Conciencia

ConcienciaCuando yo era pequeña, tendía a pensar que el mundo estaba poblado por gentes básicamente buenas, quizá porque así eran quienes me rodeaban. Los malvados, me parecía, tan sólo formaban parte de los cuentos o de las películas: el lobo de Caperucita, la madrastra de Blacanieves, la Cruella Deville de 101 dálmatas… Eran personajes irreales, que tomaban forma en el universo fantástico, pero que a mí, creía, nunca iban a afectarme.

Luego, a medida que fui creciendo, la vida me los fue poniendo a menudo delante: gentes con malos sentimientos, retorcidas sus neuronas por una visión negativa de los demás y de sí mismas. Gentes cobardes, que acaban haciendo daño a costa de sus miedos. Gentes mentirosas y manipuladoras. Enamorados del dominio sobre los otros a cualquier precio. Iracundos que pierden los papeles por la razón más nimia. Envidiosos con el corazón carcomido. Alcohólicos y drogodependientes incapaces de controlar sus peores instintos. Amargados que tratan de salpicar su mal rollo al universo entero. Egoístas rodeados por su propio muro de insolidaridad. Acomplejados que sólo se sobreponen a sus problemas pisoteando a quien se les ponga delante. Ambiciosos sin límites. Gentes, en fin, que, por razones diversas, van dejando un rastro de dolor a su paso por la existencia.

A pesar de todo, siempre he creído que casi todo el mundo tiene en algún lugar de su alma eso que llamamos conciencia, ese punto diminuto de empatía, fundamental en la especie humana, que nos hace arrepentirnos del sufrimiento que podemos haber causado. Casi todo el mundo, porque también existen, he pensado siempre, los monstruos, los pinochets y los francos que mueren nonagenarios y tranquilos, sin que el remordimiento por todo el daño que han esparcido a su alrededor les haya hecho pasar ni una noche en vela. Monstruos, seres desalmados que ocupan, creía yo, no ya el espacio de la ficción, como pensaba en mi infancia respecto a los malvados, pero sí el de los libros de historia. Seres que llevan, como una enseña, el estigma del mal sobre la frente.

Pero la vida desmiente una y otra vez mis teorías. Así que me tropiezo en la tele y en los periódicos con un tipoManuel Lamela Fernández aparentemente anodino y vulgar, no un tirano, no un criminal, ni siquiera un delincuente de poca monta, y que, sin embargo, demuestra carecer del más mínimo rastro de conciencia. Me refiero a ese tal Tomás Delgado que, después de haberse llevado por delante a un pobre chico de tan sólo diecisiete años, se ha atrevido a intentar reclamar a sus padres una indemnización por los daños causados a su coche y a quejarse, en el momento de reitrar su demanda, de que su honor ha sido mancillado. Hubiera jurado que cualquier persona que acabara con la vida de otra en un accidente -incluso aunque su culpabilidad no estuviera clara- arrastraría para siempre un terrible trauma. Me equivocaba. ¿Me equivocaré también al pensar que a Manuel Lamela -ex consejero de Sanidad en la Comunidad de Madrid- y a su jefa y protectora Esperanza Aguirre debe remorderles la conciencia por los miles de personas que han muerto en nuestro país aullando innecesariamente de dolor y de angustia después de la caza de brujas que ellos organizaron en el hospital Severo Ochoa de Leganés?

Ángeles Caso

La Vanguardia-Magazine (17.02.2008)

Sé el primero en comentar en «Conciencia»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »