Los cómplices y sus cómplices

CómplicesVale para la política lo que sin duda vale para el derecho y la moral: que no sólo se es responsable por cometer un crimen, sino también por ayudar a cometerlo y hasta por permitir que se cometa. O, si se quiere, por complicidad en el delito, sea ésta más próxima o más lejana, más activa o más pasiva… a la hora de contribuir al daño cometido.

Todo ello queda muy rebajado en el debate público cotidiano. No ha sido fácil durante tantos años, por ejemplo, sugerir que el nacionalismo pacífico ejercía de cómplice habitual del nacionalismo violento o terrorista. Era un cargo que a la gente de bien sonaba a infamia ignorante o tendenciosa. En realidad, casi nadie se engañaba sobre esa connivencia. Tras décadas de ternura hacia "los chicos de la gasolina", y desde el contubernio de Estella, a duras penas acertaba el ciudadano a distinguir entre sí a los nacionalistas, salvo en los modales. Ya que no los medios, los fines que perseguían, su núcleo teórico (?) y hasta su vocabulario eran compartidos por todos ellos. Pero había que confiar en la vuelta del hijo pródigo y, en todo caso, mantener la ficción porque a menudo aquellos cómplices eran (o podían ser) nuestros socios de gobierno.

Tachar ese caso de complicidad parece asimismo exagerado porque el término se entiende en su inmediato sentido penal y nada más. En ese delito tan sólo caería el colaborador necesario del atentado, alguien que está en armonía completa con el criminal y sólo se abstiene de matar. Como si nada, pasamos por alto la probable responsabilidad política y moral de bastantes otros cómplices, y ello deja tranquilos a los que desean tranquilizarse. ¿Así que no son enemigos nuestros? No, por Dios, adversarios políticos como cualesquiera otros…, por más que no pase día sin que muestren estar a partir un piñón con quienes celebrarán que pasemos a mejor vida.

El cómplice del terrorismo adopta a diario múltiples formas, aunque se delata sobre todo cuando se resiste a condenar en público el atentado terrorista. Mondragón, Hernani, Villava, y lo que vino antes y ha de venir después. Sólo en los últimos tiempos algunos de ellos han balbuceado cierta condolencia hacia los familiares de las víctimas, pero, como ni moral ni políticamente rechazan el atentado, en definitiva lo consienten y justifican. Se diría que no es mucho pedirles esa condena, porque no les solicitamos una profesión de fe democrática, sino por ahora tan sólo de fe política. Es decir, que renuncien a servirse de la fuerza física como instrumento de conquista y gestión del poder, y que se priven de esa ventajista capacidad de coaccionar a los ciudadanos. Ni por ésas.

Pero el caso es que no todos los partidos desafían a los cómplices del crimen con esa reclamación condenatoria. Hay algunos que, condenando solemnemente cada uno de los crímenes, faltaría más, se abstienen de condenar sin embargo a quienes no los condenan. En plena incoherencia, reprueban por un lado lo que vienen a aprobar por otro, a los aliados de los criminales y -por la regla de la transitividad- a los criminales mismos. Su esquizofrenia moral les permite estar a la vez con las víctimas y con los representantes civiles de sus victimarios. Los que ya clamaron contra la ilegalización de los partidos proterroristas, para no dejar sin representación democrática a los terroristas, pobrecillos, claman ahora contra el intento de privarles de sus cargos públicos por amparar fechorías públicas. Y así resulta un misterio cómo se tienen y son tenidos por demócratas los que ni siquiera alcanzan el umbral de la política; cómo no se avergüenzan de urdir esa siniestra cuadratura del círculo que nos deja a todos, menos a ellos, a los pies de los matones y sus voceros. Son los cómplices de los cómplices.

Todo esto extrañará sólo a quienes pregonan que ETA ya ha sido derrotada. Porque ETA no habrá perdido la batalla mientras a muchos les resulte tan costoso a estas alturas repudiar sus métodos y a muchos más les parezca impensable cuestionar sus invocaciones y "derechos". La confusión es mayor en unos que en otros, pero todos están dispuestos a dar la espalda a buena parte de sus vecinos por la simple razón de no sentirse conciudadanos suyos. Aunque desapareciera, ETA no habría sido derrotada si sus torpes justificaciones han calado en la población, sea nacionalista o no lo sea.

A lo sumo hemos llegado a denunciar a los cómplices de los criminales, pero todavía no a los cómplices de esos cómplices. Nos atrevemos a señalar a los cómplices directos de los atentados, ataques callejeros y amenazas, pero no a los indirectos. Ahora bien, a estos cómplices indirectos, más próximos o más lejanos, les incumbe responsabilidad por las muchas aberraciones que consienten a los cómplices directos. O por acción, por sentarse juntos en un ayuntamiento o en un gobierno; o por omisión, por no dar la cara cuando toca darla. Que en Navarra estos cómplices de los cómplices hayan sido (¿y sigan siendo?) además objeto del deseo socialista para formar gobierno no hace sino alargar la cadena de la complicidad…

Aurelio Arteta, Catedrático de Filosofía Moral de la UPV

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