El cuento de la lechera

CrisisAndamos los españoles y el mundo en general a vueltas con esta crisis que, dicen, va a ser peor que la del 29. Y nos encontramos cada día a periodistas, tertulianos e incluso economistas que se hacen la misma pregunta: «Pero, ¿cómo no se pudo prevenir todo esto? ¿Es que nadie lo vio venir?» Harto de escuchar la misma preguntita de las narices, me dan ganas de gritarles a todos que parecen borricos. Hombre, claro que nadie lo vio venir.¿Cómo podía prever ninguna persona, por más que fuera catedrático por la Universidad Complutense o la de Salamanca, que ya es ser, que nuestros juegos de niños había que pagarlos un día u otro? Sí, sí, han leído bien, juegos de niños y de niños malcriados, añadiría.
Que los ricos hagan cosas estrafalarias y se gasten lo que tienen, lo que creen tener y lo que suponen que tendrán es cosa sabida e incluso harto normal en el curso de la historia. Ahora bien, nunca como ahora las clases trabajadoras habían gastado tanto sin tener nada que les respaldase.

Es lo que tiene instalarse en el cuento de la lechera. Es el precio que se paga por olvidar que existen las clases sociales, que eso de la clase media-media, media-alta y media-baja es una de las mendacidades más perversas que ha inventado el capitalismo y que aquí no hay más cáscaras: cuando se cierra una fábrica, el trabajador se va al paro y los propietarios no. Y ya les puedes decir que tienes un cuatro por cuatro o que has ido de vacaciones a Marina d'Or. Nada. Tú a la calle y ellos a lo suyo.

Me apresuro a decir que este estado de cosas no es ajeno a algunas políticas vergonzosas que han desarrollado la social democracia en nuestro país en particular y en Europa en general. Cuando Solchaga dijo aquella memez de «España es un país donde es fácil hacerse rico», aparte de espetarle a la gente una mentira tremenda porque hacerse con un capital es difícil sino imposible, contribuyó a dar el pistoletazo de salida del carácter que ha adquirido la clase trabajadora en los últimos años.

Y bien, ya tenemos las consecuencias. Los cuatro por cuatro -¿para qué carajo querrá un vehículo así un señor que se desplaza por ciudad?- se los van a comer con patatas y ese lujo falso, ese aparentar, ese no recordar las propias raíces, el origen de uno, han aparecido ante una masa aterrorizada como hiciera el fantasma del señor padre de Hamlet.

La pregunta es ¿ ser o no ser? ¿Somos trabajadores o no lo somos? Y la respuesta para la mayoría de ciudadanos y ciudadanas es que sí, que son trabajadores, que no tienen capital alguno que los sustente, ni fincas rústicas, ni inversiones en el extranjero, ni tíos ricos, ni nada de nada. Ah, pero han vivido muchos años como si las tuvieran. Claro que no es igual irse de vacaciones en un crucerito de medio pelo a Grecia y pillar una intoxicación de campeonato que el tener una pequeña isla en Point du Pitre, pero explicado con gracia puede pasar.

Si una virtud tiene esta crisis -que ojalá no tuviéramos que soportar- será que le dará una ducha de realidad al pueblo y nos obligará a tocar con los pies en el suelo. Un suelo que no será jamás nuestro, porque es de otros. Justamente aquellos que harán el agosto con la crisis. Conviene recordarlo.

MIQUEL GIMENEZ

El Mundo. 07/10/08

Sé el primero en comentar en «El cuento de la lechera»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »