Grave imprevisión política ante la sequía

Fuente situada frente a la Sagrada Familia (Barcelona)Una metrópoli de más de cinco millones de habitantes, como es Barcelona y su extensa área metropolitana, corre el riesgo de quedarse sin agua y deberá ser abastecida del líquido elemento a través de grandes barcos antes del verano si no llueve en los próximos meses. Las autoridades ya han puesto en marcha la fase dos de alerta que prohíbe a los ayuntamientos y a los particulares utilizar agua potable para regar las calles, los jardines y llenar las piscinas. Los alcaldes metropolitanos acordaron ayer imponer multas de hasta 3.000 euros a quienes incumplan la norma. Policía municipal y Mossos d´Esquadra perseguirán a quienes malgasten el agua.

El primer culpable de este escenario, que parece sacado de una película de ciencia ficción, es la meteorología. No hay precedentes de una pluviometría tan baja como la registrada los últimos 17 meses tanto en Catalunya como en el resto de España. Pero si Barcelona y su entorno llegan a quedarse sin agua será también culpa de la incapacidad de la clase política catalana y española para arbitrar soluciones. El debate del agua se ha aplazado tanto que al final nos coge el toro, como ha pasado con otras infraestructuras. La diferencia es que el agua es vital para las personas y estratégica para la agricultura, la industria y el turismo.

La imprevisión política en materia de agua en Catalunya en los últimos treinta años es de escándalo. Desde que en 1976 se inauguró el pantano de La Baells, en el Berguedà, no ha aumentado ni un sólo metro cúbico el suministro de agua en Barcelona y su área.

Hace muchos años que se sabe que la sequía en Catalunya es un problema estructural y no coyuntural y que, por tanto, había que adoptar medidas estructurales para garantizar el suministro de agua. En las anteriores legislaturas, el PP y CiU propusieron el trasvase del Ebro, que fue rechazado por los socialistas, tanto PSOE como PSC, por ERC y por ICV. Por su parte CiU propuso el trasvase del Ródano, que hoy ya estaría hecho, pero chocó con la oposición del PP, entonces en el Gobierno. Algunos expertos plantearon canalizar hacia Barcelona el agua de las cuencas pirenaicas, pero CiU optó por destinarla al canal Segarra-Garrigues.

Los socialistas, finalmente, optaron por las desalinizadoras para hacer frente a la escasez de agua, pero no han llegado a tiempo, porque aún no funciona ninguna de las cuatro previstas, así como tampoco otras obras complementarias como nuevos pozos e interconexiones de redes. La primera desalinizadora no podrá funcionar hasta mayo del 2009, mientras las otras tardarán varios años más. Las desalinizadoras tienen el gran inconveniente de exigir un enorme gasto energético, incompatible con la lucha contra el cambio climático.

Al margen de las medidas de emergencia, es absolutamente urgente y necesario prever, desde hoy mismo, una estrategia global para garantizar el suministro de agua a la metrópoli barcelonesa, que incluya tanto trasvases como desalinizadoras, así como la implantación – largamente retrasada- de una nueva cultura del agua en la agricultura, que es donde se produce el mayor despilfarro junto con las pérdidas en la red.

Y todo ello debe hacerse buscando el consenso y exigiendo responsabilidad, al margen de las luchas partidistas. El rifirrafe de esta semana en el Parlament sobre la sequía ha sido lamentable. Mientras Catalunya está a punto de pasar sed, nuestros políticos todavía discuten si son galgos o podencos. Grave, muy grave.

La Vanguardia-Editorial (9.02.2008)

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