Los ‘Futuros difuntos’, en Granada

Teatro 'La Zaranda'La feliz coincidencia del día de Andalucía y una representación de La Zaranda en Granada

Desde que descubrí hace ya algunos años La Zaranda siento una especie de obligación cultural solidaria el buscar cada uno de sus nuevos montajes en los lugares que tenga más a mi alcance. Y como La Zaranda es un grupo teatral y me da la impresión que las contrataciones de los teatros cada vez se deben parecer más a los distribuidores de películas, hay que buscar cada representación por los lugares más peculiares de la península. Así por ejemplo, yo podía optar en enero por bellas ciudades, algo caras, como Agen, Nantes o Palma. En marzo, tendría la posibilidad de Málaga o Burgos. Pero el pasado febrero circulaban – una actuación y basta-por lugares tan opuestos como Mérida, Benavente o Granada, con un par de representaciones. Elegí Granada porque es una ciudad adorable, productora de poetas distinguidos y canallas notables ambos en cantidad llamativa. Goza de universidad postinera y sufre de derecha arrogante, tan orgullosa de sí misma que me recuerda a Oviedo en esa concepción de plaza sitiada por un mar de rojerío; pero Oviedo pierde porque no tiene río ni un paseo como el de los Tristes. Se podría hacer una tourné hispánica de ciudades conservadoras de toda la vida, que estoy seguro que prendería con gran éxito entre las nuevas clases emergentes de la Europa del Este. "Ciudades españolas de derechas fetén, con sus lugares emblemáticos".

El azar y estar en la inopia del patriotismo hizo que la visita a Granada con el objetivo de ver el último montaje de La Zaranda coincidiera con el día nacional de Andalucía; no tenía ni idea de que era el 28 de febrero, lo admito y parto del hecho de que siempre me enfrento al 11 de septiembre catalán olvidándome de que se trata de la Diada nacional de Catalunya, porque para mí sólo evocan el comienzo de los tiempos modernos en la desgracia de Nueva York. El único 11 de septiembre catalán que recuerdo con valor histórico fue el de 1976; los demás fueron farfolla.

Tratándose de la feliz coincidencia del día de Andalucía y una representación de La Zaranda en Granada estaba convencido de que habría un derroche de entusiasmo por el grupo teatral autóctono más importante que conozco y que lleva ¡ahí es nada! treinta años dedicado a un teatro riguroso y singular; no creo que haya otro ni siquiera similar en ningún lugar de España. La Zaranda, autotitulado "teatro inestable de Andalucía la Baja", procede de Jerez, la Andalucía occidental tan diferente, aseguran, de la oriental donde está situada Granada. Imaginaba yo que los tres diarios granadinos se disputarían la presencia de La Zaranda en la ciudad en tan magna ocasión. ¿Quieren creerme que no salió ni una puta nota de vísperas de la representación, ni siquiera reseña alguna y que el breve apunte en un diario estaba equivocado?

Probablemente hayamos entrado en un periodo cultural, por llamarlo de alguna manera, según el cual quien no paga no aparece. Y este periodismo posmoderno que hacemos, consiste en que si pagas te elaboran un bello reportaje haciéndolo pasar por propio de la casa; tanto más bello y más independiente cuanto más pagues.

La Zaranda estrenó durante dos días en Granada su último montaje – Futuros difuntos-y salió de la ciudad como había entrado; sin una reseña, una entrevista, algún artículo de opinión de los brillantes columnistas locales. Y sin embargo, hubo páginas maravillosas para la cultura homenajeada en día tan patriótico para Andalucía como el 28 de febrero. Medallas y méritos que concedían la autoridad autonómica. Y me acordaba de la escena tantas veces repetida en Catalunya de las autoridades entregando cruces de Sant Jordi o papiros de la Abadía, me da lo mismo.

¿Somos conscientes de la estafa cultural que estamos propiciando con nuestra complicidad o nuestro silencio? Nuestra complicidad, porque siempre hay algún amigo nuestro galardonado. Nuestro silencio, porque en el fondo todo el mundo espera que alguna vez quizá le toque a él.

