Lenta izquierda

Kepa AulestiaNo se sabe si la izquierda ha fallado por ser demasiado fiel a sus propios postulados o por haberlos abandonado

Las energías que la izquierda utiliza en desenmascarar a la derecha podría usarlas en adquirir mayor ductilidad

El retroceso experimentado por la socialdemocracia europea en los últimos comicios al Parlamento de Estrasburgo ha alimentado toda una corriente de preocupación, tratando de hallar las causas de dicho revés. Las explicaciones que se van aportando son tan diversas y contradictorias que probablemente concluyan en una formulación retórica en torno a las nuevas necesidades de la izquierda, sin que ninguna de las formaciones concernidas corrija lo más mínimo su conducta.

Esto ocurre porque las distintas lecturas de lo acontecido tienden a neutralizarse mutuamente. Interpretaciones globales junto a autocríticas domésticas, reflexiones de fondo con apreciaciones casi anecdóticas, revisiones ideológicas formuladas mediante imputaciones personales. Pero de entre todas las preguntas que están en el aire, hay una que destaca: no se sabe si la izquierda ha fallado por ser demasiado fiel a sus propios postulados o por haberlos abandonado.

Aunque parezca una respuesta demasiado ecléctica, es probable que le hayan ocurrido ambas cosas. La propia naturaleza de la socialdemocracia se basa en la búsqueda del consenso social y político como condición para el cambio. Pero es su inclinación a quedarse en ese consenso y a formularlo sin excesivas exigencias lo que sitúa a la izquierda en desventaja frente a una derecha que, así, se apodera del terreno labrado por la corriente adversaria.

El igualitarismo de la izquierda constituye una idea de cambio y de justicia que ha contribuido de manera determinante al bienestar y al progreso de las sociedades europeas, incluida la española. Pero, en un entorno cultural dominado por las clases medias, a esa misma izquierda le resulta más difícil rentabilizar sus propios logros. La ciudadanía no se siente moralmente obligada a agradecer a la socialdemocracia que haga lo que le dicta su ideario, mientras que se puede mostrar muy severa si la izquierda no cumple con su misión.

El argumento de que la sociedad utiliza una vara de medir distinta a la hora de juzgar a la izquierda y a la derecha ante casos de corrupción se ha convertido en un lugar común que requeriría alguna reflexión más sosegada y rigurosa. Porque la permisividad social, más que a una u otra ideología, es relativa al poder que se percibe duradero. Sin embargo, sí hay un aspecto que sitúa a la izquierda en condiciones de manifiesta inferioridad respecto a las opciones liberal-conservadoras.

Es la lentitud que muestra a la hora de responder a las crisis y a las dificultades, porque necesita una explicación universal de lo que sucede para dar con una solución del problema también universal. Mientras que la derecha se mueve con mayor naturalidad improvisando respuestas y justificaciones, e incluso haciendo suyos valores que la izquierda cree propios e intransferibles. Por el contrario, la socialdemocracia se ve abocada al fracaso cuando trata de superar sus límites mediante meras acciones de comunicación, multiplicando iniciativas parciales que den alguna apariencia de frescura a su vocación universalista.

Además, el asunto se le complica a la socialdemocracia cuando, al tiempo que dice buscar una solución universal, se embarra en acciones terrenales que chocan con sus supuestas pretensiones celestiales. La izquierda no puede mostrarse cínica sin sufrir consecuencias inmediatas, más que cuando ostenta un poder que la ciudadanía percibe como omnímodo.

Es esta una característica que la socialdemocracia atesora como si fuera una virtud que le garantizase una superioridad moral perpetua. Pero en realidad constituye una fuente de desconfianza, porque ni la sociedad cree en la perfección, ni puede creer que la izquierda vaya a ser consecuente en todo momento cuando no lo ha sido en el pasado.

Por otra parte, como los cambios generados nunca siguen el patrón previsto por la izquierda, esta acaba mostrándose perpleja y aturdida ante lo imprevisto, brindando a la derecha el poco margen de tiempo que la opción liberal-conservadora precisa para adecuarse al momento. No es casual que la izquierda necesite insistentemente reivindicarse como tal, mientras que la derecha se permite muy a menudo presentarse bajo otras denominaciones. Es más, las energías que la izquierda emplea en desenmascarar a la derecha para, demostrando la existencia de esta, argumentar la suya propia, podría utilizarlas en adquirir mayor ductilidad.

Aunque para ello tendría que lograr no confundir sus reproches morales a aquellas realidades sociales que le resultan injustas con su pretendida superioridad moral. Porque es esta la que ralentiza sus respuestas ante las nuevas realidades.

Kepa Aulestia

La Vanguardia (16.06.2009)

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