a la cúpula directiva de la organización en el área contraterrorista acusándola -nada menos que en sede parlamentaria- de estar desmotivada, de no colaborar y de no secundar «el proyecto», sobre todo después de que él mismo ha transmitido a las más altas instancias del país que, precisamente, la excelente actuación del CNI en la lucha contra ETA está abriendo unas inmejorables perspectivas de éxito frente a la banda. Porque esa misma cúpula directiva que tantos éxitos viene logrando es la que ha sido apartada de sus cometidos por el señor Saiz.

Lo que resultaría directamente cómico si no fuera todo esto tan grave es que el actual director de los servicios secretos haya podido conseguir convencer al presidente del Gobierno de que esas buenas perspectivas en la lucha contra ETA están íntima y directamente relacionadas con él y con su continuidad personal en el cargo. Solo eso, o algo parecido, podría explicar su confirmación el pasado mes de abril a pesar de las primeras denuncias contra él aparecidas en la prensa y a pesar de los serios intentos de la ministra de Defensa para sustituirlo al frente del CNI.

Después de cinco años al frente del Gobierno tenemos que dar por supuesto que el presidente Zapatero conoce perfectamente que la magnífica actuación de los agentes españoles en la batalla contra el terrorismo depende de las decisiones y de las estrategias puestas en marcha por los muy experimentados especialis tas del Centro, y no de las constantes intromisiones del director del CNI, que no ha sido puesto ahí para que interfiera en las operaciones sino para que administre con inteligencia y equilibrio el formidable potencial humano y económico de la trascendental y delicadísima institución que dirige.

Pero éste es precisamente uno de los problemas: que el señor Saiz se mete donde no debe e interviene en las actividades y en las operaciones de inteligencia del Centro y pretende decidir cómo y cuándo deben llevarse a cabo. Y si a ese manifiesto error de comprensión de su función por parte de Saiz se añade que el director respalda y asciende a aquél que se somete a sus directrices y aparta de sus funciones a aquél que se le resiste, lo que resulta es un panorama en el que gentes muy cualificadas que se han preparado durante años para cumplir las misiones encomendadas permanecen en dique seco mientras presencian estupefactas cómo su director premia en sus subordinados la lealtad -¿a la institución o a su persona?- mientras traspasa una y otra vez sin el menor reparo la línea roja que separa lo público de lo privado.

Desde luego, lo que nunca se ha visto en ningún país serio es que los agentes de los servicios secretos sean acusados en público por su propio director de no estar a la altura de lo que las circunstancias exigen. Y tampoco se ha visto un país que pueda aguantar sin quebrantarse el espectáculo de una guerra interna a la vista de todos. Por eso las denuncias que han salido del Centro y el propio comportamiento público del señor Saiz nos ponen ante una pésima evidencia: o el director del CNI no sabe dónde está, o no ha comprendido para qué está donde está. Es decir, no ha caído en la cuenta de que su posición de privilegio al disponer de todas las herramientas discretas y secretas que tiene el Estado no le ha convertido en un ser todopoderoso, aunque lo parezca, sino justo en lo contrario: en un funcionario público con una inmensa responsabilidad ante todos nosotros. Y ésta es la mejor de las hipótesis. Hay otras.

Los servicios secretos de una nación son como su ejército en la sombra, una organización de soldados invisibles para la opinión pública que se juegan la vida en defensa de su país y que, por la delicada labor que han de cumplir, están cubiertos por el anonimato en su acción y también en su financiación. Por eso no es tolerable que esa enorme responsabilidad acompañada de una muy amplia impunidad se pueda poner al servicio de otra cosa que no sea el interés del Estado. Desde luego, no el interés de un partido, ni mucho menos el interés propio.

Puede que el señor Saiz sea capaz de demostrar ante el Congreso que esas jornadas faraónicas de pesca y caza en países exóticos no se han financiado con los fondos reservados del Centro sino con su dinero particular. Ya sabemos que el CNI dispone de los mejores recursos para cubrir sus actividades y no hay que descartar que el interesado consiga presentar facturas impecables de cada una de sus excursiones. Podría hacerlo si quisiera. Por eso sería mejor pedirle que acreditara esos pagos en los asientos de su propia cuenta bancaria. Aunque ya digo: nada es imposible para el CNI.

Pero lo que tendrá que justificar, porque eso ya no se resuelve con una factura bien hecha, es la contratación de sus sobrinos y de los hijos de sus amigos como integrantes de los servicios secretos españoles. Y lo más grave con diferencia de todo lo conocido hasta ahora: cómo un director del CNI se ha atrevido a contratar a la hija de uno de los dos únicos magistrados del Tribunal Supremo que tienen encomendado el control de las actividades de los servicios secretos que afecten a derechos fundamentales. Cómo se ha atrevido a vincular al Centro, directa o indirectamente, al representante del poder judicial que tiene la obligación de controlarle.

Hemos conocido escándalos tremendos en los servicios secretos españoles, ha habido directivos del antiguo CESID que han pagado con la cárcel actividades que rompían por todos lados las costuras de la Constitución. Ha habido monumentales desviaciones de poder. Pero nunca hasta ahora habíamos visto tanta confusión entre la función pública y las conveniencias privadas. O políticas.

El señor Zapatero y la señora Chacón deben tomar cuanto antes una decisión sobre el destino del director del CNI, un hombre desacreditado en el exterior, bajo sospecha en el interior y con una guerra interna abierta y pública que no hará sino degradarse con el tiempo. Los servicios secretos españoles no se pueden permitir esto. Y nosotros tampoco.

victoria.prego@elmundo.es

Victoria Prego

El Mundo (21.06.2009)

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