Yo me acuso

Joseba Arregui

Confieso que considero el español tan lengua propia como el euskera que uso en familia y en el trabajo

En una sociedad secularizada en la que la práctica de la confesión ha desaparecido, pero en la que los viejos mitos e imágenes religiosos siguen vivos, aunque enmascarados –basta ver el tránsito de Obama desde el Capitolio a la Casa Blanca como la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén bajo los gritos de ¡Hosana, Hijo de David!, y la contrapuesta del envío del macho cabrío/Bush, en quien hemos descargado nuestros pecados e impurezas, al desierto para que allí muera y el pueblo quede limpio–, quizá sea lícito recurrir al contenido explícito del título: yo me acuso y confieso mis pecados.

Confieso que cuando recibo información de las administraciones y de algunas empresas en las dos lenguas oficiales, y esa información intenta que yo la lea en euskera –por el tipo de grafía, por darle prioridad a esa lengua por el medio que sea– mi reacción, la de un vascoparlante monolingüe de familia, suele ser la de pasar al español. Porque también me acuso de considerar que el español es tan lengua propia mía como el euskera que utilizo en familia, con amigos y en el trabajo.

Me acuso de haber estado en contra de la pretensión del Departamento de Educación del Gobierno vasco de copiar –más o menos– el sistema de inmersión lingüística catalán por lesivo de los derechos de los padres a elegir la lengua oficial como lengua vehicular en la enseñanza. Y me acuso de no terminar de entender la negativa del Gobierno catalán a permitir que el español pueda ser, también, lengua vehicular en la enseñanza. Me acuso de no simpatizar con el término pueblo, y menos cuando va unido al calificativo de uno. Me acuso de preferir el término ciudadano para considerar el valor de los habitantes de un país por encima del término identidad o sentimiento de pertenencia. Me acuso de ver riesgos en el recurso a la identidad colectiva. Me acuso de no ser capaz de ver la diferencia valorativa que parece existir entre españolismo –malo–, y catalanismo o vasquismo –buenos--. Me acuso de no entender por qué el nacionalismo español es malo, y los nacionalismos catalán, vasco o gallego, buenos.

Me acuso de seguir pensando que, en política, lo que importa son los programas, las acciones, el resultado de las acciones y la capacidad de asumir la responsabilidad de ese resultado. Y de pensar que las virtudes personales de los dirigentes, sus intenciones, su sonrisa, presencia y prestancia, su capacidad de conectar en los medios audiovisuales deben ser secundarios. Me acuso de intuir que es más importante para juzgar la labor de gobierno mirar si el índice Gini –el que mide la justicia/injusticia del reparto en los ingresos en una sociedad– crece o no, si los actos de gobierno facilitan o no la entrada de los jóvenes en el sistema, o si por el contrario consolidan las estructuras que lo dificultan.

Me acuso de pertenecer y haber pertenecido de vez en cuando a la caverna mesetaria por pensar que el nuevo Estatuto catalán no es del todo acorde con la Constitución española, por pensar que hubiera sido mejor plantear abiertamente la federalización del Estado primero, y luego renovar los estatutos de autonomía, por pensar que la consolidación de las relaciones bilaterales refuerza el peor centralismo que puede existir –como ha quedado demostrado en los encuentros bilaterales para la nueva financiación autonómica, en los que el emperador y dueño de los impuestos recibe a los príncipes autonómicos de uno en uno para escuchar sus peticiones y repartir prebendas, al más puro estilo medieval.

Me acuso de seguir considerando que estas cuestiones estructurales y las cuestiones de justicia económica y social son más importantes que la pretensión de los gobernantes de actuar como ingenieros sociales tratando de cambiar los usos y costumbres. Confieso mi pecado de estar preocupado por el cambio creciente que se está produciendo, pasando de administrar cosas a administrar personas y vidas personales, desde la alimentación a la sexualidad.

Me acuso del pecado de creer que en esta sociedad laica se han sustituido las iglesias por sectas que reproducen los mismos mecanismos de ortodoxia y heterodoxia, de expulsión de la comunidad de creyentes, de alineamientos confesionales, por muy laicos que sean. Me acuso de no preguntarme todos los días si soy suficientemente progresista, o si he pasado, ¡horrible pensamiento!, a la categoría de los conservadores. Me acuso de seguir albergando sospechas ante todo poder, tenga el apellido que tenga quien lo ostente.

Me acuso, en definitiva, de ser un inadaptado social, político y cultural, de no aceptar la orden de ser optimista cuando los datos económicos son malos solamente porque el Gobierno es amigo, y tampoco aceptar la orden de ser catastrofista únicamente porque el Gobierno es enemigo. Me acuso de pensar que sería bueno que más allá del sí o el no a las grandes líneas políticas, se pudieran discutir los detalles: si la ley de dependencia desincentivará o no el ahorro, si el plan de ayudas a los ayuntamientos debiera haber estado más vinculado a determinado tipo de inversiones, por ejemplo. Me imagino que, al contrario de la Iglesia católica, la moderna ortodoxia de la opinión pública oficial no conoce el perdón de los pecados.

Joseba Arregui, Presidente de la asociación cultural Aldaketa (Cambio para Euskadi)

El Periódico de Catalunya (6.02.2009)

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