Las culturas autonómicas, o lo que es lo mismo, eso que algunos llaman culturas nacionales subvencionadas, valen una mierda. Todas, sin excepción. Es dinero del contribuyente para neutralizar cualquier ejercicio crítico que no sea el baboseo del jijiji-jajaja, y el ¡somos la hostia! y si no somos más es porque no nos dejan. Tenemos el tejido cultural más corrupto, mediocre y servil desde los años ínclitos del franquismo. Nadie se atreverá a atajar los fondos culturales porque ahí está la imagen del poder. Lo normal de un agitador cultural en Andalucía, o en Catalunya, es que se sintiera orgulloso de poder hacer lo que quiere, porque eso ya tiene valor en sí mismo. ¿Sabe usted por qué los creadores exigen que nadie sepa cuánto les pagan? Porque eso explicaría su vileza y su descaro.

Y entonces uno entiende La Zaranda y su último montaje de Futuros difuntos.Estamos ante un teatro diferente, pensado en sí mismo; un relato brutal y estremecedor con tres actores en escena, y la colaboración abnegada de otros tres monigotes de madera. Yel uso del espacio escénico y de la versatilidad de los recursos teatrales, eso que exige a "los modelnos" de acá un derroche de medios y de ruidos para adaptar a Shakespeare al botellón y a Verdi a un lupanar. En el teatro, desde siempre, uno tiene lo que tiene y sólo la imaginación lo convierte en otra cosa.

Tres locos se constituyen en gente libre por ausencia de la autoridad. El mundo de los lúcidos y despiertos ciudadanos peleando por asumir el poder del manicomio. Un juego perverso en el que destacan los rasgos más notables de La Zaranda: el talento para sacarle a la palabra significados insólitos con tan sólo repetirla, y la trascendencia de imágenes que convierten la representación – una hora y cuarto-en una exposición plástica, cuadros vivos donde está Goya – siempre hay mucho Goya, pero nada goyesco en La Zaranda-,y Velázquez y hasta evocaciones del Greco, que hacen de este Futuros difuntos una de las más bellas y angustiosas representaciones que hoy se pueden ver en la España agónica que estamos sufriendo.

Tres actores peleando con su angustia, su destino, y un texto, tan comprimido y tópico, que se le saltan las costuras y aparece lo que es hablar, tratar de engañarse a uno mismo y en grupo. Tres locos, mitad bufones mitad líderes – ¿no es lo mismo?-,disputándose el saber y el poder antes de que lleguen los que siempre han mandado y ahora no se sabe dónde están. Las ausencias, tan importantes en todo el teatro contemporáneo desde hace un siglo, como mínimo, es el tejido que une y lía a unos actores que siempre parecen sacados después de haberse desesperado esperando a Godot y resignándose a que les habían engañado y que no llegaría nunca. Hay también algo de "auto de fe" laico, una constante del teatro de La Zaranda; una reflexión canónica sobre la derrota, en la conciencia insegura de quienes viven los vacíos de poder y no osan más que repetir lo mismo que a ellos les ha hecho sufrir siempre. La miseria ideológica y moral y ética de los siervos, incapaces por naturaleza y experiencia de ser diferentes. Esa constante según la cual estamos condenados a que toda revolución ideológica o política sea una parodia del mal ya conocido. ¿Alguien tiene alguna duda de que habla de nosotros?

Les animo a que busquen dónde pueden ver Futuros difuntos.Puede ser en León, Toledo, Salamanca, Montpellier o São Paulo. Por aquí no parece que vayan a venir. Catalunya es muy nuestra y nosotros somos tan modernos que esas antiguallas del teatro-teatro resultan un arcaísmo. Recuerdo que hace ahora diez años, cuando pude gozar de La Zaranda en Barcelona, representando Cuando la vida eterna se acabe,les dediqué un modesto artículo que titulé haciendo referencia a una frase brillante de su autor habitual, Eusegio Calonge, "los sueños no se pueden enterrar". Lo decía no por nada especial sino porque no se los comen los gusanos. Ahora, sobre el mismo autor, hay una vuelta de tuerca, clave en esta obra volcánica y demoledora: "¿quién va a venir a nuestro hoyo para decirnos que nuestro fracaso es nuestro triunfo?". Nadie ha explicado mejor nuestra actual situación.

Gregorio Morán

La Vanguardia (7.03.2009)

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