Todos lo sabíamos

Frente a la gran crisis en la que estamos inmersos, y que nadie sabe cuándo ni cómo acabará, ahora todos los medios y sus tertulianos y, sobre todo, los economistas y políticos, se expresan como si ellos hubieran anunciado la crisis hace tiempo e insistido en que el modelo no funcionaba. Como tras el franquismo pareció que nunca hubo franquistas en este país, ahora actúan como si jamás recomendaran políticas neoliberales.

Pero antes del verano de 2007, todos los comentaristas respetables estaban encantados con la evolución de la economía del país. Cierto que las oposiciones políticas criticaban al Gobierno, pero eran ataques que, en su mayoría, acusaban que no se profundizase todavía más en el modelo neoliberal que constituye la marca de la política económica de los sucesivos gobiernos desde la transición. En conjunto, la opinión sensata era que la economía funcionaba muy bien y que el papel del Estado era hacer que el mercado -libre, le llamaban-, funcionase, pero que no se inmiscuyera en sus operaciones. Basta con repasar los diarios de la primavera de 2007.

De repente, estalla el sistema: desastre total financiero, debacle en la construcción y en la Bolsa, estancamiento del crecimiento, disminución del consumo y la inversión, vuelta a muy altas tasas de paro con precios crecientes, negras perspectivas, y todos somos ultra-intervencionistas. Como sea, que los Estados resuelvan los problemas. Desde Estados Unidos hasta Europa, donde los cuatro grandes europeos se reúnen solos para tratar del problema. No tiene nada de particular que cuando estalla un incendio se llame a los bomberos sin necesidad de justificarlo. Pero que quienes estaban en primera línea de las recomendaciones para que los Estados no interviniesen hayan cambiado ahora sin ningún escrúpulo es, cuando menos, sorprendente. ¿Dónde están tantos y tantos economistas neoclásicos que postulaban que el Estado actuase sólo para apoyar a los mercados? Su teoría ha quedado destrozada y ellos han girado radicalmente en sus posiciones sin ningún sonrojo. ¿Cómo explican sus errores?

¿En qué teorías se apoyan para justificar su cambio? ¿No tendrían que pedir perdón por sus gravísimos errores, que están teniendo tremendas consecuencias? Como economista, no puedo menos de sentir vergüenza ajena.

Lo peor de todo es que aunque se han quedado sin teoría ni coherencia en sus orientaciones de política económica, aparte de gritar pidiendo el socorro del Estado, continúan insistiendo en las mismas recomendaciones que antes: presupuestos de austeridad, recesión salarial y, una vez más, el despido libre, como solicita el gobernador del Banco de España, M. A. Fernández Ordoñez, ¡supuestamente en la órbita del socialismo español! Aceptan que habrá que regular algo los capitales, y dicen que se congelaran los salarios de los altos cargos; es todo a lo que están dispuestos, pero del resto, que los trabajadores y el pueblo español sufran las consecuencias de una crisis que, como todas, la han gestado las ambiciones del capital. Pero si esto es lo que están practicando desde los 80 y nos han traído a esta situación, ¿Cómo tienen la osadía de seguir recomendando las mismas desastrosas medidas?

Miren Etxwzarreta

El Mundo de Catalunya, 9/10/08

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