«El gran pecado de la iglesia es haberse alejado de los pobres»

José-María Díez AlegríaA lo largo de su vida nunca tuvo problemas en hablar sobre la moral sexual, la propiedad privada o el derecho al divorcio. José-María Díez Alegría sigue siendo crítico con la Iglesia, que considera que no ha sido fiel al Jesús de los pobres.

Doctor en Derecho y Filosofía, teólogo y profesor de Ética en la Gregoriana, José-María Díez Alegría asegura que su tercer doctorado lo hizo en el madrileño Pozo del Tío Raimundo, junto a su amigo, el padre Llanos, sirviendo a los más necesitados. A este sacerdote que en los años setenta se negó a pasar por la censura canónica su libro Yo creo en la esperanza, aquella rebeldía le costó la exclautración y la salida de la Compañía de Jesús, a la que sin embargo ha seguido vinculado en resto de su vida. Es, como él mismo dice, el primer "jesuita sin papeles". Ahora vive en una residencia en Alcalá de Henares, donde ironiza sobre esos casi 97 años, que atribuye a una broma de la divina providencia. Le flaquean las piernas, pero tiene la cabeza clarísima y la fe intacta.

¿Cuál ha sido la mayor equivocación de la Iglesia?

Su gran pecado es haberse alejado de los pobres, traicionando al Jesús del evangelio. Las reservas de una parte muy importante de la iglesia institucional contra la teología de la liberación son reservas a ese Jesús de Nazaret.

¿La Iglesia ha renunciado al Jesús de los pobres?

Yo creo, y nadie me lo negará, que Jesús fue pobre y habló de la predilección por los pobres, por los humildes, por los sencillos. Todas las congregaciones religiosas están llamadas a ir detrás de ese Jesús. Y nos alejamos de él cuando el abismo entre ricos y pobres es cada vez mayor y la mitad de la humanidad vive en la miseria más absoluta. El capitalismo global es una barbaridad. Se ha llegado a construir una sociedad de naciones, pero deberíamos organizar internacionalmente la justicia.

¿Por qué se hizo usted jesuita?

Sentí una especie de llamada interior al seguimiento de Jesús. Pero como de joven era muy comodón, pensé que si me quedaba en el mundo seglar me faltaría voluntad, así que decidí entrar en una orden religiosa que me ayudara a no ceder a la comodidad. No entré pensando que era una gran orden sino una buena orden.

Pero usted se ha definidod más próximo a los jesuitas que a la propia Compañía de Jesús.

Tal como los gatos se apegan a las casas y los perros a las personas, también entre los jesuitas algunos se apegan más a la Compañía y otros a los compañeros. Yo en ese sentido he sido más hombre-perro que hombre-gato. De todas formas, el seguimiento de Jesús lo llevo tan bien porque soy un cristiano de la Iglesia católica, pero más jesuítico que eclesiástico.

Las relaciones entre la jerarquía eclesiástica y el Estado no están en su mejor momento.

El Estado no debe ser anticlerical, pero tampoco servidor de la Iglesia. La libertad religiosa no siempre acaba de aceptarse, y por eso se intenta imponer la moral tal como la entiende la jerarquía, que debería ser lo menos autoritaria posible. Eses es un problema de los obispos y del Papa. La Iglesia debe hablar con mucha humildad y no sentirse superior a nadie.

No parece uste un hombre con resentimientos. ¿Cómo se siente, a estas alturas de su vida?

A mi edad no concervo el menor poso de amargura de todas mis aventuras. He sido una hormiguita en la teología de la liberación. En la época de persecución de los cristianos, a san Ignacio de Antioquía lo condenaron a morir devorado por las fieras en el circo de Roma. Cuando lo supo, escribió una carta a los cristianos de Roma en la que pedía que nadie interviniera para libarlo de la condena en la que decía: "Siento en lo más profundo de mis er como el rumor de un arroyo que me dice: 'Ven al Padre'". De una forma modesta y humilde, yo también siento una vocecita que hace tener esa esperanza de que Jesús me dará un tirón de orejas y me dirá: "Ven aquí". Por eso estoy tranquilo con esta edad tan inverosímil que tengo.

La Vanguardia-Magazine (22.06.2008)

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